Chaquetos en el Trópico de Cáncer

Por: Juan Guillermo Soto Medina*

El cuento “Chaquetos en el Trópico de Cáncer”, del joven músico y periodista huilense Juan Guillermo Soto Medina, lo hizo merecedor del Premio Departamental de Cuento Humberto Tafur Charry en 2019. No era la primera vez que el autor obtenía un premio de literatura en el Huila, si bien en géneros diferentes: poesía, ensayo. En su estilo sobresale la fluidez y el ritmo de la prosa, la fina ironía y en ocasiones el humor, la honda exploración de los sentimientos humanos, la inesperada selección de los temas y personajes de sus relatos, que exploran el mundo de los jóvenes urbanos y las sensibilidades musicales, entre otros asuntos.

Subimos a la terraza del edificio. Ya era domingo, casi de madrugada. Estábamos Andrés, Juan, Simón, Camila y yo. Camila es una compañerita del conservatorio que estudia trompeta. También le gustan las chicas. Habla poco. Aunque no es amiga de mis amigos, esa noche andaba con nosotros. Estábamos parados al borde de la terraza. Yo no hacía más que decirle, mentalmente, que estaba enamorada de ella, desde la primera vez que la vi en el conservatorio; mis palabras declaratorias, si bien no salían de mi boca, prácticamente le gritaban con la mirada, le decían que me derretía por ella. Pero yo era una ignorada canción de fondo, música para oír sin escuchar mientras se hace limpieza en la casa. Imaginé a Camila haciendo el aseo de su casa, y yo a su lado, siguiéndola, rogándole, como una niña pidiéndole un permiso a la mamá, jalándole la falda, de música de fondo mi perorata: “Camila, Camila, usted… yo…, Camila, en serio, si usted y yo… Camila…”, y ella dele que dele al piso, sin ponerme cuidado. 

El viento golpeaba un poco más fuerte en la terraza y Camila parecía un maniquí de cara al horizonte. No es que algo le preocupara, creo. Ella siempre estaba así, como si estuviera viendo el horizonte en cada cosa. Nunca supe qué pasaba por su mente. En los ensayos de la orquesta poco hablaba con la gente, ni siquiera con los de su especie: “los bronces”; con las cuerdas sí que menos. Yo estudiaba violín: el mundo de las cuerdas frotadas… solo una vez la advertí prácticamente discutiendo con el violinista principal de la orquesta, quien se había burlado de ella porque minutos antes, en el ensayo, durante el solo de trompeta que le tocaba en “El Danzón”, se le había salido una tremenda pifia, un “gallo” que llaman, “cosa que muy seguramente a ella le habría excitado”, dijo el violinista riendo, “oiga, estos chupa cobres ensayan y ensayan pero uno nunca ve que mejoren, además…”, de pronto Camila emergió de la columna que la separaba de sus detractores y sin darles tiempo a cambiar de tema, increpó al violinista. Le dijo, con su habitual tono de voz calmo pero contundente, que lo retaba a que interpretara en la trompeta al menos tres notas seguidas, “tres, no-tas”, le dijo, o la melodía que le pareciera más sencilla; incluso, lo retó a que al menos hiciera sonar la trompeta, al menos eso, “yo haré lo propio con el violín, instrumento que nunca he tocado en mi vida”. Yo no tenía ni puta idea de cómo hacer sonar una trompeta. Y hasta entonces, parecía que tampoco la tenía para llamar la atención de Camila. El violinista tampoco tenía ni puta idea de cómo hacer sonar una trompeta y se escabulló del reto; pero sin duda, sí supo cómo llamar su atención: golpeando su ego. Aparte de esa escena, no la recuerdo interactuando con más gente del Conservatorio. Incluso a veces, cuando me encontraba buscando salón libre para ensayar, la hallaba en uno, sentada frente al atril, con la trompeta en la mesa, al parecer examinando alguna partitura, pero en realidad parecía que no las seguía, que no leía nada; parecía que escuchaba quién sabe qué música en su mente, que escuchaba la nada. En ella, la vida entera parecía imagen y sonido de fondo mientras en su mente se cocinaba esa nada, la cual solía convertir en algo solo cuando tocaba trompeta. Tal vez era eso lo que más me gustaba de ella, su levedad, su mundo de vientos; era como su trompeta, un tubo por el que la vida entera pasaba, entraba por la boquilla y salía por la campana, como gente que te cruzas por la calle y no vuelves a ver, lo cual no es ni bueno ni malo; yo era una de esas personas, aire que circula por la trompeta, sin vibración, sin sonido. Pero eso no me importaba, ella era como ese rodadero del parque y yo la niña que amaba deslizarme en él, una y otra vez, un rodadero que era tan mío y tan no mío como el oxígeno, como el cielo, como la indiferencia de Camila. Y claro, como no, me gustaban sus senos, mucho más grandes y redondos que los míos, y sus manos fuertes, grandes, como de pianista; su boca jugoso capullo de mandarina (recién salido de la nevera, a juzgar por su parquedad), su forma de caminar, su… “Camila, ay, Dios….”.

No era la primera vez que la invitaba a salir (un par de veces tuve el valor. Nunca me decía que sí, ni que no). Recuerdo que una noche me la encontré aquí abajo, en Trópico de Cáncer, estaba en la barra, besándose con otra chica; ese día casi me da un paro: felicidad cuando la vi porque comprobé que también le gustaban las mujeres; tristeza porque la zorra esa con la que se besaba no era yo. 

Apagué el cigarrillo y lo tiré por la terraza y al fin, con música de disonancias en mi estómago, atravesé la invisible y odiosa línea del miedo y la abracé; enterré mi rostro en su cabello negro, largo, su cuello oloroso a jabón tierra. Yo seguía abrazándola con fuerza y diciéndole mentalmente mi perorata, “Camila, Camila….”. Para mi desconcierto, no opuso resistencia. Pero tampoco respondió. A un lado estaban estos manes. Supuestamente íbamos a suicidarnos. Ese era el plan, ¿no? Lo habíamos charlado y pactado días atrás, luego de que vimos una de esas películas japonesas en las que la gente se suicida sin aparente razón. Yo había invitado a Camila, luego de hablarle de la película y ella, al fin, aceptó. Hoy era el día. Nos encontramos con mis amigos en el parque de siempre. Nadie tenía miedo. Nadie estaba nervioso. Obviamente nadie hará ni mierda, pensé, pasado un rato en la terraza. Pero al menos todos teníamos la intención de asomarnos en el precipicio de esa idea, la del suicidio; cobardes todos, pero convencidos de que dicho acto constituye una posible grieta en el humanero, criadero de humanos del que todos nos quejábamos. Y ahí estaban estos manes, los futuros suicidas, tirados en el piso, muy cautelosos, a una distancia considerable del borde de la terraza, no fuera que cayeran del edificio sin querer y eso ya no valdría como suicido. Simón sugirió que jugáramos a arrastrarnos en el piso y simular ser peces encallados en la arena, al borde del mar. Dijo que si realmente el misterio de la muerte era como el mar, o al menos el mar una gota de saliva en la boca de ese misterio (y nosotros peces dejados en el asfalto por algún dios sádico), nuestro instinto acuático nos llevaría hasta allá: al verdadero hogar. O por el contrario nos diría “ya evolucionaste, pececillo guevón, compórtate y adáptate a tu nuevo entorno, adáptate a la vida, el allá redentor que imaginas ya es acá.  ¡Ya estás en el mar, pececillo!, ¡estás a salvo! Andrés, Simón y Juan comenzaron a chapalear en el asfalto, haciendo movimientos extraños en la boca, como si intentaran respirar y no pudieran, entonces al fin me dieron ganas de despegarme de Camila y de sumarme a mis amigos. Eso hice: me tiré al piso y comencé a chapalear, como todos, con los ojos bien abiertos, sin parpadear. En esas, quizás dos minutos después, quizás dos horas, advertí que Simón se acercaba demasiado al vacío. Chapaleaba casi que con violencia, como si de verdad se le agotara el aire, la existencia; parecía uno de esos peces ojones, no sé de qué especie serán… pero se le asemejaba, tal vez, por sus gafas culo de botella, amarradas a su cabeza con un caucho. Simón prácticamente ya estaba en el borde de la terraza. Yo era la más cercana a él, entonces lo vi casi a punto de caer. El miedo y la angustia se apoderaron de mi cuerpo. Quise levantarme, o al menos mandar un brazo hacia él y agarrarlo de una pierna, pero no sé qué pasó: no pude. No podía mover mis brazos, ¡mucho menos levantarme!, intenté una vez más pero parecía que estos se hubieran pegado a mi cuerpo, lo único que podía hacer para moverme hacia alguna dirección era seguir chapaleando, ¡con más fuerza!, eso hice, en dirección a Simón, igual hicieron Juan y Andrés, nuestros cuerpos sin escamas lamiendo el asfalto de la terraza desesperadamente, Simón asomándose en el precipicio, entonces cuando al fin logré estar más cerca de él, parte de su cabeza lamiendo el vacío, mandé un mordisco a la bota de su pantalón y jalé con todas mis fuerzas; en ese instante, Andrés y Juan llegaron a auxiliarme y nuestras bocas engancharon al pez disidente y lo jalamos de nuevo hacia el interior del bote.

Estábamos todos mirando el cielo sin estrellas, tirados en el piso. Fumábamos en silencio. El cielo ni siquiera era bonito, sin embargo lo mirábamos con entrega y confianza. No sabíamos por qué, pero era como si miráramos a los ojos de un desconocido, incluso un extranjero, cuya mirada te reconfortaba, te daba confianza, pero sobre todo, alivio, un cielo sin estrellas, tal vez la mirada de un ciego, un ciego sordomudo: no palabras, no sonido, no pensamientos. Nos levantamos y nos fuimos. Busqué a Camila una vez más con la mirada pero evidentemente ya se había ido hacía rato. Supuse que se había aburrido. Todos teníamos chaquetas de cuero, aunque en Neiva el calor es infernal. La idea, planeada días antes, era fumar en la terraza del Trópico de Cáncer, enchaquetados, abajo nuestras Harleys Davison esperando, entonces nos pareceríamos a una de esas pandillas gringas de la televisión, luego (a falta de metro en la ciudad) saltar al vacío, entonces nos pareceríamos a una de esas pandillas japonesas, con chaquetas gringas, que salen en las películas de Sion Sono y se suicidan, en apariencia, sin razón. En parte, eso habíamos hecho. Y nos sentíamos bien en nuestro mediocre intento. Cuando llegamos abajo, enchaquetados, nos encontramos con Camila. Nos quedamos mirándola. Una mezcla de horror y melancolía en mi pecho. Me acerqué y me agaché ante ella. Ya estás en el mar, pececillo, murmuró Simón.             

*Juan Guillermo Soto Medina: Comunicador Social y Periodista. Músico. Hace parte de la agrupación musical Binarius Buxus. Editor del periódico universitario Desde La U, de la Universidad Surcolombiana, en Neiva; editor de la revista de Cómic Asfalto Trazos Urbanos. Premio departamental de Ensayo Jenaro Díaz Jordán, 2009, 2015 y 2017; premio departamental de Poesía José Eustasio Rivera 2011 y 2017; premio departamental de cuento Humberto Tafur Charry, 2019. Estudiante de Maestría en Literatura. Estudiante de trompeta. 

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