Por: Pablo Emilio Escobar Polanía *
Con el cuento «Pecado al desnudo», del historiador y escritor huilense contemporaneo Pablo Emilio Escobar Polanía, damos inicio a la publicación de tres cuentos cortos del autor inspirados en el padre Munar, un sacerdote católico que tuvo activa participación en episodios dolorosos de violencia en los campos del Huila en los años sesenta del siglo anterior. Los relatos corresponden al género literario y por lo tanto, aunque están basados en una indagación en fuentes testimoniales y documentos, presentan una versión de los hechos que está mediada por el ejercicio creativo del autor. Los tres cuentos, que iremos publicando en forma secuencial en Suregión con el visto bueno de su autor, se titulan : «Pecado al desnudo», «El pueblito era una hoguera» y «Absolución». Los dos primeros cuentos fueron publicados previamente por la revista huilense Surco, mientras que el último cuento permanecía inédito. Las ilustraciones que acompañan los cuentos fueron elaboradas especialmene para Suregión por el artista plástico huilense Simón Escobar Castillo.
A su arribo a la nueva iglesia parroquial, lo primero que quiso saber Anais fue a cuántas imágenes sagradas tendría que, diariamente, obsequiarlas con flores. Era una rutina que cumplían de memoria las feligresas en la anterior parroquia; ahora, tendría que hacerlo sola mientras las devotas de cada santo, conocían las mañas al padrecito.
-Un arreglo grande, para el Cristo del altar mayor; uno más, para Nuestra Señora del Rosario; los otros dos santos usan sandalias- dijo, casi mentalmente, mientras con el dedo índice, discretamente, señalaba cada imagen y, al tiempo que girando su cuerpo alto y delgado sobre unas modestas quimbas, escrutaba visualmente la escasa y derruida arquitectura interior de la pequeña iglesia.
Gracias al esmero con el que Anais ejecutaba los caprichos del cuerpo y el alma del padrecito, éste pudo presentar ante la feligresía de la Parroquia de Nuestra Señora, desde su llegada a ella, el día de la patrona, una iglesia más cálida y acogedora. Ese día, todos al llegar al atrio percibieron una bocanada de fragancia floral cuyo origen innovador eran las carretilladas de sándalos que al atardecer eran llevadas al interior de la nave principal para que, en la noche, impregnaran con su perfume hasta el último rincón, complementado con canastadas de heliconias y otras flores silvestres que cubrían cuidadosamente las extremidades inferiores de las dos figuras más veneradas de la parroquia, generando la impresión de que las imágenes emergían verticalmente de un jardincito.
La misma Anais, en la otra parroquia, mientras ejecutaba funciones de limpieza, llevada por la curiosidad y rompiendo con su característica discreción, le había preguntado al padrecito: -¿y qué tiene de malo que se le vean los pies al Resucitado? Y, él, confundido pero cariñoso, sin mayor derroche de palabrería se había limitado a responderle: -¡las divinidades descalzas se ven muy vulgares!, querida Anais.
Sin embargo, ella nunca se dio por satisfecha; y, una tarde cualquiera, sin advertir que el padrecito estaba de mal humor, insistió en su apreciación: -¡pelaos se le ven más bonitos los pies al Resucitado!
A lo que él, en tono sorpresivo y brusco, respondió: -¡Carajo, que se los tape le he dicho! ¡Y San Se Acabó!

Desde entonces, nadie preguntaba en voz alta el por qué de esos caprichos del padrecito. Pero Anais, que como mujer inteligente, comprensiva y enamorada, trataba de explicarse y comprender de tiempo atrás todos los tormentosos secretos que motivaban a su hombre, siempre relacionó la orden de cubrirle los pies a las imágenes, con lo que sucedía cuando, por casualidad, mientras el curita se vestía después del baño, en el vecindario una guacharaca cantaba -gua-cha-lak, gua-cha-lak, gua-cha-lak . En esos momentos debía auxiliarlo de urgencia para quitarle las medias mojadas, secarle los pies y volver a ponerle calcetines secos; mientras él, tirado de espaldas, gritando y elevando los brazos al cielo, trataba de esconder los pies doblando las piernas bajo la cama, y mientras su cuerpo titiritaba febrilmente su mirada se tornaba horrorizada. En esos angustiosos momentos, la fiel y cariñosa Anais, le traía un jarrito con infusión de manzanilla que, ella creía, era buena para darle calorcito; pero que, -sólo él lo sabía- , de verdad lo que le controlaba era los desórdenes nerviosos que en ciertas circunstancias amenazaban con enloquecerlo.
Años después Anais sabría por boca de su hijo Miguel, que al padrecito no lo atormentaba el presente sino su pasado. Y juntos rememoraron la época del conflicto de tierras en Órganos, a donde, investido del cargo de Capellán de la policía y a solicitud de los hacendados, la jerarquía diocesana decidió enviar como párroco al recién ordenado sacerdote Monar, quien como seminarista sobresaliera en el conocimiento de la historia patria, el papel de los partidos históricos y su relación con la fe católica y su santa iglesia; reconocida y confiable alma de Dios, diestro en el uso de la palabra almibarada, fogoso y convincente orador sagrado, férreo defensor del orden y de las instituciones del Estado, y, desde luego, franco enamorado de la inmaculada propiedad privada sobre la tierra.
Un par de meses antes, a esa empobrecida región de Órganos y territorios vecinos, saliendo de las comunidades Paeces del Cauca, había llegado el líder indígena Manuel Quintín Lame Chantre; motivador y organizador de la lucha por la recuperación de las tierras ancestrales, usurpadas a sangre y fuego a los últimos reductos de los pueblos amerindios. Desde aquí, Quintín Lame influenció los resguardos de Ortega, Coyaima, Ataco, Chaparral y Natagaima, donde la organización y movilización de la gran población indígena, tradicionalmente desarraigada, humillada y ultrajada por los señores de la tierra y los distintos poderes públicos, puso de manifiesto la existencia de un gran conflicto social hasta ahora escondido.
Miles de aborígenes de diferentes edades, mujeres y hombres harapientos y hambreados, protegidos solamente por sus alados sombreros de palma, y armados exclusivamente de herramientas de labor, desde la profundidad de la montaña a donde fueron confinados sus resguardos, y guiados por anónimos dirigentes de rostro cetrino, desordenada cabellera áspera y piel tostada por el sol, se habían lanzado a recuperar sus tierras, al grito de ¡la tierra es nuestra!, ¡la tierra para quien la trabaja!, ¡viva Quintín Lame!
Tembló el latifundio y con él su organización política y social, cuando al frente de la gran comunidad indígena, corajuda y altanera, Quintín Lame y sus seguidores, rompieron las alambradas que constreñían la madre tierra y denunciaron la propiedad individual sobre el suelo como algo extraño y ajeno a la cultura comunitaria del pueblo aborigen. Se estremeció el caduco poder hacendatario, cuando el indio, aquí, allá y acullá, desconoció los títulos de propiedad que otorgaban derechos al terrateniente y recuperó con su pacífica ocupación las tierras de sus mayores, desatando las energías creadoras que acunaron en su origen a los pueblos precolombinos, y reivindicando para su martirizada raza el derecho a soñar con la esperanza y a vivir su libertad.
Mientras tanto, montado en la mula baya, haciendo gala de su colosal estatura y amplias espaldas, siempre ataviado con la sotana negra y su inseparable sombrero suaza, era frecuente encontrar al padrecito recorriendo en solitario los apartados rincones de la agreste geografía parroquial, evangelizando a sus moradores, catequizando la peonada de la hacienda, bautizando indios por todos lados y cobrando los diezmos a finqueros, cosecheros, terrazgueros, y a todo aquel que se reclame hijo de Dios.
-¡El curita nuevo es un alma de Dios!, coincidían en afirmar las parroquianas de todas las edades.
-¡Es muy elegante y simpatiquísimo!, cuchicheaban vergonzantes las beatas de la hacienda que, a renglón seguido se santiguaban y persignaban, para luego, mirando al cielo, besar la uña de su meñique, en claro mea culpa, por haber cedido a la tentación de la carne.
No había transcurrido un mes de su llegada a la parroquia cuando a través del Comité de Pastoral, y coincidiendo con el informe que la policía le había pasado, el curita de almas empezó a enterarse acerca de presuntas invasiones que preparaban los indios a las haciendas. Por precaución, reunió el Comité Pastoral de catequesis y sutilmente preguntó a los niños indígenas, acerca de lo que escuchaban decir a sus padres con relación a la hacienda. Complementariamente, en el sermón del domingo, invocando el temor a Dios, citó a Santiago 2.11:”Quien desprecia un mandamiento y no quiere cumplirlo, ya no está cumpliendo con la Ley”. Las señoras, mirándose de soslayo unas a otras, sonrieron complacidas creyendo que se refería a los maridos fornicadores; los señores de la tierra y los indígenas, lo entendieron como un llamado a “no codiciar los bienes ajenos” y una clara advertencia a quienes preparaban acciones de recuperación de tierras.
El miércoles siguiente, las seis haciendas más grandes de Órganos, Chapinero y San Luis, propiedad de los herederos del general Nicolás Perdomo, héroe de la batalla de Matamundo, en la Guerra de los Mil días, amanecieron repobladas por cientos de familias indígenas y campesinas que, venidas durante la noche de los resguardos locales y pueblos vecinos, acompañados de parte considerable de la peonada recolectora de café en épocas de cosecha, y por esos días cesantes, optaron por las vías de hecho para hacer efectivo el goce del derecho a la tierra. Desde el resguardo de Órganos, por medio de un elemental sistema de postas, Quintín Lame y las autoridades indígenas orientaban las tomas y recibían oportuna información de lo que pasaba en las mismas.
El jueves y el viernes, el padrecito, montado en su mula baya y dejando volar al viento los desordenados rizos de su cabello, prematuramente cenizo, recorrió los potreros donde unos invasores construían improvisados ranchos mientras otros sembraban sus semillas; y en tono enérgico, después de recordar a los pobladores las bondades de los señores dueños de la tierra, en nombre de Dios y por el bien del país del Sagrado Corazón, imploró a los invasores desocupar inmediatamente las haciendas.
Cargando un niño en sus brazos, mientras dos más, flacos y semidesnudos, se aferraban con temor a sus piernas, una madre indígena, corpulenta como los descendientes de los Nátagas, de cabello alborotado, rostro renegrido y arrugado como el suelo de su pocilga, dirigiéndose al cura, dijo:
-Pero padrecito, por amor a Dios, fíjese en nuestros niños, están enfermos y hambrientos. Es que no tenemos donde sembrar ¡ni una mata de yuca para alimentarlos!- Además, insistió taconeando con su pie descalzo el suelo, -¡estas tierras nos pertenecen!-
-No señora, ¡son ajenas! El señor Perdomo tiene escrituras de propiedad de todas sus haciendas. Yo las he visto y ustedes saben que es cierto. Ustedes están invadiendo unas tierras que no les corresponden, y eso va ¡contra la Ley de Dios y la Ley humana!-, ultimó iracundo el padrecito, tragándose a la india con su mirada.
-No es justo, padrecito. Estas tierras ¡siempre fueron nuestras! ¡Nos pertenecen porque fueron robadas a nuestros mayores! -gritó exaltado un sexagenario, adelantándose a la multitud, agrupada en torno al cura-. Y continúo: -Además, el señor Perdomo no nos da trabajo y cuando nos ocupa, ¡no paga los jornales prometidos! Cuando le cobramos, nos amenaza con la policía… ¡que por faltarle al respeto! Para fastidiar y sacarnos de los peladeros donde sobrevivimos, cada rato echa el ganado a nuestras cementeras. Otras veces, manda a cerrar los broches en los caminos y cuando los usamos… ¡manda a echarnos los perros!
-Dios es justo, hijos míos- Interrumpió pausadamente el clérigo, mientras con el dedo índice de la mano derecha se escurría el sudor de la frente. Y mirando fijamente al cielo, agregó: -Él, con su infinito poder y sabiduría, da a cada quien, solo lo que es capaz de tener y sostener. ¡A nadie ha dado Dios, más de lo que le corresponde! ¡Dios, premia a quien resignadamente acepta su santa voluntad! ¡Y castiga por soberbio a quien intente cambiar su divina decisión!
La visita del cura a los recuperadores se repitió el día sábado. En medio de una tenue lluvia, que se prolongó casi todo el día, esta vez el Ministro de Dios llegó muy de madrugada, protegido por una gruesa ruana blanca, que sobre la sotana negra, lo hacía notar más ancho y fuerte, más influyente y autoritario a los ojos de los humildes indígenas. Dirigiéndose a los pobladores que reverencialmente salieron a saludarlo, el padrecito, invocando el nombre de Dios y el de su santa madre iglesia, comenzó por anunciarles que ese mismo día visitaría todas las invasiones, ya no para persuadirlos con argumentos religiosos, como en las anteriores visitas, sino para responsabilizarlos de la suerte que pudieran correr todos, !hombres, mujeres y niños¡, por dejarse aconsejar de ese agente del demonio que andaba promoviendo las invasiones, ya que, según informes recibidos de buena fuente, esa misma tarde serían desalojados por la policía, apoyada por civiles afectos al orden y temerosos de Dios.
El domingo muy de madrugada, un piquete de policías llegados de Neiva en horas de la noche y descargados en las afueras del pueblo, reforzado con baquianos civiles dotados de escopetas -entre los que algunos parroquianos dijeron haber reconocido al padrecito, armado y uniformado-, tomaron por asalto el resguardo de Órganos y, groseros y amenazantes, sacaron de una covacha a dos reconocidos líderes indígenas, conduciéndolos presurosamente al cuartel del pueblo. Desde allí, antes del alba, bajo el mando del sargento, y seguidos a distancia por un grupo de curiosos y familiares de los retenidos, los condujeron caminando por la ruta que conduce a la Moya del Fraile, profundo y corrientoso charco que forma la quebrada en un estrecho cañón, a corta distancia del pueblo; y, a culatazos, los obligaron a arrodillarse al borde del acantilado. Amarrados con las manos atrás, a cada uno le fue atado al cuello el cabestro de un morral que contenía una pesada piedra. Y, de inmediato, al grito de ¡apunten!, ¡fueeego!, policías y civiles dispararon a quemarropa a los indefensos cuerpos que, empujados por la fuerza de los impactos, tambalearon y luego cayeron de cabeza a las voraginosas aguas.
Contarían después los testigos, que el único que no celebró la caída de los cuerpos al agua, fue el uniformado alto y robusto, al que su cachucha dejaba escapar abundante pelo ondulado y canoso. Desacatando la orden de retirada que impartió el sargento, aquel permaneció un corto tiempo, solitario y cabizbajo, observando el comportamiento circular de la corriente dentro del charco, antes de continuar aguas abajo. Contaron también los asustados fisgones, que ese policía, después de echar ceremoniosamente una bendición al agua, reaccionó como si alguien desde la profundidad de la corriente llamara su atención. Aseguran quienes lo vieron, que lloró como un niño cuando, perplejo, agudizó la mirada sobre el charco, y en medio de la gruesa espuma giratoria, cuyos colores apenas hacía identificables la primera luz del día, distinguió los pies descalzos de los fusilados, primero los de uno, luego los del otro, entrando y saliendo rítmicamente del agua, girando oblicuamente en torno a la piedra que ancló de cabeza los cuerpos al fondo, movidos por la poderosa fuerza centrífuga de la Moya del Fraile.
Durante ese interminable momento, alborotadas por los disparos y las carcajadas de los fusileros, una bandada de guacharacas –moviéndose a pequeños brincos entre los matorrales- saturó con sus cantos el amanecer: -gua-cha-lak, gua-cha-lak, gua-cha-lak…
FIN
Para leer los otros dos cuentos que integran esta trilogía, ver los siguientes enlaces:
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*Pablo Emilio Escobar Polanía, nació en Neiva, Huila, el 1 de julio de 1955. Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional Santa Librada y el Bachillerato Nocturno Gilberto Alzate Avendaño. Posteriormente, adelantó cursos de filosofía y política contemporánea en la República Democrática Alemana. Durante varios lustros fue un reconocido líder social y político en el Huila. Alejado del activismo y desde la tranquilidad del retiro voluntario, se ha ocupado preferentemente en los últimos años en la investigación histórica y la escritura de libros de historia regional. En 2015 publicó su libro Pincelando el sol naciente. UP-Huila Memoria Histórica, en el que sintetiza el proceso de gestación, florecimiento y exterminio del partido político Unión Patriótica, en el Huila, publicado por la Fundación Social Utrahuilca.

En 2019 publicó su libro La colonización armada en El Pato. Génesis, rutas y protagonistas, de nuevo con el auspicio de la Fundación Social Utrahuilca, en el que narra el tortuoso proceso vivido por los campesinos del sur del Tolima en defensa del derecho a vivir, el cual condujo al surgimiento de las zonas agrarias de Marquetalia, Riochiquito, El Pato y Guayabero, y más tarde a la conformación de las FARC en la década del sesenta del siglo anterior. Es miembro correspondiente de la Academia Huilense de Historia.
Las ilustraciones que acompañan el texto, son de la autoría de Simón Escobar Castillo, Maestro en Artes Plásticas, con formación en diseño y producción gráfica. En el campo editorial, ha realizado portadas e ilustraciones. Ha expuesto su trabajo en varias exposiciones colectivas en los últimos tres años, la más reciente en 2019: el Décimo Salon Imagenpalabra Email: simonescobarcastillo01@gmail.com