Por: Sebastián Vitoviz, Mariana Galindo y Gabriela Santamaría
El teléfono sonaba cada día con puntualidad de amenaza. Eran años duros en Colombia, la guerra entraba por la línea telefónica: obedecer y callar era la mejor opción.
Esto ocurrió en el año 2000. Yo tenía 35 años, vivía con mi mamá y mi hija de 11 años. Me ganaba la vida preparando refrigerios y almuerzos para los funcionarios del Bienestar Familiar y la Alcaldía de La Plata, Huila. Por esos días, el ambiente era tenso y el miedo se respiraba en el aire. La guerrilla llamaba con frecuencia a pedir «colaboraciones» para su causa, y aunque las extorsiones se habían vuelto parte del diario vivir, no dejaban de ser aterradoras.
Después de las seis de la tarde, nadie salía. Cerrábamos puertas, ventanas y por seguridad no respondíamos el teléfono. El presidente Andrés Pastrana estaba por terminar su mandato. Durante su gobierno se había iniciado un proceso de paz con las FARC, que incluyó la entrega de una zona desmilitarizada -la llamada zona de distensión en el sur del país, entre Caquetá, Meta y Guaviare-. Pero en la práctica, esa decisión permitió que la guerrilla se fortaleciera y expandiera su presencia en otras regiones, como el Huila.
En ese tiempo, la guerra golpeaba con todas sus fuerzas a la gente del común. La zona de La Plata y La Argentina estaban presuntamente bajo la influencia del Frente 17 de las FARC-EP, también conocido como el Frente Ángelino Godoy, a su vez formaba parte del Bloque Sur de las FARC y tenía presencia activa en municipios como La Plata, La Argentina, y otras áreas del occidente del Huila.
Ellos sabían que yo manejaba contratos con entidades públicas. Durante seis meses el teléfono de la casa sonó todos los días, preguntaban por mí y decían que me estaban llamando de la guerrilla. En una ocasión contesté, me dijeron que tenía que dar una cuota por los contratos que yo tenía, que tenía que dar una colaboración de 10 millones de pesos. Yo les contesté que no tenía plata y colgué el teléfono. Debido al miedo que sentía, preferí no volver a contestar. Cuando salía a la plaza de mercado o a pagar algún recibo, desconectaba el teléfono para que mi mamá no se diera cuenta y se preocupara; mi viejita sufría mucho por esas cosas.
Uno de mis hermanos vivía en la finca familiar que queda a unos 15 minutos del pueblo. Yo siempre pensaba «¿Será que vuelve? ojalá que no le vayan a salir en el camino y lo pueda volver a ver otra vez«, cosas de ese estilo. Entre mis hermanos acordamos que si llegaba a suceder algo con estos grupos armados, lo último que podíamos permitirnos era dejarnos llevar, preferíamos que nos mataran a exponer a la familia a la zozobra de liberar a un familiar a cambio de dinero, mucho más cuando no se cuenta con el recurso para pagar; ese sentimiento de impotencia no lo íbamos a permitir en nuestro núcleo familiar, nuestro hogar.
El Sábado 18 de noviembre del año 2000 como a las 10 de la mañana, me volvieron a llamar. Esta vez una sensación extraña brotó de mi cuerpo y aceleró mi corazón. Más que temor era parecido a la resignación. Contesté y al otro lado del teléfono dijeron “No vaya a colgar, no le vamos a hacer nada, el comandante Freddy quiere hablar con usted y tiene que presentarse en La Argentina Huila”.
Continuaron diciendo que desde el pueblo debía tomar la vía que conecta el casco urbano con la vereda El Mirador. La citación era para el martes siguiente, según la persona que me llamó, yo debía hablar con el Comandante únicamente en persona. Y si, la realidad es que frente a una situación de esas uno tiene que ir o ir, si decidía no hacer caso al llamado o negarme, lo único que estaba demostrando es que tenía miedo y el que tiene miedo es porque algo esconde.
El sábado, domingo y lunes siguientes no logré conciliar el sueño, ni probar bocado. Todo el tiempo pensaba en lo que tenía que hacer el martes. En ese entonces mi hija estaba pequeña, ella nunca supo que yo me iba a ver con la guerrilla. Entre mi cúmulo de sentimientos por no saber qué sería de mi futuro y el de mi hija, se la encomendé a mi mamá y le dije que ahí se la dejaba, que la cuidara si me pasaba algo. Mi mamá me echó la bendición, se limpió los ojos y con una mirada que transmitía se despidió de mí.
Ese martes 21 de noviembre me volvieron a llamar. Las indicaciones fueron claras: yo tenía que llegar al parque de La Argentina a las 9 de la mañana y me tenía que encontrar con un señor que debía traer colgado un poncho en el hombro, un lápiz detrás de la oreja derecha y una naranja en la mano. Si no lo veía en el parque, tenía que entrar a buscarlo en la iglesia.
Un hermano me hizo el favor de prestarme el carro y arreglar con ‘Palmito’, un amigo de la familia, para que me llevara, me esperara y me trajera. Salimos a las siete de la mañana del municipio de La Plata en un Nissan rojo rumbo a La Argentina. Después de dos largas y agotadoras horas por la calle destapada, llegamos al parque principal. Yo empecé a acomodar para bajarme del carro, pues desde el parabrisas no lograba ver al señor que me describieron por llamada.
Cuando por mi cabeza se cruzó la idea de ir a la iglesia a buscarlo, me di cuenta que un señor ya estaba sentado en la parte de atrás de ese carro color rojo. Tal cual me lo habían descrito: poncho, lápiz en la oreja derecha y naranja en la mano. De algún modo, esas personas ya tenían identificado el carro en el que yo iba. Este hombre me mira por la ventana del carro y murmura: “Soy yo el que tiene que llevarla a donde usted tiene que ir”. Me subí nuevamente al carro y solo escuché desde atrás del mismo las indicaciones de nuestro ‘guía’, «Después de llegar a la vereda el mirador siga por la vía El Carmen, vamos hasta un sitio donde vean en la cuneta una moto tirada en el suelo. Ahí paran, la señora sigue conmigo y usted se queda ahí (refiriéndose a Palmito)”.
Desde el parque fueron como dos horas más en carretera destapada. Casi no se pronunciaron palabras durante el trayecto, solo se escuchaba el sonido de las llantas del carro mientras sorteaba las deformidades de la vía y el pasar de otros carros bajando en sentido contrario. En una de las pocas rectas que tiene la vía, efectivamente aparece entre el polvo una moto tirada en la cuneta. Paramos ahí y de nuevo el hombre repitió las indicaciones: «Usted se queda y la señora sigue conmigo”, en ese momento sentí como el miedo recorría mi cuerpo desde el estómago hasta mi cara, como si apenas saliera del trance al que llamé resignación… fue como si se despertaran mis sentidos.
Debía subir a pie por una loma llena de cultivo de café. Eran al rededor de las once de la mañana y había un rayo de sol impresionante. Cuando empezamos a ascender entre el cafetal, fueron apareciendo personas con fusil que se mezclaban entre las hojas de café como si prestaran guardia. Después de un rato, llegamos a una parte plana sobre la montaña, ahí había una chocita de bahareque. Todo seguía rodeado de distintas siembras de café, guadua, y, frente a la choza se encontraba una mesa de madera. En lugar de sillas habían troncos gruesos cortados.
En el caserío se encontraban civiles que así como a mí, los habían citado. Éramos como trece personas. También estaba un candidato a la alcaldía de La Plata. Al verlo, me volvió el alma al cuerpo porque al menos había una persona conocida. Cuando la guerrilla iba detrás de uno, era porque ya sabían quién tenía plata y quien no. Ese día, en medio de más de cien guerrilleros y rodeada de fusiles me colgué los escapularios de la Santísima Virgen porque pensaba firmemente que no iba a volver a mi pueblito.
Apenas llegamos salió de la choza un señor alto, bien acuerpado, usando camuflado, muchas cadenas de oro en su cuello y pulseras en sus muñecas. Se sentó en un tronco frente a la mesa de madera en la mitad del lugar, me dijo que me sentara en otro tronco frente a él. Lo único que nos separaba era la dichosa mesa. Aún agitada por la subida de la loma, seguí las indicaciones. Exclamó: “¿Usted es Doña Amanda?”, asentí con la cabeza. Me dijo que le diera el número de cédula mientras sacaba del bolsillo un aparatico parecido a un celular donde introdujo mi número de cédula.
Recuerdo su cara poco agradable, un rostro con el cual uno dice, «¿A qué hora va a dar la orden de que me disparen?». Habían aproximadamente treinta hombres armados rodeándolo a él… al comandante Freddy.
Se quedó mirando su artefacto luego de meter mi número de cédula ahí y replicó:
–«No, usted no está para que nos dé plata, pero si nos va a colaborar»-.
A lo que le respondí que qué tenía que hacer.
–“Su merced nos va a dar la cena de Navidad para 100 personas, la prepara y yo la mando recoger. No hay problema por eso, nosotros sabemos dónde vive usted, con quién vive y cualquier tipo de información relacionada».
Y ante eso ¿uno que va a responder?: –”Cuente con eso, si señor”-.
De ese lugar salimos tarde, pues no nos dejaron ir hasta que el comandante habló con todos los civiles y dio la orden de que nos devolvieran a cada uno a la carretera. Los camuflados nos acompañaron hasta la entrada de la loma como a las 5:30 de la tarde, y eso que a mí me sacaron por ahí, a otros civiles los bajaron por otro lado. Me di cuenta que los civiles no éramos solo de La Plata, pues un señor de los que estaba allá arriba me vio yendo al carro y me preguntó si lo podíamos sacar hasta la vereda El Pescador o hasta La Argentina, le preguntamos a Palmito y accedió.
Palmito se quedó esperando toda la tarde que yo estuve allá. Estuvo matando moscas en el mismo punto bajo la loma donde el ‘guía’ lo dejó. Él debía esperar porque si yo no volvía, él tenía que devolverse para La Plata a avisar sobre mi suerte. Sobre ese día, Palmito cuenta que, “la verdad estuve toda la tarde con miedo y zozobra, que tal me salieran a mi, que tal le pasara algo a ella o que tal que no volviera. Mi vista se inundó de lagrimeo cuando la vi salir de ese cafetal nuevamente. Fueron las cuatro o cinco horas más largas que he pasado”.
Cuando ya íbamos de regreso, a mí me temblaba todo, yo nunca pensé volver. Dejamos al señor en el parque principal de La Argentina y seguimos nuestro camino hacia La Plata. Eran ya las siete de la noche y yo nada que aparecía en mi casa. Mi hermano no sabía nada de nosotros o del carro y mi mamá pensaba que me habían matado. Mi hija estuvo toda la tarde preguntando por mí, esos “¿Dónde está mi mamá?” solo alimentaban la sensación de preocupación que tenía mi madre, ella le decía “anda recogiendo unas escobas”, sin saber si yo iba a volver.
Llegamos a La Plata cerca de las nueve, mi mamá salió de la casa con lágrimas en sus ojos y me abrazó muy fuerte, ella solo se preguntaba qué iba a hacer con mi hija si yo no volvía, cómo le iba a decir que su mamá no volvería nunca. Pero ya estaba en casa y al parecer la pesadilla se había acabado.
Días después recordé que en realidad nunca vi salir al candidato a la Alcaldía, pero como a los dos días nos encontramos en La Plata nuevamente, nos saludamos frente al Banco Agrario, pero no comentamos nada de ese día. Sin embargo, los dos con la mirada nos alegramos de vernos bien y de saber que no sucedió nada más.
El 24 de diciembre de ese año, a las tres de la tarde, llegó una camioneta blanca de estaca con dos hombres vestidos como cualquier otro. Me dijeron que iban de parte del comandante Freddy, yo por suerte ya tenía listo el encargo, les entregué una caja de ensalada rusa, una caja de torta de mojicón y dos pavos rellenos. Esa comida fue por mi cuenta, de mi bolsillo y era plata que me habría servido para comprarle algo a mi hija de navidad, pero el mejor regalo fue salir de allí con vida. A los otros civiles que estaban allá les pidieron plata y un sin fin de cosas, pero a mí “afortunadamente” me encargaron solo eso, la cena de navidad.
Bibliografía:
1. Unidad para las Víctimas. (2019).
Dinámicas del conflicto en Huila (Nota ODA #23). Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas.
https://www.unidadvictimas.gov.co/wp-content/uploads/2019/09/notao-23dinamicas-del-conflicto-huila.pdf
2. Centro Nacional de Memoria Histórica. (2021).
¡Basta ya! Colombia: Memorias de guerra y dignidad (Actualización 2021). CNMH.
https://centrodememoriahistorica.gov.co/wp-content/uploads/2021/12/1.-Basta-ya-2021-baja.pdf
