Por: Jenifer Quilcue

Recuerdo como si fuera ayer la casa de mis padres, esa tierrita que me vio crecer.  Yo nací en una vereda donde el canto del gallo era el reloj. El café recién colado de mamá, sacado del fogón de leña, era el aroma matutino que invadía la cocina. Las botas de caucho resonaban alrededor de la casa, indicando que mis hermanos ya se iban a trabajar a la finquita. Los llamados de mamá diciendo:

– ¡Jenifer! – Mija, levántese rápido que se le va coger la tarde ‘pa’ ir a la escuela.

Con pereza, me quedaba mirando fijamente hacia el techo de la casa. Esperando a que me cogiera la tarde. Todos los días eran lo mismo. Los desayunos de mamá eran los mejores: ‘aguapanelita’ con pan, caldito y arepas. No sé cómo, pero esa comida calentaba no solo el estómago, sino el alma. Esa cocina siempre llena de humo, de leña y de las risas de Rosita que nunca podían faltar en el día.

Foto: Jenifer Quilcue

Empezaba mi rutina diaria. El trayecto hacia la escuela, quedaba lejos. Media hora a pie, o quizás menos. Depende el paso con el que anduviera. No era cualquier camino. Tenía que cruzar quebradas, para ser exactos eran tres. En los días de invierno se crecían hasta tal punto que me hacían pensar si avanzar o devolverme. Luego venían las largas subidas de pequeñas montañas que, a veces parecían no acabar. Especialmente la última que era la más difícil y cansona de subir.

Yo caminaba sola la mayoría de veces. Con las botas llenas de barro, mi uniforme de jardinera cuidándolo todo el camino para llegar lo mas limpia posible. Y por supuesto con mi mochila al hombro. Me sabia el camino de memoria. Cuando yo era más pequeña mi madre pasaba por ahí conmigo cargándome en la espalda. Entonces sabia donde quedaban las piedras grandes y me detenía para observar y descansar. El camino lo conocía tan perfecto que llegaba al potrero a correr para evitar las vacas, sentía una pequeña adrenalina como si el viento pudiera llevarme.

Llegaba con el alma afuera y mis piernas cansadas, pero con el corazón contento. La escuelita era de barro con techo de zinc y el piso de tierra húmeda. Las ventanas eran tan pequeñas por donde entrababa la luz y el viento. En ese salón de cuatro paredes de barro aprendí a leer, a escribir y a contar. También aprendí a caerme y a levantarme. Literalmente me raspaba en cada recreo. Las rodillas las tenía llenas de cicatrices, pero eso no importaba. Era de esas niñas que no solo le gustaba las muñecas, sino todo tipo de juego, así fuera el más brusco. Era feliz.

Algunos días en la escuela, en vez de quedarme en el recreo, me escapaba a los charcos cercanos. A veces un poco lejanos. Eran mi lugar secreto. No sabia nadar, o bueno estaba aprendiendo. Eso me motivaba a ir más. Creo que en la casa nunca se enteraron de esas pequeñas travesuras. Nadar me hacia sentir libre. Era tan despreocupante que, podía pasar horas metida en el agua, siendo la niña más afortunada por crecer en medio de las montañas del occidente del Huila.

Foto: Jenifer Quilcue

Con el pasar de los días y los meses, me quedé viviendo con mi hermana, porque mi mamá ya se había mudado a la otra finca. Mi hermana era mi segunda mamá. Estricta y brava a morir, pero era buena persona. Después de llegar todas las tardes de la escuela, hacía oficio y luego pedía permiso para ir a jugar con mis amigos de la vereda. Éramos ‘los chinos’ más felices. Jugamos de todo: escondite, ponchado, ‘yeimi’, lleva congelada; montábamos bicicleta. Sin falta, todas las tardes, justo cuando el sol comenzaba a esconderse, mi hermana se paraba en la puerta y gritaba con fuerza:

– ¡Nenis, nenis! ¡Eche pa´ la casa! ¡Esas no son horas de estar afuera! ¡Ya son las seis!

Yo a veces me hacia la loca, la sorda. Me escondía detrás de un árbol grande que había, o corría a cualquier otro lugar para que no me viera. Pero al final siempre terminaba regresando, era muy brava esa ‘Seño’. La casa era sencilla, de material, pero el techo era de tejas. Por las noches, la luz de las lámparas se mezclaba con el canto de los grillos. El olor a tierra mojada entraba por cada rincón.

‘El paraíso’, así se llamaba la vereda. No había lujos, pero había vida. Compartíamos todo. Los niños nos reuníamos a jugar en el potrero que quedaba al frente, especialmente en el mes de agosto. Subíamos allá y corríamos tras las vacas, cuando bajábamos tirábamos piedras al charco para ver si salía algo o estaba hondo. A veces me caía, me embarraba de pies a cabeza, pero nadie me regañaba, porque allá éramos felices. No nos preocupábamos por nada, solo éramos niños disfrutando de la vida. Libres, sucios y vivos.

Cuando cumplí doce años, las cosas cambiaron. Terminé Quinto y tuve que irme a estudiar a otra parte. El colegio ya no me quedaba cerquita. Para seguir con mis estudios, tuve que irme con mi mamá a la finca donde ahora vivimos. Recuerdo que me despedí de esa vereda que me vio crecer con una mezcla de miedo y de tristeza. Era como si dejara una parte de mi atrás.

La nueva vereda era distinta. Yo vivía como a cinco minutos de ahí. Aunque el paisaje era uno de los mejores, los vecinos y la rutina eran diferentes. El colegio era más grande, los salones más fríos. Ya no se sentía el olor a barro que a veces invadía ese salón pequeño. Ya no tenía que cruzar quebradas ni subir largas lomas. Ya no había vida de niño. Ya no había juegos de escondite al atardecer, ni las risas y gritos cuando jugábamos ponchado. No estaban los gritos de mi hermana llamándome a dormir. El cambio fue duro, pero necesario.

Aún así, cada vez que cierro los ojos, vuelvo a ese lugar. A los charcos, a la escuelita, a sentir el barro en mis pies mientras tomaba mi ‘desecho’ largo y silencioso de las mañanas. Puedo oír el eco de mi hermana todas las tardes y sentir la adrenalina cuando hacia mis pequeñas diabluras. Esos recuerdos me abrazan.

– ¿Nenis, se acuerda cuando usted se encondía atrás de ese árbol pa´ no entrar a la casa? – me dijo mi hermana un día, echándose a reír a carcajadas mientras hacia el almuerzo en el rancho. – Yo salía a gritarle como loca, y usted más terca pa´ donde haciéndose la sorda.

– Obvio que me acuerdo – le respondí – Yo sabia que usted me iba a regañar con lo brava que es, pero de china me gustaba sentir esa adrenalina, no ve que era tan rico jugar allá en la cancha.

Las dos nos reímos. A veces, hablamos de esos tiempos como si fueran historias de otro planeta. Sin embargo, están aquí mismo, apenas a un pensamiento de distancia.

En cambio “madre selva” como le llaman mis hermanos a mi mamá, siempre dice:

-Usted sí que supo disfrutar su niñez, jugaba hasta mas no poder, no mija. Aprendió resto de la calle jajaja.

Yo asentía porque es verdad. Mi niñez fue una de las épocas mas bonitas y donde la pude aprovechar al máximo. Las largas caminadas que tenia en medio del barro fueron lindas y son cosas que no volverán a pasar. De alguna manera sin saberlo, eche raíz; mientras corría tras una pelota o jugaba bajo la lluvia.

En ocasiones me da por volver, aunque sea por un instante. Tomar el mismo ‘desecho’, mirar los mismos árboles, correr por ese potrero evitando las vacas, mirar al cielo y ver lo hermoso que es. Todo ha cambiado un poco, pero el alma del lugar sigue intacta. Y cada vez que regreso, me encuentro con esa niña que un día fue feliz, libre y valiente. Porque uno no deja la infancia, la infancia la llevábamos dentro. Y yo que crecí entre montañas, barro y juegos. Sé que cada paso que doy hoy, tiene la huella de esa niña que un día caminaba sola hacia su escuelita soñando con el mundo, mientras sacudía el barro de sus botas.