Por: Lisandro Soto Flechas*

El tiempo pasa lentamente. Mientras espero a ser atendido, me fijo en el ambiente, en la antesala del lugar del ritual.  Las imágenes de las industrias mediáticas me habían abarrotado el imaginario con imágenes en la que estos espacios debían estar profusamente llenos de representaciones pictóricas alusivas a mundos exotéricos. Significados que evocan un mundo mágico-mítico, que vincula la práctica con el lugar.

Pero para el caso, solo había algunos retratos referidos a la religiosidad judío-cristiana, algunos aromas suaves y una música popular de fondo que, en principio, podría sentirse como fuera de contexto, para quienes, como yo, teníamos en nuestros supuestos, otras expectativas.

Foto: Lisandro Soto Flechas. Tomada entre el 21 y 23 de abril de 2024.

Doña Antonia quien decidió conservar el anónimato, es una mujer de edad adulta, su cabello largo y canoso denota el paso de los años por su cuerpo, que antaño, según un testimonio de un lugareño, encarnaba un ideal de belleza femenina muy apetecida por los hombres del pueblo, hoy esos tiempos han quedado en el recuerdo. Llegué a ella, por los testimonios que recogimos entre diferentes habitantes de la Jagua, quienes nos habían referenciado a Antonia, como una mujer al servicio de la comunidad, religiosa en grado sumo, pero, ante todo, por sus poderes como pitonisa, como una mujer muy acertada en sus lecturas del tarot, el tabaco y las manos, así como el manejo de los baños con hierbas y las esencias. Era dentro de nuestras categorías analíticas y también por el saber popular, lo que se denominaría una bruja blanca, que utiliza el poder, como su nombre lo indica, de la magia blanca.

Foto: Lisandro Soto Flechas. Tomada entre el 21 y 23 de abril de 2024.

Nunca había recurrido a este ritual de adivinación, esto a pesar de que siempre me han fascinado, tanto como antropólogo y como sujeto.  Me han cautivado, porque, me permite soñar con escenarios fantásticos, mundos encantados y realidades aparentemente inexplicables, que le concede a la subjetividad la posibilidad de escapar a ese mundo frio, calculador y objetivo, obsesionado por el éxito y el prestigio social que tanto critican los pensadores de Frankfurt. Este mundo calculador que nos han mantenido encerrados en jaulas de hierro, metáfora propuesta por el sociólogo Weber, para indicar, como el capitalismo captura a las personas y las encierra en un universo frio y previsor.

Es por ello, que me dispuse a llevar a cabo el ritual adivinatorio, no solo como una estrategia de acceso a los informantes en el marco de nuestra investigación sobre las Brujas de la Jagua, sino que, siguiendo los desarrollos de la etnografía de los sentidos, me permitiera tener una experiencia subjetiva total y envolvente de la experiencia cultural a la que me iba a vincular y dejarme así penetrar por el embrujo de la Jagua.

Con esa idea en mi cabeza, se dio comienzo al ritual, unos pasos mágicos, una conversación informal, la explicación de los procedimientos propiciatorios, la evocación de los poderes sobre naturales para que hagan presencia en el lugar e iluminara a la presente pitonisa. Las cartas hablaron. Una serie de imágenes simbólicas dispuestas en un orden detallado, en forma de dos líneas que se entrecruzan. Una a una en un orden especifico, fueron interpretadas, a través de una narrativa sobria, medida y pausada, buscando recabar lo que el futuro se presentaba ante los ojos de la especialista interpretante.

Yo estaba expectante, mi subjetividad era un amasijo de dudas y cuestionamientos, pero también, muy dentro de mí, quería verme sorprendido, que Antonia me predijera que iba a ser de mí y de mis más profundas cuitas. Anhelaba que las cartas me dieran respuestas, creo que es lo que todos queremos al final. Se me predijo sobre mi estado de salud, sobre mis condiciones económicas, se me alertó sobre enemigos invisibles y envidiosos que me rodeaban y de los que debía tener cuidado (he pensado en los posibles nombres de estos personajes oscuros que se ciernes sobre mi).

También me dieron la “buena noticia” que tendría una larga vida y sobre el numero de mis hijos, creo, que no acertó en este caso, o sí. Finalmente, pero no menos intrigante, no podía faltar las evocaciones sobre mi vida amorosa, sus devaneos, frustraciones y compromisos pasaron por una minuciosa lectura de las cartas que evocaban signos que solo Antonia en su saber, descifraba. La sesión terminó, con el ofrecimiento de un baño para la buena suerte y la limpieza prometido para nuestro próximo encuentro, ya que en su mirada experta y de escrutinio profundo, lo necesitaba de manera apremiante.  

Sali del proceso ritual, cavilando sobre las profecías que sobre mi vida se abalanzaban. Fue todo producto de unas puestas en escena en la que sencillamente se profetizó una serie de temas y recurrencias estereotipadas, que la persona en su subjetividad y de acuerdo con sus intereses y ensoñaciones, las aterriza en su vida, o fue efectivamente, una sesión en donde Antonia, gracias a sus poderes, pudo ver en las cartas y en mis manos, lo que el futuro me deparaba a la luz de lo que he vivido. Son preguntas que tal vez nunca tendrán una respuesta única, y tal vez, lo mejor es que así sea, que todo quede en un aura de misterio, de un tufo metafísico, que, aunque esta allí y se saborea, no se puede tocar, no es tangible.

Foto: Lisandro Soto Flechas. Tomada entre el 21 y 23 de abril de 2024.

Esta escena es un buen ejemplo del embrujo de la Jagua, un lugar mágico ubicado en el centro del departamento del Huila, un lugar de transición, colmado de leyendas, mitos y tradiciones orales. Un corregimiento que con un grupo de estudiantes de la universidad Surcolombiana de la carrera de antropología, y del semillero Travesías Antropológicas, fuimos a visitar e indagar sobre su tradición en torno a las creencias en las brujas, estos personajes casi que arquetípicos, que se hayan en uno de los polos de la estructura binaria en la que, según el estructuralismo, se configura la cultura.

En esta organización la mujer representa, lo femenino, lo terrenal, lo material, lo oscuro, la tierra, la tentación, lo negativo. De allí, que usualmente, son las mujeres, las que personifican a las conocidas brujas, pues en sí mismas, de alguna manera, hacen parte de su naturaleza femenina.

Foto: Lisandro Soto Flechas. Tomada entre el 21 y 23 de abril de 2024.

La Jagua no decepciona a los visitantes que buscan encontrar, un espacio ficcional. Desde la llegada, recibe a los visitantes con grandes imágenes alusivas a mujeres denominadas brujas, alegorías que se pueden encontrar en cada lugar y en cada rincón del pueblo. Así mismo, abunda las denominaciones de lugares que se sirven de sus brujas y sus representaciones para autonombrarse, para identificarse.

Cada imagen nos muestra un aspecto de esta tradición, siendo así nos habla de los saberes de esas mujeres, de la comprensión sobre las plantas, su relación con la tierra, sus artes adivinatorias y sus poderes de transformación por las que son ampliamente conocidas, admiradas, temidas y estigmatizadas.

Caminar por sus calles empedradas rodeado de una arquitectura colonial bellamente conservada, acompañada de su aura de tranquilidad y desasosiego, es una experiencia única, es sumergirse tal vez en un pasado que aflora a cada instante. Es una brisa suave que acaricia la piel, un tiempo que se hace más lento, es una pausa en el correr vertiginoso del día a día que obliga a los ciudadanos del mundo contemporáneo, a perderse en el placer de una pausa, del fluir incesante de una historia que se detiene y en la que se instaura en la subjetividad que vibra con la tranquilidad del lugar.

Aura metafísica, que llega a su éxtasis, en el silencio ensordecedor que se recrea, en las noches de la Jagua, en la soledad de sus calles y la oscuridad reinante, que hacen poner la piel de gallina, de forma tal que el embrujo de la Jagua se hace palpable, la presencia de las brujas se siente en el ambiente, ya no es solo una realidad simbólica anclada, exclusivamente en los imaginarios colectivos.

Sino que están presentes en, un ruido lejano que se hace indescifrable, en una mirada que se cierne sobre el caminante que no puede ignorar o en una soledad mística que hace que los bellos de la nuca se en crispen. Trasegar en las calles vacías en las noches de la Jagua, es un momento donde el miedo se hace carne y las desconfianzas y los monstruos de la niñez se despiertan en un raudal incontrolable.

Qué sería del embrujo de la jagua sin su historia, sin su tradición oral. Relatos que hablan de brujas, de aquelarres, de embrujos, de hechicería y de maleficios. Carlos, quien ha cambiado reservado su verdadero nombre, nos brinda una primera entrada a estas narrativas fantásticas. Las leyendas que se remontan varios siglos en el pasado, gestas que hablan de cómo las comunidades que habitaban estos territorios eran expertos conocedores de los poderes de las plantas y la naturaleza.

En este mundo mítico poético eran los brujos o chamanes del pasado, quienes controlaban las fuerzas de los jaivanas y el espíritu de los seres de la naturaleza. Saber que en la actualidad son depositarias las brujas. Se cuenta que entrada la época de la colonia se produce un hecho sin parangón que marcó hasta hoy estas cosmovisiones que escenifican la presencia de las brujas en la Jagua. 

Foto: Lisandro Soto Flechas. Tomada entre el 21 y 23 de abril de 2024.

Hacia el lejano ya año de 1880, según la tradición oral que se ha preservado en el tiempo, una bruja hechicera se enfrenta con el sacerdote de la localidad, lo hace caer enfermo y finalmente, le provoca la muerte (Información recopilada por el semillero Travesías antropológica). Hecho seguido, la comunidad identifica a la malvada hechicera y es quemada viva en la plaza del pueblo, acontecimiento que queda marcado para la posteridad con una imagen de una bruja en el lugar de los acontecimientos.

En cada calle se cuenta una historia, en cada rincón oscuro se siente la presencia de la tradición y los imaginarios que abarrotan el pequeño corregimiento de la Jagua. No hay habitante que no haya escuchado o tenga alguna experiencia sobrenatural, digna de ser contada. En nuestra corta estancia con el semillero de Travesías Antropológicas, fuimos cómplices de una multiplicidad de experiencias más allá de lo convencional, narradas por sus protagonistas, que no solo se remitían a las brujas, sino a seres fantásticos, malignos y divinos que habitan en las arquitecturas encantadas de la Jagua.

Foto: Lisandro Soto Flechas. Tomada entre el 21 y 23 de abril de 2024.

Abundan las ficciones de las brujas chismosas, que se metamorfosean en piscos, suben a los arboles o a los tejados, se burlan de los habitantes y les arrojan pequeños frutos, pero, ante todo, su intención es como su nombre lo indica chismosear, o en todo caso, oír las conversaciones de las personas. Por otro lado, están las historias de un personaje un tanto más siniestro, son las que representan a las brujas hechiceras, son conocidas por sus maleficios, por los entierros que producen y las enfermedades que infringen a las desafortunadas almas que osan hablar de ellas. Y están las curanderas, mujeres expertas en el tratamiento de las enfermedades y los poderes de las plantas.

No podría terminar esta modesta crónica del embrujo de la Jagua, sin antes narrar, si al caso una experiencia digna de la magia del lugar que me ocurrió en la primera noche de estancia en este territorio. Desde que llegamos era claro que estábamos siendo observados, se nos había advertido que, si una bruja se fijaba en alguno de nosotros, en la noche se haría notar su presencia.

Foto: Lisandro Soto Flechas. Tomada entre el 21 y 23 de abril de 2024.

Esa noche en la madrugada llovía en la Jagua, un aleteo permanente encima de mi lecho me sustrajo de mi plácido sueño, aunque fue extraño, tenía un mensaje más fuerte de mi cuerpo que me indicó que tenia que dirigirme al baño. De regreso a la cama, vi de manera clara, el vuelo de un pájaro negro sobre mi cama, al notar mi presencia salió por un rincón sin hacer ruido. Estaba intrigado, pero más me podía el deseo de volver a rodearme en mis cobijas y entregarme en los brazos de Morfeo. En la mañana siguiente, me dirigí al lugar por donde debía haber salido el ave que me visitó en la víspera. Para mi sorpresa, no había lugar por donde hubiera podido salir el hipotético pájaro visitante.

De esta forma el embrujo de la Jagua debe continuar siendo escrito …

*Lisandro Soto Flechas, Jefe de Programa de Antropología de la Universidad Surcolombiana; Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, Especialista en Investigación en Ciencias Sociales, Magister en Sociología y Doctor en Ciencias Humanas y Sociales.