El cuento «Jack medita», forma parte del libro Un bemol para la guerra del escritor y periodista huilense Marcos Fabián Herrera, publicado en 2018 por Navío Libros. «Los siete cuentos que integran este libro- reveló su autor- los escribí con la sistematicidad del arrebato y el método del antojo. Obedecen al pertinaz agobio de la idea que asalta y lucha por convertirlos en ficción y relato…Leído uno tras otro, encuentro que los hermana la música. Ese lenguaje de los humanos que invade hasta las palabras y convierte una sentencia escueta en verso y la combinación de jadeos y silencios en un compás.»
Por: Marcos Fabián Herrera *
Advirtió que su pantalón se había rasgado y le colgaban dos largos jirones cuando entró a la tienda y el reflejo de la vitrina le mostraba las hilachas del dril. Aunque el pudor lo había perdido cuando compartía con los indios en la maloca y participaba de los rituales alrededor de las plantas adoradas, en este pueblo con balbuceos de ciudad, algo de las facciones de los habitantes le delataba que el juicio moral severo imperaba para ocultar los desmanes libertinos. Días después lo comprobaría: la vida disoluta operaba como desfogue al cilicio que castigaba las conciencias.
El sopor que aumentaba con el paso de los minutos concentraba el olor a añil, tabaco y anís en la atmósfera del pequeño local. Afuera, las mulas y los caballos arrojaban sus heces sobre el lodazal creado con la lluvia del amanecer. Las máquinas de afeitar, que escaseaban en la selva, colgaban del estante de madera. Al observarlas, le llegaba un alivio a su sensación de desaseo. En los últimos dos meses su barba se había cerrado en un incómodo amasijo que le generaba urticaria en su mentón en las horas de mayor exposición al sol.
– Can I have a razor?
La anciana, que llevaba un sombrero de pindo y se apoyaba en el mostrador de madera, arqueó sus cejas para preguntar al par de hombres que tomaban cerveza en la mesa de la esquina si habían comprendido algo del extraño idioma. Con estentóreas carcajadas, respondieron y se mofaron de la confusión de la mujer. El gringo, encorvado y con la piel rojiza, percibió la perplejidad de la vendedora. Ahora insistía en su abstruso lenguaje con exclamaciones que acompañaba de gestos. La expresión fue concluyente cuando señaló el utensilio.
– Lo que necesita el señor es una prestobarba– anotó la anciana con la parsimonia tan propia de las tierras cálidas y la seguridad blindada de la certeza.
Después de pronunciar la frase, un dilatado suspiro reveló la tranquilidad de haberse desembarazado del apuro. El extranjero pagó la máquina de afeitar y la guardó en su morral de cuero. Al cruzar el umbral de la tienda, un ramalazo de luz nubló su visión. La tierra mojada del trópico y el hálito de licor que infestaba el ambiente le aceleraba el torrente sanguíneo. Los momentos de alteración y trance vividos en la selva se esfumaban para dar paso a episodios que lo obligaban a mimetizarse con el razonamiento de hombres que, sin ser aborígenes, confundían sus rasgos mestizos con la astucia de los seres apropiados de la sensibilidad citadina. En la plaza una arboleda de ceibas y acacias saludaban con movimientos de ramas la llegada del atardecer. A los Jeeps estacionados a las sombra de los árboles subían campesinos y comerciantes con ropas mugrientas y rostros con gestos de agotamiento. Era el final del día domingo.
Gotas de sangre rodaban por su cara en los segundos finales de la pesadilla. Aunque el descanso había sido plácido, las imágenes oníricas con que despedía el sueño lo despertaron sobresaltado. Con la almohada bañada en sudor y una luz oblicua que se filtraba por la claraboya, su desnudez adquiría una apariencia espectral. El lumbago que lo aquejaba hace un par de semanas parecía dar una tregua gracias al sueño reparador y al aspecto lúgubre del cuarto que le recordaba su pensión de universitario en New York. Desde la noche anterior había planeado escribir a Allen relatando el viaje de la última semana. En los últimos cinco días de imprevista calma en su turbulenta vida de trashumante, la reflexión sobre las búsquedas estéticas y los nuevos rumbos en su arte creador lo asediaban con una ansiedad que desconocía aún en sus estados alterados de conciencia. La sobriedad y la calma, en oposición al trance y la febricitancia, ahora catalizaban en él el estado de ataraxia que constituía el principal acicate para su exploración vital mediante el viaje.
Tan pretendido mediante otros caminos, solo el extravío iluminador en los meandros de la flor mágica lo había acercado al abismo de las difusas revelaciones. La poesía, ahora lo creía en la soledad de este cuarto húmedo y de paredes plagadas de hongos, jamás lo acercaría a puntos culminantes y verdades clausuradas. Ella, se solazaba en permanentes iniciaciones y regresos al origen para confinarlo en su rol de amanuense de un dictado supremo ajeno a la comprensión. Entendió que las gotas de sangre que en el sueño marcaban surcos en su cara, trazaban el derrotero de un sendero incierto marcado por el dolor y la epifanía.
La sospecha se convirtió en certidumbre. Esa creencia inapelable lo animó a tomar el papel y el lápiz. Llevaba varios días sin hacerlo. La página en blanco que miraba absorto se convertía en una vorágine de recuerdos. Relatarle a su amigo cada detalle del periplo era un deber y un acto de lealtad con quien acompañaba su trasiego desde la lectura excitada de cada aventura consignada en las misivas. Escribir le permitía decantar los instantes brumosos que almacenaba su memoria. Los vívidos colores del paisaje y las voces huidizas y fantasmales de la selva le llegaban en oleadas de imágenes. Temía escoger episodios inanes y prescindir de los momentos memorables en el recorrido. Las últimas cartas contenían descripciones despectivas y retratos sardónicos de muchos lugareños de los pueblos que había visitado. Le era inevitable mofarse de seres que diferenciaban mucho de su temple anímico y fisionomía. Su ojo de fuereño juzgaba con encono y sorna.
Había logrado vencer la tentación de consumir paregórico. En su maleta quedaban tres frascos de la bebida que le calmaba los sobresaltos y ponía fin a sus tempestades anímicas. Creía haber recuperado el control de sus impulsos sin la mediación de ningún fármaco. Retornar a la escritura en ese estado, antes que ejercicio creativo, era un acto catártico para liberarse de los hechos. Reducirlos a los escombros del recuerdo; enajenarlos en la memoria difusa del papel. Acudir a la palabra para crear una celda y refugiarse, y así, escapar a la realidad, que por cada milla de curtido viajero que recorría, cada vez le parecía más detestable. Aunque la sensación de extrañeza con el mundo siempre lo había agobiado, ahora, en una desconocida latitud del sur, en un país ingobernado con la miseria, reconocerse ajeno al ecosistema humano le generaba goce. Esta factoría de hombres, seres aviesos y signados por la acumulación, sólo había podido ser creada por el dislate de un demiurgo. No era esto una creación perfecta; aceptaba con piedad.
Desnudo se sentó en el taburete. Las hojas de papel estaban ajadas y con surcos de herrumbre por la humedad del bolso. Sus anteriores cartas, que las imaginaba descompuestas en el cesto de la basura luego de ser leídas por Allen, habían sido escritas sin orientaciones estéticas ni decoros en el estilo. A borbotones; a ramalazos; a gritos y puñetazos las palabras aparecían para emparentarse de forma atropellada. Ahora cambiaría la fórmula. Respiraría al culminar cada frase. En este cuartucho de paredes descascaradas y con el barullo que le llegaba reverberado por las hendijas de la puerta de madera de la vetusta residencia, encontraría, se lo había propuesto, una tranquilidad alentadora para sus epístolas.
La carta con una extensión de tres párrafos la escribió en treinta minutos. El tiempo fue calculado por un reloj reparado en sus costados con trozos de madera que colgaba al lado de la puerta. La ciudad, según sus primeras observaciones, era una mixtura de tropelías y comercio con avivatos y mercachifles empeñados en la supervivencia. En esa media hora había narrado su arribo y había descrito con algunos detalles la población sin identidad y carente de gracia que, según sus pesquisas y los mapas consultados, era el umbral al centro del país.
Terminada la carta, escribió en su libreta un par de ideas y versos sueltos para sus poemas. También experimentó júbilo. Era esta la ciudad ideal para escribir. Sin pasado, sin periódicos que capturaran la vida en caprichosos sucesos ni bañaran de gloria a los hombres; sin himnos ni estatuas que convirtieran a seres miserables en personajes memorables, este lugar, lo creía fecundo para hombres como él. Con esa convicción se animó a salir a caminar.
Un calor que bañaba en sudor su espalda y pegaba su camisa a la piel lo fatigó en poco tiempo. Se sentó en un parque a la sombra de samanes, ceibas, acacias y buganvilias. Del otro lado, llegaban balidos y rebuznos. Un improvisado aparcadero de animales en una de las esquinas era el epicentro del griterío. Por las calles caminaban vendedores de fruta, agua empaquetada y unos cuantos holgazanes con ropas raídas a la espera de un benefactor providencial. Varias mujeres ventrudas, con la piel adiposa brotada por la franja desnuda entre la falda y la blusa le guiñaban el ojo. Con gestos que dedujo procaces, lo invitaban a sentarse al lado de ellas. Sus voces eran un murmullo incomprensible. Desdeñoso con los mohines de cortejo, se levantó y siguió caminando.
Retornó al hotelucho cuando el atardecer se anunciaba por encima de los árboles con un arrebol de manchas violáceas y anaranjadas y una brisa venida del rio arrastraba las hojas muertas. Aunque su español incipiente no le permitía el diálogo fluido, la comprensión de algunas frases y giros le permitía captar el sentido y la intencionalidad de los hablantes. En el largo mesón de cedro que servía de escritorio pidió las llaves de su habitación al hombre cobrizo y escuálido que lo había atendido el día de su llegada. Tenía el cabello hirsuto y un hálito de alcohol que arrojaba sobre el rostro de quien se acercaba a hablarle. Atendía con presteza a las personas siempre despidiéndolos con un fuerte apretón de manos. “Muy bien, señor gringo”; le dijo mientras entregaba el llavero de lata a la mano de Jack. Estaba familiarizado con la palabra que escuchaba desde su primera visita al país. Subió al cuarto con una sonrisa provocada por el histrionismo del hombre de la recepción.
Un volante recibido en la calle anunciaba una noche de música en vivo en la Barca de Juan Bustos. Lo deletreó acostado boca arriba en el camastro de su habitación mientras intentaba aislarse del ruido exterior. Recordó los ejercicios de descomposición e interpretación filológica en sus años de colegio. Con diccionarios y manuales, se arriesgaba a colegir el significado y las resonancias semánticas de los poemas de Tennessee Williams y Walt Whitman; como también la connotación filosófica de los ensayos de Henry David Thoreau. Pronto descubrió la inutilidad de dichas tareas. Sólo el acercamiento espontáneo a la literatura le permitiría aproximarse a las entrañas de los autores y revelar la esencia creativa. Sólo el diálogo despojado de teorías y conceptos alumbraría el camino del entendimiento. Convencido del fracaso de la academia y de la profesionalización de las artes, había optado por la creación silvestre y repentina. Los métodos, lo había escrito en su diario, eran la herramienta tortuosa de los malogrados. Buscaba la desdicha del sabio, no el hartazgo del erudito.
El anuncio de orquestas le hizo recordar las Big Bang de New Orleans. El Jazz, aquella afición cultivada con los vagabundos que conoció en sus visitas a los bares, era una música que, en un alocado arrebato, imaginó con secretos vínculos con los géneros interpretados por las agrupaciones de estas tierras. Desde que había renunciado al prestigio prometedor, la calle era su lugar de aprendizaje. El volante, era un señuelo para abrir una nueva puerta.
La humareda del letrero de neón envolvía las letras que pendían de hilos secretos atados al cielo. Débiles luces amarillas que fluctuaban al ritmo del ronquido ensordecedor de una planta eléctrica alumbraban los pasillos de la barca estacionada en el malecón. Las carretas tiradas por caballos y los motociclistas que atravesaban la calle que bordeaba el río, se distraían al contemplar la embarcación que flotaba en una ínsula de tentación y goce. Un vaho de pestilencia dejado por los pescadores que vaciaban las vísceras de bocachicos, carpas y bagres, identificaba al caño que vertía la riada fétida en el río, justo a la entrada del estadero flotante. Los comentarios en los corrillos de la plaza señalaban la belleza exótica de mujeres brasileñas que bailaban con culebras que se enrollaban en sus cuellos, y los shows de orquestas venezolanas que traían las canciones más recientes que se escuchaban en los clubes de ciudades cosmopolitas. Los hombres que habían ingresado a hurtadillas de sus esposas elogiaban el prodigio de la Rocola que cantaba tangos y tragaba monedas para convertirlas en canciones.
La noche, que llegaba con el croar de las ranas criadas en el humedal, le cambiaba el rostro a la ciudad. En su afán por liberarse del cansancio, muchos planeaban de manera furtiva el ingreso a la Barca de Juan Bustos para el día de solaz. Jack, que había tenido una larga modorra después de descifrar el volante, caminaba rápido hacia el puente de madera que servía de entrada al lugar de apetencias libertinas. Sus experimentaciones con los sicotrópicos amazónicos y sus incesantes búsquedas espirituales en la profundidad de la selva lo llevaban a pensar que era un conocedor de todos los flancos del inframundo. Cada arista y veta del averno; cada recodo del espacio impreciso de la magia y cada pulsación del corazón secreto del laberinto del universo paralelo, había sido explorado por el caminante de los senderos del sur. En esta geografía ignota clausuraba un ciclo.
El estado animoso de las gentes lo contagió. Un derroche de alborozo que contrastaba con la abulia de los días normales le hizo suponer que quienes se encontraban en la barca eran foráneos. Al rato identificó rostros de muchos habitantes que había visto en las calles. Como si vivieran un trance, la pereza y la desidia se transformaban en alegría y festejo. En un estado de repentina distensión las mujeres permitían galanteos a los que correspondían con miradas lujuriosas. Los gestos agrios, las actitudes hostiles y la acritud en el trato que había reconocido en los pobladores, desvanecían por ensalmo. Creyó que todo lo provocaba la bebida vítrea que ingerían sin control y escanciaban en copas de madera.
Despertó cuando el sudor de su frente llegó a la comisura de los labios y paladeó una saliva amarga. Embotado y con una sed que lo torturaba, se sentó en el borde de la cama. La resaca lo aquejaba y le nublaba el pensamiento. Recordó los tragos gélidos que le quemaban la garganta la noche anterior. En oleadas, le llegaban imágenes de su permanencia en la barca. Eran intervalos de sucesos y manchas negras. Ahora creía que esa bebida de anís que se repartía en la barca era la verdadera pócima del infierno. Enseguida tomó el papel y el estilógrafo. Mirando fijamente la hoja escribió:
Cuando un pensamiento
brote llegando de lejos con su manifiesta
presencia de imagen, debes engañarlo y fuera con él,
quítatelo de delante, dríbalo, y
se desvanece, y el pensamiento nunca vuelve
—y con alegría comprendes por primera vez
“Pensar es justo lo mismo que no pensar—
Así que no tengo que pensar
nada más”. 1
De la calle llegaba un estertor de bocinas y pregoneros que le taladraba la cabeza. Su sudor infestaba el ambiente de alcohol.
1. Versos tomados del poema Cómo meditar del poeta norteamericano Jack Kerouc.
FIN

*Marcos Fabián Herrera Muñoz. Nació en El Pital (Huila), Colombia, en 1984. Ha ejercido el periodismo cultural y la crítica literaria en diversos periódicos y revistas de habla hispana. Escribe en las páginas culturales del diario El Espectador de Colombia. Autor de los libros: El coloquio insolente: Conversaciones con escritores y artistas colombianos (Coedición deVisage-con-Fabulación,2008); Silabario de magia –poesía (Trilce Editores, 2011); Palabra de Autor (Sílaba, 2017); Oficios del destierro (Programa Editorial Univalle, 2019 ); Un bemol en la guerra (Navío Libros, 2018).