Resisten la orfandad. Es quizás un acto de resistencia distintivo, posiblemente inconsciente, de los huilenses. Viene de una ruptura. Una ruptura radical con la tradición, tanto la del invasor como la del invadido; un espíritu petrificado a la hora de encontrar sabiduría en su pasado y esperanza en su porvenir, pues desconoce o rechaza sus raíces indias, en buena medida aniquiladas durante la conquista (el hijo que nunca conoció a su madre violentada); y le son esquivas sus raíces europeas porque siempre le han llegado impuestas y tarde (el hijo que mató al padre. El acto parricida: la independencia).
El mestizaje un sueño perverso. Despertar, en la periferia, ¡y a temer! O esta: cuando el provinciano despertó, aún estaba ahí.
¿Acaso alguien le habló a Facundo Cabral acerca de nuestra querida Neiva cuando componía su “…no soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad, ni porvenir, y ser feliz, es mi color, de identidad…”?
Desarraigo. Desarraigo ancestral.
“(…) ¡Y ser feliz es mi color de identidad!”. El huilense siempre buscará y hallará cobijo en la fiesta. Su pulsión dionisiaca aliviará, por un breve tiempo, la herida de su desarraigo ancestral. En esa dirección, las de San Juan y San Pedro constituyen las celebraciones sacras y profanas que representan nuestra histórica pulsión de rumba, rumba que provenía de una antigua tradición: el culto al solsticio de verano que celebraban los celtas y latinos.
Así pues, este opita, que por herencia cultural también es celta y latino, español, africano, indio y mulato, año tras año se zambulle en su viejo/nuevo bálsamo. Su río de Heráclito (una promesa de salvación): la fiesta. ¡La rumba!: ¡Yijajjaaaayyy! No en vano, nos preparamos durante todo el año para las fiestas de San Pedro (en la tarima del Parque de la Música se advierten parejas practicando el baile del Sanjuanero en plena navidad, en semana santa, en halloween…); no en vano, buena parte del presupuesto destinado para el sector cultural se gasta en un mes, en dichas fiestas; el resto del año, las ofertas culturales predominantes: 1. Dar vueltas en alguno de los cuatro “tontódromos” de la ciudad (centros comerciales); 2. El ocio de las pantallas; 3. Artistas emergentes abriendo espacios ocasionales con las uñas.
Ahora, queridos lectores, permítanme redondear el asunto del meollo: luego de estos 120 años de fundación de nuestro departamento del Huila, tengo las siguientes consideraciones sobre lo que nos identifica como huilenses, partiendo de algunas viandas que ya puse sobre la mesa: el calor (y el carácter que aquello moldea), la resistencia, el desarraigo ancestral, la fiesta. Y pondré otras: la existencia de una modernidad inacabada, el chisme como aguja de nuestro tejido comunicativo; la cultura patriarcal y su sistema de pensamiento que históricamente ha invisibilizado y oprimido a la mujer huilense y ha envilecido al hombre; y, un denominador común de este opita (¡oh, salvavidas!), a pesar de sí mismo (¡oh, desgracia!): su pulsión creativa, ¡su obra!, sea cual sea esta, la cual bebe principalmente de sus carencias; procesos y obras auténticas el oasis de nuestra tristura. ¿Te suena familiar?
Ese rostro, quemado y pálido, levemente irritado, levemente sonriente, ¡ese!, el nuestro.
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Siglo XVI. Europa. Lentamente, a lo largo de ese siglo, el viejo continente iza una bandera a la que llama modernidad: tránsito del teocentrismo al antropocentrismo, igualdad social, protección de libertades y derechos ciudadanos, instauración de instituciones democráticas, secularización de las artes, la razón y la ciencia como faro hacia el bienestar y el progreso…

Siglo XX. Huila. La misma bandera, la de la modernidad, aun izándose: carencia de acueducto, de alcantarillado, de alumbrado público, de carreteras, de ferrocarril (1871: arranca la primera línea del ferrocarril en Barranquilla. 1938: arranca en Neiva), de educación laica, de ciencia como faro hacia el bienestar y el progreso.
La brega del hijo, incluso luego de independizarse, por conquistar los sueños y caminos del padre.
¿Pero por qué necesariamente tenemos que movernos hacia la modernidad, ser modernos, nosotros los pueblos latinoamericanos tipo Neiva, tipo Huila, periferia de la periferia?
Ser o no ser no es la cuestión, “…no soy de aquí, ni soy de allá…”, pues ante ello no hay escapatoria: los pueblos latinoamericanos, en especial las regiones alejadas de las ciudades capitales y centros de poder, como el Huila, no podemos renunciar a la membresía de una cultura, de un ser lo que ya por fortuna y por desgracia somos: los saqueados de aquí y herederos de allá.
Si no es el ser, ¿entonces cómo ser, o para qué ser será la cuestión?
Consciente o inconscientemente, el cómo ser (moderno, postmoderno, desarrollado…) ha sido la verdadera cuestión, el desquite, del opita. Quizás en la oportuna y eficaz puesta en marcha de los vagones de la modernidad, el huilense se ha chocado con varias piedras (su sombra la principal); sin embargo, en estos 120 años de existencia de este departamento, el escenario de las artes constituye un buen ejemplo de reapropiación y resignificación cultural: resistencia (o poblar el cómo): de Europa le trajeron vals en ¾: el huilense hizo de ellos bambucos en 6/8; ¿poemas épicos sobre reyes, bosques y magos?: mejor un canto, el del jornalero, en el que se pueda criticar al patrón, seducir a las muchachas y burlarse de la suerte del compadre, es decir de la suya propia; a este, le llamó rajaleña; luego, le metió una tambora heredada de los negros africanos, para que no quedara dudas sobre el tipo de corazón, guerrero y valiente, que palpitaba en el fondo de este nuevo huilense empoderado de su grieta, es decir de su rumba, es decir de su refugio.
Ahora bien, en las pocas escuelas de comienzos de siglo XX, en Neiva, la lectura de novelas de meloso romanticismo francés, de amores citadinos y cafés en los que X y Y se vieron por casualidad… poco después, ¡al fin!, 1924: un tal Jose Eustasio Rivera construye y revela un nuevo y aterrador mundo que palpitaba en nuestras narices sin darnos cuenta: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, inicia, y, sentencia “No se encontró rastro de ellos… ¡Los devoró la selva!”.

Huilensidad: Sust. acción de poblar el cómo, frecuentemente, en la carencia.
Amo y señor del cómo ser lo propio o lo ajeno (con sus penurias, heredadas de las imposiciones de su padre, hace un collar de novedades y se va para la calle a lucirlo), ya el dilema del para qué ser, se vuelve “pan comido” para el huilense: “…ser feliz, es mi color de identidad”, o “En mi tierra todo es gloria cuando se canta el joropo, cuando se canta el joropo…”.
Así pues, aquella tesis de una modernidad inacabada huilense nos lleva a su vez a un interrogante: ¿oportunidad y problema a la vez? Y sin embargo, en la mitad de esa pregunta, una grieta. Una bella herida por donde se coló algo de modernidad. Nombre de la grieta: Reynaldo Matiz.
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¡Fuego!, gritó el teniente que estaba a cargo de hacer cumplir la orden. Lentamente, el pelotón de fusilamiento bajó las armas, esperó a que el humo de la pólvora se esparciera, y luego de advertir el cuerpo caído del condenado, se fue. El fusilado de Tibacuy, llamaron posteriormente a Reynaldo Matiz por ser la primera persona, de la que se tenía conocimiento en Colombia, en sobrevivir a un fusilamiento, el cual tuvo lugar en Tibacuy, Cundinamarca, a manos del ejército conservador, en el marco de la guerra de los mil días.

Tiempo después Reynaldo Matiz volvió al Huila. La biografía de este hombre seguro daría para un libro completo. Lo que aquí quiero destacar es que su retorno al Valle de las tristezas representó la pequeña grieta por la que se filtró la modernidad, algo de ella, en la Neiva de los años 20. Hasta antes de dicha presencia, los planes de tener vías, medios de comunicación, ordenamiento urbano, alcantarillado y acueducto, luz eléctrica, progreso y modernización, servían solo como estrategia proselitista de los políticos de turno.
Las lecturas que había hecho en torno a ideales modernos, su paso por la guerra, por el periodismo, su viaje a Alemania, en donde descubrió un mundo que avanzaba en torno al desarrollo industrial, forjaron en él la obsesión por emprender dichos cambios en su terruño. Y así pasó. Según lo detalla el historiador Ananías Osorio (2005), Matiz convenció a su familia de vender la finca que tenía en Villa Vieja y con ese dinero crear la empresa Matiz y Compañía. Hizo un curso de mecánica y electricidad, por correspondencia, en Alemania, ¡por correspondencia!, y así logró instalar una planta de electricidad. Por primera vez, Neiva veía la luz eléctrica y el alumbrado público. La empresa: Energía Eléctrica de Neiva.
Y así, poco a poco, fueron naciendo otras empresas de las que Matiz era dueño o colaborador: los periódicos liberales El Renacimiento y La Tenaza, una empresa productora de licores, una trilladora y clasificadora de café, una fábrica de chocolate, fábrica de hielo, una pasteurizadora de leche, ¡también llegó el cine!; en cuanto a su lado comunitario, apoyó el movimiento de los bogas del Magdalena (las personas que remaban las canoas que servían de transporte público, a falta de vías) del cual nació el sindicato llamado Sociedad de Obreros Libres; defendió a los indígenas del Caguán, e instruyó a obreros y peones de cara a la actividad sindical.

En contra peso, la sociedad conservadora huilense hacía resistencia, a ese hilo de luz, de todas las formas posibles. Una de ellas, en alianza con la iglesia: el adiestramiento moral, el escarnio público y la calumnia como método de control social. El chisme como aguja de nuestro tejido comunicativo.
¡Noticia de última hora!
Los huilenses se encuentran amenazados por la corrupción moral, política y espiritual de ciertas personas enemigas de las buenas costumbres y de la gente de bien. ¡Conocemos sus nombres! Son nuestros vecinos, incluso pueden ser nuestros amigos… a continuación, en exclusiva para el periódico Dios y César, les compartimos la lista de servidores públicos que viven amancebados, además…
Según el historiador Sánchez Suárez (1996), noticias de este tipo se leían en periódicos como Dios y César, el cual era editado e impreso por la iglesia. No es privilegio del Huila, ni siquiera de Colombia, la tradicional alianza entre medios de comunicación y poderes políticos, pero sobre todo poderes económicos. Desde entonces, hasta la actualidad, la calumnia y la injuria como herramientas comunicativas de oposición, y la alianza entre medios-poder político-poder económico, ha cobrado la vida de personas valiosas para el cambio social; en el huila, una de esas vidas, la grieta por donde se nos coló algo de modernidad en este valle de las tristezas, el fusilado de Tibacuy: Reynaldo Matiz.
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En estos 120 años de historia del departamento del Huila, pocos han sido los nombres de mujeres que han figurado en los libros de historia, en la prensa, o en los documentales o testimonios institucionales.
Google: dame nombre de los hombres y mujeres más importantes en los 120 años de historia del departamento del Huila: Enter (…) Hombres: lista interminable. Mujeres: acaso la Cacica Gaitana, Waldina Dávila de Ponce de León, Sofía Gaitán, Inés García… ¿No hay más? Al menos en la época de la conquista, la sola presencia de una de ellas es indicio de la existencia de muchas más. Si existió una Cacica Gaitana, que era líder de su tribu, es porque en su estructura social la mujer tenía un lugar importante. Debieron existir muchas Cacicas Gaitanas cuyas historias desconocemos, o no fueron relevantes para el poder: el patriarcado.

Similar situación debió pasar con las Waldinas que no nacieron en cuna de oro pero que escribieron potentes historias en sus diarios personales, leídos y publicados por nadie; o las Inés García que seguro bailaron bambucos en las plazas públicas, o en las haciendas del patrón en ausencia de este, con lo cual sentaron las bases de las primeras coreografías de la futura música “tradicional” huilense.
¿Qué invisibilizó a “las nadie” talentosas del Huila?
Incluso en las biografías de los destacados hombres huilenses, y en libros de historia, a duras penas se menciona el nombre de las madres. Ninguno de estos Villamil, Rivera, Matiz, Durán, Charry, García Borrero, etc., habría si quiera sobrevivido, mucho menos formado intelectual, artística y emocionalmente, sin el apoyo, e incluso la mentoría, de las mujeres que los criaron y educaron: ¿verdad?, ¿especulación?
La verdad, nos recuerda el filósofo argentino Jose Pablo Feinmann, al igual que la historia, es la que la voluntad de poder logra imponer.
Google: en el marco de los últimos años, quiero nombres de organizaciones sociales de mujeres, magistradas, escritoras, deportistas olímpicas, pintoras, médicas, compositoras, defensoras de derechos, empresarias… (Enter): RHUDA, Diana Laguna, Margarita Losada, Andrea Olaya, Marcela Caquimbo, Marisol Bohórquez, María Alexandra Artunduaga, Dana Alejandra Barrera, Camila Noches, Patricia Quintero, y una lista interminable. La voluntad de poder en el Huila, ahora también con pulso femenino, reescribe la historia de los próximos 120 años.
Calor, desarraigo, rumba y resistencia en el Huila: 120 años de su fundación. Desde entonces, ese rostro quemado y pálido, levemente irritado, levemente sonriente, sigue siendo nuestra máscara distintiva. De igual forma nuestros procesos comunitarios y nuestras obras artísticas, ahora con marcado liderazgo femenino, el oasis de nuestra tristura. ¿Te suena familiar este legado? No. Quizás aún no. Pero a tus futuros nietos les sonará.
Bibliografía
Jose Jairo González (1996). La Violencia en el Huila. En: Historia General del Huila. V. 2.
Ananías Osorio (2005). Huellas del movimiento social en el Huila. En: Historia General del Huila. V. 3.
Sánchez Suárez (1996). Reynaldo Matiz: abrir el horizonte a nuevas auroras. En: Historia General del Huila. V. 5.
Susana Friedmann (1982). Las fiestas de junio en el nuevo reino. Bogotá. Editorial Kelly.
