Carta al infinito: ¡Yijajay!

Durante el sepelio del joven músico huilense Andrés Mauricio Cohen, realizado el 5 de Junio en Neiva, su amigo y compañero de aventuras musicales Juan Guillermo Soto, pronunció unas palabras en memoria del joven artista

Por: Juan Guillermo Soto M. *

Ya tenía patillas, quizás algunos pelos en el mentón, un apodo que sonaba demasiado elegante y foráneo como para ser apodo (entonces no sabía que “Cohen” era su apellido) un lugar en el que solía parchar solo, en las pequeñas gradas frente al patio central del colegio Salesiano, y, un año y un grado más que yo. Todo eso ya era suficiente como para que uno se fijara en él, aun cuando lo que él quería, y quiso durante toda su vida, fue pasar desapercibido; es decir, dejarse ver, pero haciéndolo desde su ocultamiento. La mera finura. La mera finura, parcero.

Nos cruzamos en el Conservatorio de Neiva, cuando quedaba ubicado en la Gobernación del Huila, justo frente al desaparecido Cinenama La Gaitana, en el año 97. Yo estaba en octavo grado y él en noveno. Aunque nuestros horarios de conservatorio eran diferentes, teníamos el mismo maestro de guitarra, Juan Pablo Rodríguez; por él, supe que Cohen era de sus alumnos más aventajados. Un día, lo vi tocando un tema de una banda que yo no conocía, “¿de quién es ese tema?”, de Nirvana, me dijo alguien como si fuera una obviedad. Otro día lo vi llegar con una chica, tomados de la mano. Recopilando: patillas, un apellido raro, un lugar en las gradas del colegio, novia, amante del rock, excelente guitarrista. Pobre Cohen, por más de que se esforzó, le quedó muy de pa´arriba pasar desapercibido.

A la izquierda de la foto, Juan Guillermo Soto; a su lado, Mauricio Cohen, Juan Carlos Trujillo y Simón Bonilla,.

Finalmente nos conocimos porque compartimos una clase en común: Historia de la Música. Habían unas gemelas del María Auxiliadora  que a mí me gustaban. Ambas, obviamente. Yo, las miraba  de lejos; Andrés, en cambio, les llevaba la contraria en clase y cada que ellas daban papaya, les discutía hasta reír a carcajadas. Entonces, pensaba que su risa era de burla. Ahora sé que aquella era una risa nerviosa; ahora entiendo que posiblemente también le gustaban las gemelas. 

Una tarde salimos de clase y me dijo que lo acompañara a comprar un CD, junto con su amigo Zuleta ¡Un CD! ¡Este man tiene una grabadora con reproductor de CD!  Yo entonces tenía solo algunos Casetes regrabados y dos originales: uno de Maná y otro de Enanitos Verdes. Además del tradicional almacén El Disco, frente a la Gobernación del Huila, al lado del Spring Step, por Cohen conocí otros dos roticos más, en el centro de Neiva, donde también vendían música, pero sobre todo “música metálica”, papá.  

-Buenas, vecino… 

-Hola mijo, ya llegó su encargo…- Entonces el vendedor le entregó a Cohen un CD de Pantera. Pan-Te-Ra. ¿Este man qué es lo que escucha!? No más el nombre de la banda sonaba a que su música me iba a volar la cabeza bendito sea mi Dios.

Una mañana, a la hora del recreo del colegio, nos cruzamos en el Patio y sacó de su bolsillo un caseto. Caifanes, decía la carátula: “El nervio del Volcán”. No tenía ni idea de esa banda. 

-Se lo vendo-, me dijo.  

-De una- le respondí-, pero aún no tengo plata. 

-Se lo fío. 

Se lo pagué a las dos semanas, luego de no comer durante ese tiempo ahorrándome lo del recreo. Ese caseto sí que me voló la cabeza. La música de ese grupo se convirtió en banda sonora de buena parte de mi vida, y, lo más importante: alimentó la idea de tener mi propia banda y de tocar mi propia música. Algún día…

Mauricio Cohen

Años después empezamos a cruzarnos en las tarimas de los guerriados toques que se hacían en la ciudad de Neiva. Yo ya tenía mi propia banda: Arkanot; y él, quien ya había tenido su primera banda terminando el bachillerato, Demencio Aparicio, ahora estaba empezando a darle forma a otra, llamada Yijajay. Yo admiraba la música que ese parche hacía, la música psicodélica y libre, jodidamente libre, que hacía OBI, y tiempo después ese rock tan para nada rock rockero, es decir, tan auténtico, sincero, potente, de Yijajay.

Leo, Cohen, Simón, y yo, entramos a la misma Universidad, la Usco. Juan también entró a la Usco  pero luego se abrió para tabogo a estudiar bellas artes. Un día le propuse a Leo y a Cohen que hiciéramos un tributo a Pink Floyd. El primero que se hizo en Neiva. Fue mera Magia. Tiempo después hicimos otro a Caifanes, solo Andrés y yo, junto con músicos de otro parche. Le dije a Andrés que ese toque era un regalo para una chica que yo amaba intensamente. Andrés siempre fue un man muy detallista y atento con sus parejas, así que se solidarizó conmigo en dicha empresa. 

Años después, luego de vivir en Bogotá unos meses, volví a Neiva y me llevé dos sorpresas. Cohen se había cuadrado con mi hermana (qué rumbas tan extrañas fueron esas), y, la sorpresa más relevante: Yijajay estaba buscando guitarrista. Entré a la banda. La banda soñada de mi niñez y adolescencia… Lo que nunca imaginé fue que la cosa no solo sería música, toques, canciones. No. La cosa fue amor. Fue cruzar una puerta sin retorno, la puerta del cuartico de ensayo del moncho, forrado de paneles de huevos e icopor, un cuartico que resultó siendo un aleph que se convertiría en el filtro por el cual yo iba a ver el mundo; por el cual ellos veían el mundo; por el cual vemos. Era una cajita musical. El mecanismo éramos nosotros ahí metidos, haciéndola sonar. Pero también había otras personas que nos hacían sonar, ¡ellas mismas sonaban a su manera!, y que también se asomaban en ese aleph, y también ponían sus ojos, sus lenguas, sus oídos, sus ideas y sus corazones para ver y escuchar y sentir y beber y fumar el mundo a nuestra manera: Natalia, Nataly, Daniel, Camilo, Hollman, Barny, Zuleta, Leoncio, Érika, Juan José, Yanese, Tania, Juli, Diana, y todos los que no nombro pero que bien se saben adentro; nuestras parejas, hermanas y hermanos, incluso padres y madres, que a su vez se volvieron nuestros padres, como Liby, papá Camero, y el Bolo. Durante muchos años sus casas se convirtieron en nuestras casas, en nuestro bar, nuestro ensayadero, nuestro sitio de encuentro para ser quienes hemos querido ser. Nos encerramos en nosotros mismos y nada más nos importaba. Estábamos enamorados. Lo estamos. Todos. Ya perdimos el año hace rato. En nuestras manos las argollas matrimoniales, forjadas con música, por nosotros mismos, aún suenan en nuestros dedos.

Andrés y su aliada, la de toda su vida, libiadina –Liby- (su madre y madre del parche), han sido enlazadores de mundos. Enlazadores de nuestros mundos, de nuestras obras de arte -“¿quién resistirá cuando el arte ataque?”-

Somos y seremos siempre bendecidos por haber tenido la fortuna de su presencia, parcero, viajerito cósmico, de su risa que sacudía edificios; bendecidos por habernos enseñado, en vivo y en directo, su sabiduría y bondad de perro terapéutico, su fortaleza de cuerda guerriada de guitarra, su accionar como guerrero, guerrero Yijajaño; por habernos ayudado a ser lo que somos, y permitido visibilidad y enunciación en el mundo, arropados con el suyo, untados de cohenitud hasta los huesos, bendecidos por este encuentro, esta comunión, este amor de “Charlas con el Infinito” que fluye en esta familia Yijajeña, esta que “Ya no río como Magdalena”, este grito de júbilo que usted nos enseñó, amigo, hermano, Andrés Mauricio Cohen: ¡¡¡¡Yiiiiiiiiiiiiijaaaaaajaaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!  

Neiva, 4 de Junio de 2021.

* Juan Guillermo Soto nació en Neiva (Huila) el 26 de Mayo de 1984. Músico. Comunicador Social y Periodista. Ha pertenecido a las agrupaciones Árkanot, Yijajay, Binarius Buxus, Pechan Project (proyecto actual), al igual que a la Orquesta Sinfónica del Conservatorio. Premio Departamental de Ensayo “Jenaro Díaz Jordán”, 2009, 2015 y 2017; Premio Departamental de Poesía “José Eustasio Rivera” 2011 y 2017; Premio Departamental de cuento “Humberto Tafur Charry”, 2019. Premio Departamental de Periodismo “Carlos Díaz Salamanca”, 2020. Estudiante de maestría en literatura en la Universidad Tecnológica de Pereira. 

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