Por: Juana López Álvarez
Este espacio está lleno de recuerdos, el fogón, aquel que doña Yeimi enciende todos los días, echo de esa madera de los árboles que cada verano resplandecen entre las montañas frías de la vereda, un lugar echo de barro, y de calor. Todas las mañanas se siente como el viento sale de sus delicados labios separando esa brasa ardiente de la ceniza opaca. Al momento de tener contacto directo con el viento, se enciende. Se siente la esperanza de que habrá sustento al menos por ese día. Los colores y el clima cambian, alrededor es más acogedor.
Una morena con esos ojitos oscuros, como aquel pasado que han sabido superar y se cuenta alrededor del tibio y acogedor fogón de leña, ese que ha venido cambiando a través de los años, pero su historia sigue intacta. Ollas tiznadas que pasan de ser plateadas a convertirse en el color del cabello de Yeimi. Esa leña en aquel rincón tosca pero que da calor como las manos de esta madre campesina, quien todos los fines de semana se va a buscar entre el monte, ‘algún palito’ para prender su lumbre; los olores mientras tanto danzan con el canto de las aves.
El olor de aquel humo que se pega a la ropa, como si fuese parte de la piel. El vapor caliente sale de la olla, se refleja en la tapa de vidrio. La rutina matutina invade ala hornalla y a esta opita llena de amor. Ese olor de madera quemada se mezcla con el de las arepitas que amasa con paciencia, como si cada una tuviese vida. La brasa que no solamente calienta la casa, sino que la llena de vida, de tiempo, de cosas que pasaron y que jamás se olvidaran.
–Ese fogoncito que sabe más que yo – dice doña Yeimi mientras sopla la fuerte braza y esparce el plástico con sus manos para que la candela brille más, como la vibra que dan sus hijos en la casa. – A veces siento que me escucha hasta más que la gente.
Como es costumbre doña Yeimi se despierta de su sueño profundo, se levanta para agradecer a Dios por un nuevo día. Coloca sus manos firmes y da unos fuertes pasos que crujen entre la madera. Se dirige a su fogonsito hecho de barro y años. A las cinco en punto cuando todo está oscuro, el primer tronco ya arde. La madera chilla al tener contacto con el fuego, mientras que la humareda invade el lugar llenando el techo de hollín y recuerdos. Primero empieza con unas pequeñas astillas de madera y luego va agregando trozos de leña más grandes, con mucha paciencia y cuidado. La radio suena desde una esquina y se escuchan los tarareos. «Me gusta, me gusta la poderosa… me gusta, me gusta, la poderosa…».
La olla empieza a hervir haciendo sonidos densos. El vapor se escapa por los bordes de la olla y sube como las nubes cuando va a hacer sol. Al destapar la olla se escapan olores. Entre aromas y sonidos surgen recuerdos, alrededor de aquel único lugar en el que se habla con calma. Al llegar los jornaleros no utilizan mesas lujosas, ni un mantel, se acomodan en baldes o en el suelo alrededor del fuego en tiempos de invierno.
No todo lo que se cuenta junto al fogón es color de rosa. Hay historias que duelen y se cocinan lento, como aquel guiso espeso que no deja de hervir, por más que lo revuelva. Doña Yeimi no siempre estuvo aquí. Hubo un año en el que abandono a su fogón, quedó solo, frío, cubierto de polvo y silencio.
Fue después del robo. Aquel día en la ausencia de su marido, ella estaba junto a sus hijos, mientras pelaba las papas. Quienes entraron forzosamente al rancho no rompieron nada, pero se llevaron todo. En aquel momento hirieron a Juan: su esposo. Se llevaron la calma. El sonido de los pasos en La madera, el ruido inesperado de una puerta abriéndose sin permiso, quedaron marcados. Se sintió un frío inmenso, el calor que el fogón producía no era suficiente, era un frío abrumador que invadía los poros de la piel. En este preciso instante se apagó el fogón como cualquier esperanza de salir vivos.
Fue un año de tratamiento para el esposo de Yeimi en el hospital. para ella fue recóndito llegar a otra casa, con otra gente, con otras ollas, con otra leña que no sabía arder igual. En ocasiones se cocinaba diferente y más rápido, pero la comida no sabía igual. -Mi esposo se recuperó- dice Yeimi. Al volver a casa lo primero que hizo fue quitar el polvo, acomodar los chamizos y encender de nuevo el calor del dulce hogar. Se volvieron a poner las ollitas.
«Volví a remodelar mi casita junto a mi esposo enfermo y mis hijos que ya estaban grandes. La primera cucharada caliente en esa olla vieja, fue como volver a respirar profundo. Con mucho entusiasmo y rabia a la vez, al recordar lo que había vivido en aquella casa, dije con coraje: -querían vernos lejos pero aquí estamos encendiendo la luz en nuestro hogar-» mencionó. Desde entonces, el fogón guarda también esa historia, que no siempre es de la que se habla comúnmente en casa.
Los vecinos que quedan en la vereda y al visitar a doña Yeimi lo primero que dicen es: “¿Se acuerda, doña Yeimi, cuando se fueron?”, mientras ella responde junto al fogón y la familia, con aquel fuego agreste: «sí pero solamente es un pasado que se supera y del cual se aprende y se sigue».
Volver no fue como antes. Había más monte, las puertas estaban más duras, la madera yacía vieja, el miedo, sin embargo se sentía. Pero el fogón, apenas le introdujeron el primer palito seco, respondió. El primer día cocinaron solo arroz y huevo, -pero esa olla sonó como fiesta-, ya que era volver a escuchar la casa hablando, a comer con ganas.
Aquella campesina no hablaba mucho, se preocupaba por volver a reconstruir lo que un día le arrebataron, sembraba sus fruticas, compraba cada vez más cositas para el ranchito, cuidaba a todos sus animalitos. A los días de volver a la vereda los vecinos se reunieron en su casa, don Cesar trajo plátanos, que resaltan con el color de sus ojos y extendió su sonrisa que combinaba con el color del sol, don Flower se ofreció a ayudar con la construcción de la nueva casa, dejando el precio mucho más bajo de lo que estaba, era un señor enjuto, con grandes bolsitas debajo de sus ojos, estas hacían ver, su difícil pasado.
El fogón volvió a rodearse de gente, de cuentos, de risas tímidas, como si poco a poco, lo que se habían llevado se estuviera recuperando. Ahora, cada vez que cae la noche y el último leño se convierte en brasas, Yeimi se queda un rato sentada frente al fogón, a veces sola o con sus hijos.
Sus hijos le dicen que es más fácil conseguirse una estufa de gas y ella no responde. Enseguida mira la brasa. Siente el calor suave en los pies. Huele ese humo que le ha marcado la vida. Habla sobre su fogón y argumenta que este no es solo una estructura de barro y leña. Es un testigo. Un amigo viejo que no olvida. En él se cuentan historias, se cocina todos los días, se curan miedos.
Y mientras haya fuego, habrá algo que contar.
“Los fogones son bibliotecas orales: cada olla guarda un capítulo, cada comida, una historia.»
Anita Tijoux, cantante y activista chilena, en entrevista con Revista Paula, 2021.
