Por: Pablo Emilio Escobar Polanía
Con la publicación de La absolución, finalizamos la trilogía de cuentos del escritor huilense Pablo Emilio Escobar Polanía inspirados en el cura Munar y ciertos episodios de violencia que tuvieron lugar en el campo huilense a mediados del siglo veinte. Animados por la calurosa acogida que tuvieron los cuentos de Escobar Polanía entre nuestros lectores, continuaremos publicando textos literarios en cuento, poesía y ensayo, de autores del Huila y del sur de Colombia.
Desde tempranas horas del sábado en la noche una lluvia torrencial acompañada de corrientes de aire huracanado, que arreciaba y amainaba a intervalos, sorprendió en pleno verano a los habitantes del pueblo. El viento enloquecido, con sus ensordecedores silbidos de locomotora, tornó fantasmal el silencio dominante en la iglesia; mantuvo en vilo, insomne y aterrado al cura párroco; desveló a los pocos pobladores que pernoctaron esa noche en sus casas; y, en la madrugada, disipó en su misterio el canto de los asustados gallos.
Esa noche, después de rezar el rosario en la penumbra de la nave de la iglesia, el padrecito, a la luz de una vela, organizó los ornamentos para la Santa Misa del domingo, comenzando por ubicar la Biblia sobre el atril e indicar, con el separador del libro sagrado, el evangelio de San Lucas. Colocó en una esquina del altar las vestiduras sagradas que luciría y, después de anotar un par de detalles sobre el contenido del sermón,verificó minuciosamente las reliquias del sagrario. Por último, con movimientos desacostumbrados, repasó los reclinatorios y las bancas, el confesionario y la imagen del santo patrono; se persignó, se santiguó, y dando la espalda al altar, abandonó la derruida edificación por la puerta lateral, dirigiéndose a su habitación en la casa cural. Aún era temprano, pero según su costumbre ya debería tener sueño.
Llevado por su disciplina, el padrecito cerró la ventana y la puerta, vistió la piyama y se metió entre unas gruesas cobijas, olorosas a limpio; luego, soplando prudentemente, apagó la vela colocada sobre la mesa de noche. El dormitorio quedó completamente a oscuras, como la boca de un lobo, y el silencio se hizo más pesado y misterioso. ¡Ni una voz humana!, ¡ni un relincho!, ¡ni un grillo, siquiera! Solo el inusual ruido de las piedras arrastradas por las aguas crecidas de la quebrada, los silbidos del viento, y el cambio de ritmo de la lluvia, alteraban la monotonía de la noche.
Después de un rato intentando conciliar el sueño, y reconociendo su fracaso, el cura de almas se sintió más confundido. Entonces, recordando sus horas de ansiedad en el seminario, encendió de nuevo la vela; se levantó y sacó de la cómoda -que servía de ropero y biblioteca- un tablero de ajedrez cuyas piezas, del tamaño del índice y torneadas en aliso y cedro negro, denotaban un magistral trabajo artesanal. Luego de contemplarlas una a una, con curiosidad infantil, colocó el tablero sobre la mesa de estudio, al lado de la veladora, cuya llama contorneaba la brisa, y se sentó a disponer las treinta y dos figuras para una partida, ¡como si al frente suyo tuviera un retador!

Tras analizar aperturas, ataques y defensas, la conclusión fue la misma: “Cuando el jugador sabe mover bien los peones, unos caen inevitablemente, pero…uno sólo de los otros se caga en todo; ¡entonces no hay caballos ni alfiles que sirvan para mierda¡”, exclamó en voz alta y en tono irritado, agitando una pieza en la mano izquierda, como si en vez de estudiar en solitario una jugada, controvirtiera con otro enfurecido analista.
A esa misma hora, camuflados en la oscuridad de la noche y aprovechando que escampó, media docena de policías, dotados con carabinas, salieron de la escuela ubicada en el límite del pueblo -por esos días convertida en cuartel-, respaldados por unos treinta civiles armados al servicio del gamonal. Avanzaron por entre el monte hasta las proximidades de las improvisadas chozas de guadua y palma levantadas desde ocho días atrás, donde dormían las familias invasoras de la hacienda. Hacia las cuatro de la mañana el sargento impartió la orden a los civiles de asaltar la ranchería, quienes de inmediato, en medio de gritos, insultos y disparos a los perros y a todo lo que se moviera, agredieron a hombres, mujeres y niños, mataron los animales de corral y arrasaron los semilleros, para luego rociar con combustible y prender fuego a los ranchos, antes de juntarse de nuevo con los policías para celebrar su hazaña.
La madrugada se llenó de humo. Las lenguas de fuego, que a la distancia se confundían con los primeros fulgores del sol, se esparcieron y avivaron consumiendo con voracidad los tugurios y el rastrojo. Minutos después, cualquier olfato humano localizado kilómetros a la redonda percibiría el olor a monte quemado confundido con el de la carne chamuscada, proveniente de entre las cenizas de un rancho devorado por las llamas, en el que dormía un solitario anciano.
-¡Bravo, muchachos! – alentó el sargento a sus voluntarios. -¡Así es como se hacen respetar las cosas! Y, en medio de fuertes carcajadas, agregó: -¡Esas indias parecían cucarachas saltando de un lado al otro, huyéndole a la candela!
-¡Jijueputas, ojalá entiendan que esto es apenas una advertencia!- interrumpió uno de los civiles, que parecía ser el capataz. -¡Y si no reculan hoy mismo, que se atengan a las consecuencias, indios malparidos!, ¡pa` que aprendan a respetar lo ajeno!- concluyó, congraciándose con el sargento y los demás civiles que, muertos de la risa, celebraban la desgracia de los recuperadores de tierra brindando con aguardiente de contrabando.
La llamarada, inflamada por el viento de la madrugada, se tornó visible a gran distancia. Los pájaros chillaron desacostumbradamente y las gallinas imitaron con su canto a los gallos. Los perros ladraron incesantemente, en un solo concierto, llevando la alarma de vereda en vereda hasta el mismo pueblo de Órganos. Por ese conducto, sabedores previamente de lo que podía pasar, tanto el cura como los dirigentes de las tomas de tierra, intuyeron que alguna novedad había ocurrido en la madrugada. Uno y otros, se prepararon para lo peor.
Pero mientras el cura, intrigado por saber lo que había pasado en la hacienda, ordenaba al sacristán tocar el primer repique llamando a misa de cinco; otra media docena de policías, al mando de un cabo primero, junto a varios peones armados y pagados por los hacendados, asaltaron las viviendas del resguardo indígena donde habían pasado la noche Quintín Lame y otras autoridades indígenas. Medardo Chala Imbachí, uno de los dirigentes que dormía en el zarzo de la enramada del trapiche, advertido de los movimientos de los asaltantes, tras brincar sobre el bagazo de la caña fue recibido a tiros por el cabo, con el pretexto de que “intentaba espabilarse por entre el monte”. Quintin Lame y tres indígenas más, todos inermes, reducidos por la fuerza y la amenaza de las armas, fueron amarrados,primero manos atrás y luego los tres a una vara que los unía por el cuello. Conducidos por sus captores hasta el cuartel de policía de Órganos, permanecerían atados a un árbol, a la intemperie, sin recibir comida ni bebida durante cuatro días, para luego ser enviados a la cárcel de Neiva, acusados de conspiración contra el gobierno, agresión a la fuerza pública, homicidio y daños en bien ajeno.
Aquel domingo en la mañana, el cura Monard, especialista en almibarar las situaciones más amargas, tras recibir un mensaje del patroncito Perdomo, en el que le informaba los resultados del operativo conjunto por el desalojo de las haciendas, explicó en el sermón su visión sobre los hechos de la madrugada: -“dos almas de Dios han regresado a su santo seno y ahora descansan en paz. Pero causa indignación y no tiene perdón de Dios que hayan sido asesinados por sus propias comunidades cuando se negaron a permanecer en esas invasiones, orientadas por los demonios del liberalismo y el comunismo, ofendiendo la Santa voluntad de Dios y el orden social por Él establecido”. Y agregó:-“Roguemos a Dios misericordioso, que nuestro país no caiga en manos de esos agentes de ideas extranjeras que pretenden utilizar a nuestro propio pueblo para acabar la riqueza con que la Divina Providencia ha premiado al país y cuya distribución, sólo Él, con su infinita sapiencia ha determinado; y nosotros, humildes pecadores, debemos aceptar y respetar”.
El cura Monard continuó: -“Sólo los pobres y los misericordiosos tienen asegurada su entrada al Reino de Dios. El pueblo de Dios no puede dejarse llevar por la tentación de la riqueza. Pero, resulta que ahora estos pobres desgraciados, andan envenenando los corazones buenos, con la idea de que la tierra es de ellos. ¡No nos dejemos engañar! Apoyemos a las autoridades de policía, en buena hora enviadas por el gobierno a ofrecernos protección contra los chusmeros, enemigos de Dios, de su Iglesia, del orden y de quien no comparta sus endemoniadas imposiciones”. Y reafirmó concluyente: -“Aquí no hay espacio para la chusma. Esos asesinos cuyas manos han madrugado a manchar con la sangre de sus propios hermanos, ¡tienen ocho días para convertirse al Partido del orden, la fe y la tradición, o se tienen que ir de la región¡ De lo contrario, ¡que Dios se apiade de ellos¡”
Esa misma noche, alrededor de una docena de dirigentes de las tomas de tierra, indígenas y mestizos, tras sopesar la gravedad de las amenazas sobre sus vidas -mientras el cura y la policía los buscaban por sus nombres-, a la luz de una luna veraniega se reunieron entre aromáticos cafetos en flor y, después de cruzar sus ríos y montañas tutelares, enrumbaron hacia Chicalá e Irco, con la determinación de enrolarse en los grupos insurgentes en formación por esos lados.
FIN
Para leer los otros cuentos de la trilogía de Pablo Emilio Escobar Polanía en Suregión, ofrecemos los siguientes enlaces:
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Pablo Emilio Escobar Polanía, nació en Neiva, Huila, el 1 de julio de 1955. Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional Santa Librada y el Bachillerato Nocturno Gilberto Alzate Avendaño. Posteriormente, adelantó cursos de filosofía y política contemporánea en la República Democrática Alemana. Durante varios lustros fue un reconocido líder social y político en el Huila. Alejado del activismo y desde la tranquilidad del retiro voluntario, se ha ocupado preferentemente en los últimos años en la investigación histórica y la escritura de libros de historia regional. En 2015 publicó su libro Pincelando el sol naciente. UP-Huila Memoria Histórica, en el que sintetiza el proceso de gestación, florecimiento y exterminio del partido político Unión Patriótica, en el Huila, publicado por la Fundación Social Utrahuilca. Es miembro correspondiente de la Academia Huilense de Historia.

En 2019 publicó su libro La colonización armada en El Pato. Génesis, rutas y protagonistas, de nuevo con el auspicio de la Fundación Social Utrahuilca, en el que narra el tortuoso proceso vivido por los campesinos del sur del Tolima en defensa del derecho a vivir, el cual condujo al surgimiento de las zonas agrarias de Marquetalia, Riochiquito, El Pato y Guayabero, y más tarde a la conformación de las FARC en la década del sesenta del siglo anterior.
Las ilustraciones que acompañan el texto, son de la autoría de Simón Escobar Castillo, Maestro en Artes Plásticas, con formación en diseño y producción gráfica. En el campo editorial, ha realizado portadas e ilustraciones. Ha expuesto su trabajo en varias exposiciones colectivas en los últimos tres años, la más reciente en 2019: el Décimo Salón Imagenpalabra. Email: simonescobarcastillo01@gmail.com