Escrito por: Katerim Casas Gómez y Juliana Valentina Gasca Álvarez.

A sus 83 años, Fabio Vargas recorre el sector norte de Neiva sin importar el sol abrasador o los tiempos de lluvia de la ciudad. Tiene su espalda encorvada, como si el peso de la vida la hubiera doblado lentamente. Su piel, curtida por el sol ardiente, está arrugada y salpicada de manchas oscuras que delatan el paso del tiempo.

Por 11 años ha cubierto sus escasos mechones canosos, bajo una gorra amarilla y azul, con logos de Popetas y Bonice, que hace juego con su buso y deja en evidencia la importancia de su trabajo. En el rostro resalta su nariz con el tabique curvo. Cuando habla, emana un tono bajo, tembloroso y pausado que delata el paso de los años. Hay en su voz, una cadencia que obliga a escuchar con atención.

Fabio vive en el barrio Alberto Galindo. “Yo tengo un ranchito. O sea, no digo que es una casa porque no es una casa común y corriente. Es un rancho que se goterea todo. En invierno se ve uno a gatas para quitar la gotera, pero gracias a Dios ahí tengo donde meter la cabeza y ella también”, aseguró.

Todos los días sale antes de las 8:00 de la mañana. Llega faltando 10 minutos para las 8:00 a la agencia ubicada en el barrio Cándido, donde recoge el carro de Bonice. Baja por toda la Carrera Primera en medio del bullicio de la vía, mezclado con el polvo que levantan carros, motos y buses por el afán diario de llegar a sus trabajos.

La calle congestionada no es un impedimento para Fabio, quien camina a sus 83 años con pasos lentos y cansados por la prisa de la vida. Da la sensación de que a su edad la tranquilidad lo ayuda a llegar con calma y firmeza a la venta de sus productos. En medio de su recorrido, llegan pensamientos que alteran su corazón. Él recuerda con culpa y tristeza que, debido a sus años aventureros, no pudo despedirse de sus padres. “Yo desde muy joven he sido andariego… Como yo no permanecí en la casa, mi papá falleció y yo no lo vi después de muerto. Lo mismo que mi mamá, alma bendita. Ella murió en Estados Unidos”. 

Para esa época, Fabio trabajaba recogiendo botellas de champaña en los pueblos para venderlas a una fábrica. “Cuando ella murió, yo estaba viajando y nadie sabía dónde estaba. Cuando llegué a entregar una botella, fui donde una hermana que trabajaba en un almacén de un tío. Me dijo que mi mamá había fallecido, que había durado ocho días velándola”. Al recordar, se le quiebra la voz, se le encharcan los ojos y saca un pañuelo blanco de su canguro. Guarda un momento de silencio, como si quisiera abrazar con la memoria aquello que el tiempo no le permitió vivir.

Fabio continúa su recorrido, con la motivación diaria de llevar el sustento a su casa. “Pues, a mí lo que más me motiva para seguir trabajando es conseguir lo de la comida”, dijo sin quejarse, pero sin disimular el peso del cansancio. A pesar del bochorno y los tiempos de lluvia, siempre recorrió con determinación el sector Norte de Neiva con su carro de Bonice.

Después de 11 años don Fabio permanece en un solo punto: la Calle 28 en Santa Inés, frente a la Facultad de Economía y Administración de la Universidad Surcolombiana.

Después de 11 años, permanece en un solo punto: la Calle 28 #5W-48, Santa Inés, frente a la Facultad de Economía y Administración de la Universidad Surcolombiana. “Yo, digamos, me quedo aquí todo el día porque me gusta. O sea, uno la andadera lo cansa mucho también por la edad. Ya uno no puede decir me la paso todo el día andando. Ahorita no puedo”, dijo don Fabio. 

Al llegar, busca el andén bajo la sombra de los árboles para descansar. Atiende con una sonrisa a los primeros clientes del día y espera con paciencia el transcurrir de las horas bajo quienes se han convertido en su compañía. De los locales de comida se escucha el ruido de la licuadora y un sonido chisporroteante acompañado de un olor a empanada, papa rellena y pollo. Durante la mañana, atiende a quienes se acercan con disposición a apoyarlo. Unos con palabras amables y otros con gestos que demuestran la empatía de la comunidad. En medio del calor infernal, el sonido de la radio anuncia que ha llegado el mediodía. Antes de almorzar, Fabio se levanta a atender a sus últimos clientes de la mañana. 

Coge su carro y busca un restaurante por la 6W. Mientras camina pausado recuerda que hace más de 30 años no tiene contacto con sus dos hijos. Solo sabe que viven en Estados Unidos. “Ellos se casaron y se olvidaron que tenían taita y mama», dijo don Fabio. Él no los recuerda con tristeza sino con resignación. «Ellos son los que tienen la obligación de buscarlo a uno, no uno a ellos. Mi mamá y mi papá, alma bendita juntos, me acostumbraron que uno no tiene que buscar a la persona que se va, la persona que se va tiene que buscarlo a uno. Yo prácticamente hago de cuenta que no los tengo, porque ellos ni se acuerdan de mí y pues tampoco me preocupo de acordarme de ellos”, aseguró.

En ese momento, Fabio es atraído por un olor a carne frita y pollo recién asado. Con cuidado, entra al restaurante. Mientras espera el almuerzo, reflexiona. Cree que después de tantos años ya se acostumbró a compartir la soledad con su actual esposa y su nieta. “Ya los años que llevo con ella ya nos acostumbramos a estar los tres solos”, aseguró con serenidad. Para pagar su almuerzo, saca la plata de los ocho refrescos que le entrega la agencia.

Fabio sale del restaurante y regresa por la misma calle. Al pasar, se da cuenta que las últimas cuadras son solitarias. De inmediato, tiene un flashback del domingo que lo robaron hace 8 años en el Tercer Milenio. Sus manos empiezan a sudar y sus pasos pierden la calma. “Como a las cuatro de la tarde o tres y media, cuando iba con el carro me salieron y me acorralaron. Uno por delante y otro por detrás y me pegaron dos puñaladas. Pero gracias a Dios pues no fue grave. Me quitaron ochenta mil pesos. Pero a mí me tocó pagarlos del trabajo porque es obligatorio. O sea, no fue culpa de la agencia sino culpa del ladrón que se llevó eso”. A pesar de esto, permanece con una mentalidad neutra. Cree que en la vida no todo es alegría, también hay que acostumbrarse a sufrir.

Llega nuevamente a Santa Inés. Se sienta y con aceptación hace retrospectiva de su vida. “Pues a mí lo que más me ha gustado es andar únicamente. Sí, ofrecer y andar”. Fabio siempre ha trabajado de manera informal. Fue vendedor de rifas en el Caquetá, lustrabotas, vendedor de botellas de champaña y desde hace 11 años vendedor de refrescos. Él lo cuenta con sosiego. Como quien ha hecho las paces con su historia.

A las 3:00 p.m camina hasta el semáforo de la Institución Educativa Liceo Santa Librada. Hace una pausa para vender y antes de las 4:00 p.m se dirige hacia la agencia, en Cándido. “Yo entrego en Cándido. Y de Cándido cojo un mototaxi o un colectivo y me voy. Siempre trabajo hasta las 5:00 de la tarde ”. Fabio no tiene planeado cambiar su rutina. “A esta señora no me le retiro de ahí todavía, porque ella ha sido muy buena gente conmigo y la empresa me ha colaborado siempre. Entonces, uno tiene que ser agradecido también. Yo desde que pueda trabajar, pues sigo trabajando con esto”, aseguró. 

A sus 83 años, Fabio solo tiene un sueño deseado: esperar el llamado de Dios. “Si mi Dios me ha de llevar, que me lleve. Mi sueño es esperar a que mi Dios me llame para ver qué pasa”, dijo de manera jocosa pero con un aire de tranquilidad.