“El acusado” es el título del segundo de una serie de tres nuevos cuentos inéditos del escritor e historiador huilense Pablo Emilio Escobar Polanía, inspirados en las peripecias del padre Jesús Antonio Munar Plazas, sacerdote católico huilense cuya compleja personalidad atraviesa varias décadas de la historia del departamento, en la segunda mitad del siglo veinte.
Por: Pablo Emilio Escobar Polanía *
En el improvisado despacho judicial, ubicado dentro de las instalaciones del batallón, bajo la mirada fría del Presidente de la República y de la línea de mando de las Fuerzas Armadas, cuyas fotografías fijadas a la pared de fondo, junto a la bandera nacional y la del arma de artillería, constituían la decoración de un recinto que hasta la tarde anterior recluyó presos políticos por orden del estatuto de seguridad; los cuatro oficiales, el representante del Ministerio Público, y los quince soldados, que cumplían funciones de secretario, estafeta y escoltas, iniciaban otro Consejo de Guerra Verbal. El fiscal esperaba sumar un nuevo reconocimiento a su Currículum vitae pidiendo condenar ejemplarmente a un sacerdote, al que acusaría de rebelión.
El presidente del Consejo, en traje de fatiga y pistola al cinto, sentado al centro frente a la mesa colocada sobre una tarima, con sus asistentes a lado y lado, manoseaba el texto de la Constitución Política de Colombia; mientras el fiscal, también vestido de camuflado y armado de pistola, sentado frente a un escritorio unipersonal, hojeaba el Código Penal Militar y la delgada carpeta en cuyos folios sustentaba la acusación. De cara a ellos, solitario, sentado en la primera de las tres bancas de madera, el cura Monar, con impecable sotana blanca y rostro sereno, ante la tardanza de su abogado, mentalmente preparaba su defensa. También solitario, el procurador, que había hecho presencia minutos después de iniciado el trámite judicial, sentado en la última banca, se limpiaba el sudor de la cara bajo la mirada desdeñosa del fiscal.
-Yo no soy profesional del derecho, y, por tanto, no me ocuparé de controvertir leyes, ni decretos -dijo en tono reposado el veterano sacerdote, distanciándose de su acostumbrado estilo fogoso y mordaz, cuando después de la brevísima acusación del fiscal, limitada a repetir un informe de la inteligencia militar, a exhibir varios recortes de prensa y mostrar unas fotos del cura arengando a un grupo de campesinos, el presidente le concedió la palabra.
Solo y exclusivamente -continuó-, quiero contarles que no debería ser yo, el cura Monar,el acusado, sino que debería ser la iglesia católica, aquella a la que ustedes pertenecen, en la que ustedes y yo fuimos bautizados, y cuyos principios, todos los cristianos, más allá de su tener, su saber y su poder, estamos moralmente obligados a practicar. ¡Sí señores! -reafirmó-. Es la iglesia católica la que ha cambiado… ¡La que, según ustedes, se ha vuelto rebelde! … y, -señalando al fiscal- ¡La que, según usted, se ha vuelto subversiva!
El presidente del Consejo, que esperaba que el acusado fuera tan lacónico en su intervención como el fiscal, miró rápidamente al orador y luego de dirigir un gesto interrogativo al fiscal, continuó ojeando la Constitución.
-Para que me entiendan mejor, señor coronel, señor capitán, señor procurador, voy a novelarles esta página de la historia que vive la iglesia, y que tiene aterrados a devotos, sacerdotes y obispos, gobernantes y gobernados, habituados a convivir con el pecado, con la injusticia, con la indolencia y con una falsa moral en nombre de Cristo Nuestro Señor.

El orador hizo una pausa y, esbozando una ligera sonrisa, recorrió con su mirada a todos los presentes.
-Todo comenzó una fría mañana de domingo primaveral cuando, en Ciudad del Vaticano, la multitud congregada en la Plaza de San Pedro fue sorprendida por vientos huracanados provenientes de sociedades sometidas a regímenes políticos retrógrados, represivos y colonialistas, contra los que luchaban por liberarse y hacer posible el sagrado derecho a vivir.
En el Palacio Apostólico, anclado a su silla imperial, el Santo Padre trataba de acomodar su cuerpo pontificio a las corrientes que, filtrándose por puertas y ventanas, amenazaban con desestabilizarlo e impedir la prédica del Ángelus. Fue entonces cuando, por precaución, sus asesores le recomendaron aproximar la silla a la ventana, y, con el apoyo a regañadientes del sínodo de obispos que se esforzaban por sostenerse afirmando los pies sobre el suelo, intentó encauzar convenientemente los vientos ante los ojos de la cristiandad de todo el orbe.
Convencido de que la audiencia se prolongaría, hablando en voz baja a uno de sus asistentes, el presidente ordenó que le cancelaran los compromisos de la mañana, y que le trajeran tinto y agua.
El acusado Monar continuó su alegato de defensa con tono de voz y ademanes magistrales.
-Iniciamos el análisis de la nueva realidad mundial, con el fin de proceder a enmendar los errores del pasado y aproximar de nuevo la iglesia a la comunidad católica de todas las naciones -escuchó decir al Santo Padre la multinacional audiencia reunida en la Plaza de San Pedro, tal vez, recordando que su predecesor guardó silencio cómplice frente a los atroces crímenes de guerra o se alió subrepticiamente con poderes despóticos y genocidas, abandonando a su rebaño a la buena de Dios-.
-La iglesia debe modernizarse, -de nuevo se escuchó decir nítidamente al Papa cuando el viento amainó-. Y mientras el catolicismo secular vitoreaba por todo el mundo la intención del vicario de Cristo en la tierra, los cardenales recibieron el mensaje sin ninguna sorpresa. Muchas veces se había dicho lo mismo.
-No obstante, cuando el Sumo Pontífice, para desarrollar sus ideas, dispuso actualizar la vida de la iglesia sin definir ningún dogma, la fuerza cardenalicia más ortodoxa desencadenó rayos y centellas sobre el enfermo sacerdote, que pronto agudizaron su cáncer de estómago y lo llevaron a la muerte, dejando a su sucesor la redacción de la encíclica que sumergiría a la Iglesia Católica latinoamericana en ¡temas más terrenales!, ¡en nuevas formas de contemplar el mundo!, ¡en nuevas maneras de relacionarse con sus fieles!, especialmente con la población más pobre, atrasada y desprotegida por los poderes, a la que ahora, los oficiantes, deberían predicar de frente, en su lengua materna y en sus espacios naturales, compartiendo con ella la suerte de sus propios problemas.
Contrariado por el contenido del discurso del acusado, el fiscal trató de interpelar al orador, pero el presidente, amante de la historia e interesado por el hilo de la narración, negó la interpelación.
-Por eso, -continuó su intervención Monar- la iglesia de base latinoamericana, tras haberlo predicado en sus parroquias, en el mundo académico, estudiantil, campesino, ahora repetía y sustentaba, en la mismísima Conferencia Episcopal de Puebla, y, después en la de Medellín: ¡La fe no puede ser alienante sino liberadora! Y sus voces, apoyadas por religiosos de otras naciones, retumbaron con estruendoso eco entre los campesinos despojados de sus tierras, entre la juventud castrada de sueños, entre los mismos sacerdotes de antaño politizados en los seminarios: ¡El cristianismo no puede seguir comportándose como un aparato ideológico del Estado!
A esa misma conclusión llegó el grupo de sacerdotes reunidos en Golconda para profundizar en el conocimiento de la Popularum Progressio. E identificados con la idea de retornar al cristianismo rebelde y combativo que caracterizó a la iglesia pre-Constantina, en voz alta predicaron: ¡No vamos a discutir si el alma existe o no existe!, ¡si es mortal o inmortal!, cuando lo que existe es el hambre ¡y el hambre es mortal!
Me identifico con los curas de Golconda- dije yo en el sermón del domingo. Y agregué: – ¡Debemos rescatar el término Mesías como Salvador de la opresión, y a la Iglesia como factor aglutinante de masas e instrumento de liberación!
-Queremos oír la palabra de Dios y no sermones políticos-, me ripostó de inmediato un parlamentario, y lo repitió ¡el hacendado!, ¡el alcalde! … ¡y el policía!, ¡y mucha gente del común! Pero, ya al novísimo mensaje de la iglesia le hacía también coro el padre Juan Andrés, y con él dijeron estar de acuerdo el cura Pachito, el reverendo Agustín, el sacerdote Carlos Ramón, el padre Víctor, el padre Jairo, el padre Oidén, Diógenes, Héctor, Ramiro y ¡muchos más!
– ¡Carajo! ¿de qué diablos está hablando este cura loco? -pensó el fiscal, tratando de encontrar respuesta en la mirada del coronel presidente que, mientras degustaba su café, con los pies colocados sobre la silla del asistente de los tintos y los ojos entre cerrados, escuchaba atentamente la historia-.
-Continúe, por favor, padre Monar -se escuchó decir al coronel presidente-.
-Pronto el sermón se hizo verbo, ¡acción!, ¡movimiento!, -prosiguió, ahora con más vehemencia el cura Monar-, y a los pocos asistentes a los seminarios de pastoral social, tradicionalmente genuflexos y fragantes a incienso, semanalmente se fueron sumando hombres y mujeres, usuarios campesinos, andrajosos y sudorosos, que con sus sombreros de palma protegían rostros tostados por el sol y marcados por la angustiante pobreza.
Entonces, cuando la voz enérgica de los usuarios denuncia el desamparo del gobierno a la población campesina y estar viviendo aún peor que dos lustros atrás, el apoyo de la Pastoral Social hace presencia al lado de los pobres, y, ¡por eso los terratenientes pusieron el grito en el cielo! La prensa anunció posible invasión de haciendas, y algunos curas comenzaron a ser señalados como sus promotores; a otros, les fueron allanadas sus residencias y, desde luego, el cura Monar fue detenido. Desde los púlpitos, denunciamos marcada prevención contra el clero, y en carta al nuevo obispo acusamos de persecución al gobierno y a sus fuerzas armadas.
-Entonces, El Patroncito Ignacio, desde su cargo diplomático en Washington me acusó de haber incitado al pueblo contra él en los sermones de semana santa. Pero ¿Yo qué hago?, ¡Él es un ¡monstruo! ¡explotador de la gente! – enfatizó el padre Monar dirigiéndose a la presidencia, y pasando la mirada por los soldados que, rompiendo con el protocolo del tribunal, habían tomado asiento al lado del procurador y escuchaban con atención el discurso del cura-.
-Ahora, mientras los usuarios invaden masivamente las haciendas ociosas y argumentan que la reforma agraria retrocede, los hacendados organizan su gremio para confrontar e impedir la entrega de tierras a los campesinos por parte del Incora, al tiempo que siguen quejándose de la labor pastoral de los curas en representación de la iglesia. Por supuesto que en esa discusión siempre tomé partida abiertamente al lado de los campesinos, sin temor a ser señalado, rotulado y perseguido bajo la sindicación se ser el adalid de las revueltas populares. Y, a partir de ese momento, también el obispo, por congraciarse con los terratenientes, adoptó como suya la afirmación: – ¡Ese cura endemoniado se volvió comunista! -, puntualizó el cura Monar.
El fiscal de la causa, que insistentemente trataba de conseguir autorización del presidente para interpelar al acusado, aprovechó la pausa del orador y la soñolencia del presidente para lanzar una nueva acusación:
-Tenemos información de inteligencia en la cual advierte que usted es auxiliador de la guerrilla y que hace dos meses, en su Volkswagen amarillo, subió hasta La Urraca armas y municiones para la cuadrilla de alias Wilson.
-Señor fiscal: ¿Qué hay de novedoso en su grosera acusación?, -preguntó el padre Monar retomando el uso de la palabra-. Y agregó: – Desde que la iglesia se ha dolido del dolor de los pobres; desde que la iglesia se ha acercado al pueblo de Dios; desde que la iglesia habla el lenguaje de los ultrajados y los explotados; lo único que se les ocurre decir a los ricos y poderosos, es que los representantes de la iglesia nos volvimos comunistas y auxiliadores de la guerrilla. Pero ¡no hay tal! Simplemente los curas, como en sus orígenes lo hicieron los apóstoles, hemos reasumido nuestro compromiso en nombre de la iglesia, que no está representada por los altos jerarcas sino por el pueblo cristiano. No por los pastores, ¡sino por el rebaño!
-Por ser fiel pastor de las ovejas de Dios es que usted, señor fiscal, me acusa de subversivo. Pero me tiene sin cuidado su intención. A mi edad, yo solo tengo ánimo y fuerzas para predicar la palabra del Señor…-hizo una pausa, observó a los presentes, y con la seguridad de que había convencido al auditorio, concluyó: – y, en mis ratos de ocio, para escuchar la vuelta a Colombia en bicicleta. Me gusta la fuerza que tiene para escalar Rafael Antonio Niño, y espero que hoy se corone campeón de los premios de montaña en el Alto de la Rosa.
El orador intentó continuar, pero el presidente, molesto por la impaciencia del fiscal que no ocultaba su interés por condenar al procesado, decidió cortar por lo sano declarando suficiente ilustración. Seguidamente, reafirmando su porte militar, se puso de pie, y con él todos los asistentes. Luego, con voz de mando sentenció:
-Este tribunal, en nombre de la República de Colombia y por mandato de las normas de excepción que rigen al país, declara absuelto de todo cargo y responsabilidad al ciudadano sacerdote Monar-, y, golpeando la mesa con la culata de su Browning, concluyó: -¡comuníquese y cúmplase!
Indignado por el inesperado fallo, el fiscal acusador desahogó su cólera disparando al aire cinco tiros de su pistola, que alcanzaron el cielo azul dejando un solo orificio en el techo.
Ante la mirada absorta de los presentes, por aquel único y diminuto orificio, entraba la luz del Espíritu Santo y se posaba sobre la cabeza del inmaculado cura Monar.
Neiva, septiembre 13 de 2021
Monar contra el padrecito: Lea acá el primer cuento de la nueva serie publicado en Suregión.
Pablo Emilio Escobar Polanía. Nació en Neiva en 1955. Escritor e historiador huilense. Es miembro de Número de la Academia Huilense de Historia
En 2015, publicó Pincelando el sol naciente Up-Huila Memoria Histórica, y en 2019 La colonizaión armada en El Pato: génesis, rutas y protagonistas, ambos bajo el sello editorial Fundación Social Utrahuilca de Neiva. En 2021, para la Biblioteca del Banco de la República , ofreció en Neiva la conferencia Las guerrillas del Llano: 1949-1953, y el 24 de mayo de 2022, en la sesión solemne de la Academia Huilense de Historia que conmemoró el aniversario de fundación de la ciudad de Neiva, disertó sobre El proceso de poblamiento del Ejido de Neiva en el siglo XX.
En las páginas de www.suregion.com ha publicado semblanzas de los guerrilleros liberales del Llano Tulio Bautista Vivas, Dumar Aljure Moncaleano, y Guadalupe Salcedo Unda. En las mismas páginas publicó una primera trilogía de cuentos sobre el cura Monar, que ahora complementa con tres nuevos cuentos sobre el mismo protagonista.
