El pescador Luis Carlos Covaleda y el lugar donde los ríos fluyen

Luis Carlos Covaleda Botello, nació en Neiva hace 65 años, el 15 de diciembre 1953. Su oficio de toda la vida: pescador en el río Magdalena y sus afluentes. Con la semblanza de este neivano que hace décadas teje redes y chinchorros para lanzar a los cauces de los ríos que atraviezan la ciudad, comienza una serie sobre personajes populares de Neiva, basada en hondos acercamientos a sus vidas y palabras, por parte de Valentino Rodríguez, periodista de Suregión, quien también los retrató con su lente.

Por: Valentino Rodríguez, periodista de Suregión

Al río corresponden sus hondas vivencias y profundos pasos por este fulgurante desierto poblado de seres displicentes. Suyos y del río son los periplos fluviales que condensan su ya larga vida de pescador. Lo suyo fueron las planas, y no exactamente en hojas de cuaderno, sino en el núcleo de sus sentires.

Como único hijo varón, su destino debía determinarse rápidamente. Los “guarapazos”, la “bara” y el “juete” por parte de su progenitor fueron en cierta medida sus instrumentos de aprendizaje para entender que la vida no era fácil, y que el camino se estrechaba hacia la hostilidad cuando se nacía en un presente incierto, en un contexto harapiento y desagradable que solo promueve incertidumbres en las muchedumbres menos culpables.

Como pudo -con mano dura-, integrpo a su instinto de supervivencia el legado empírico de su padre, para al poco tiempo reforzarlo “a toda máquina” gracias a sus impecables destrezas. Por cierta época, el pabilo de algodón lo sacó de sus primeros apuros económicos, hasta que poco a poco el material empezó a deteriorarse (más con el sol que con la misma agua). La búsqueda y el afán de lances precisos y certeros lo llevaron entonces a recurrir a la fibra para luego saltar al cáñamo, pero no contaría este noble y audaz capitán con que las canoas construidas a brazo propio, junto al tan esperado nylon -procedente de importaciones- le ayudarían drásticamente a reducir costos y a agilizar su trabajo al momento de lanzar el tejido propio de sus chiles y atarrayas. El problema ahora es otro. El precio del pescado que logra sacar no compensa en ocasiones el de la gasolina que consume el motor de su canoa.

En tiempos menos acelerados que los actuales, en los que el tráfico no se embotellaba en la ciudad de Neiva, ni las obras proliferaban como gérmenes sin antídoto; sí, en aquellos tiempos, de más bahareque que cemento, Carlos pescó, deleitó, vendió y hasta regaló en reiteradas ocasiones el buen pescado de los ríos las Ceibas y el Oro; mejor dicho, hizo fiesta con ellos.  Ahora su nostalgia es amarga, cree que la evanescencia de dichas épocas no es producto del incremento de asentamientos a las orillas de los ríos, sino de la incertidumbre y el afán de una gran población desterrada que busca a como dé lugar meter las cabezas de sus familias bajo un techo que mensualmente no les esté reclamando a gritos una cuota.

En tiempos de continua crisis económica y de reiterativas enfermedades que aquejan su fuerza física para arrojar atarrayas o chiles, una de sus opciones con mayor repercusión y eficacia es la de perfilar correctamente el sitio en el cual permanecerá paciente con alguna de sus tres cañas importadas, atadas firmemente a crudos y cortos cueros de pollo o a inocentes lombrices que encuentra antes de llegar al rio. En aquel sitio, lo único que lo aguarda es esperar a que piquen. Esperar a que el astuto y avariento pescado abandone el nutritivo moho de las piedras del rio, a cambio de dos anzuelos en serie que podrían con facilidad atravesar un dedo en cuestión de milésimas de segundos.

Carlos conserva un secreto, por cierto, ya no tan secreto; mejor dicho, conserva una anécdota que se remonta a aquella época en la que, en el barrio Caracolí de la comuna tres de Neiva, existía un planchón de cemento de más de cuatro metros de largo y ancho, en el que volquetas recolectoras de la totalidad de basura de la ciudad, llegaban hasta ese punto lentamente, y con precaución de no caer con todo y motor al río: descargaban sobre el cauce del río Magdalena día y noche (sin ninguna piedad) los residuos que la capital producía. Pero ese no es el verdadero secreto, para nadie nunca lo fue. Cuenta Carlos, que un viejo, bastante viejo, amigo suyo -con un paso más allá que acá-, a las orillas del río (en ese mismo barrio) fue quien compuso realmente la letra de la canción que trae consigo “torbellinos, amores que se van, paisajes y remolinos”.Características propias de “Espumas” del maestro Jorge Villamil Cordovez. Del supuesto escritor de Espumas -y de otras canciones más- nunca más se volvió a saber, de Villamil sí.

Son numerosas e incalculables las embarcaciones a quimba o pie descalzo, bermuda, sombrero y tabaco, por las que Carlos Covaleda ha acompañado noblemente las indómitas aguas del río Magdalena; aquel bravío y sorpresivo río de constantes “bendiciones” y “tragedias”. Para sus años de lozanía, únicamente lo desconsolaba y consternaba no ser fuente testimonial de las pícaras hazañas de uno de mayores referentes del Magdalena: el Mohán. Quizá por ello, decidió en su juventud –respaldado por sus proezas y mañas- incursionar en las prácticas de esta icónica leyenda. Para entonces, su excepcional dominio del humo del tabaco y de las turbias aguas del Guacacayo, lo llevaron a sentirse Mohán, a creerse Mohán. En aquella época de vientos Sampedrinos, junto a otros colegas (de similares ínfulas mañosas), el impulso y las ansias por sentirse leyendas los llevó directo a conocer la estación de policía, por lo menos, hasta que los vientos y síntomas de la cerveza y el aguardiente cesaran en la ciudad. Según la justicia de entonces, no era para menos, tratándose de las candidatas al Reinado Nacional del Bambuco, quienes iban desfilando inocentemente en sus pequeñas balsas, antes de que la cúpula de Mohanes las acechara.

En épocas electorales, Carlos parece ser el ciudadano más interesado en hacer uso de su “democracia”. Caminando, se dirige con toda serenidad a más de diez cuadras hasta su sitio de votación, llega y con el mayor de los gustos raya una equis de extremo a extremo en el tarjetón, lo deposita orgulloso y se devuelve del mismo modo como llegó. Su particular forma de votar se ha convertido en un ritual que practica sin falta en cada una de las elecciones, pues, asegura: “no hay razón para que sea de otro modo”.

Bastante aprendió de los políticos hace un par de décadas cuando trabajando en Betania conducía una vieja lancha con capacidad máxima para siete personas. En ese entonces, Betania estaba custodiada por la Policía Nacional, el Ejército Nacional de Colombia y el DAS (Departamento Administrativo de Seguridad), pues allí se encontraban doce representantes políticos del Huila recién electos y algunos prestigiosos empresarios. Doce representantes celebrando sus nuevos cargos públicos. Doce que se montaron en la lancha de Carlos; este les propuso realizar dos viajes, cada uno con seis pasajeros, para poder trasladarlos seguros hacia el otro extremo, pero en medio de sus borracheras, los honorables representantes descartaron su propuesta. A eso de las tres y media de la tarde, la lancha con los doce representantes a bordo se hundió sin mayor aviso. Ninguno de ellos murió ahogado. La gente de Ecopetrol (encargados de convocar a los representantes y propiciar la celebración) hizo todo lo posible para que este bochornoso acontecimiento nunca llegara a los oídos de los medios de comunicación, ni mucho menos, de la ciudadanía.

Con la llegada de las represas al Huila, más allá del caos generado al campesinado, a los cultivos y a la fauna y flora, estas murallas agigantadas han llegado a convertirse en un devastador y letal instrumento de intromisión para las poblaciones aledañas a sus construcciones, que arrasa inevitablemente con todo a su paso sin tan siquiera consultar. Con los años, estas bestias amuralladas se han ido convirtiendo en la iconografía perfecta del tan anhelado “progreso”, puesto que provoca la destrucción masiva de varios ecosistemas y la extinción simultanea de diversas costumbres y tradiciones de la región, entre ellas, la pesquera. Antiguamente, antes de que se vendiera la idea de “progreso”, el río Magdalena proveía al pescador promedio que vivía de la recolección del pescado entre sesenta y setenta peces por salida; hoy día, quien tiene suerte, luego de una larga jornada de trabajo, puede llegar a llevarse a casa entre seis y siete peces de entre dos y tres libras. Repito: ¡Si tiene suerte!

Hace un par de años, un grupo de asiáticos, acompañados de un traductor, llegaron hasta la casa de Carlos y preguntaron por una especie de pescado del cual Carlos no dio razón porque sencillamente no había vuelto a ver por las aguas del Magdalena. Estos hombres le dejaron un número de teléfono y le ofrecieron la suma de quinientos dólares en caso de encontrarlo vivo. Nunca más se volvió a saber de los asiáticos, ni mucho menos, sobre esa rara especie de pez.

De igual forma, hace un buen tiempo, a Carlos lo contrató una productora audiovisual para que con la ayuda de su canoa y su atarraya, permitiera a los camarógrafos grabar unas escenas para un documental que sería enviado -según el equipo de rodaje- a Argentina, Estados Unidos, China y otros países. Justo donde desembocan las aguas residuales de la ciudad Neiva, Carlos arrojó con precisión su atarraya. La cámara no paró de grabar un solo instante; la gran cantidad de pescados que Carlos sacaba al recoger la atarraya no la imaginaba ni él mismo. Carlos nunca pudo ver el documental terminado, ni conocer cuál era realmente su objetivo.

Por más hambre que esté padeciendo junto a su familia, Carlos procura que el pescado que usará como alimento se encuentre lo bastante lejos de la desembocadura de las aguas residuales; ya que, durante años, los peces se han ido alimentado de estos residuos humanos, haciéndose cada vez más fuertes e inmunes a las contaminadas e infecciosas aguas, hasta llegar a convertirlas en fuente crucial de vida para su supervivencia. Estos pescados, según Carlos, crecen grandes y fuertes, pero a la hora de fritarlos, liberan un olor similar al de una alcantarilla, y al comerlos, su sabor es semejante al de una pasta de jabón. Cosa que muchas familias, aguas abajo de la desembocadura, pasan por alto. Familias a las que el hambre los atrinchera y no les permite tiempo alguno para rezongar.

En el estilo de vida de Carlos existen diversos tipos de sorpresas; algunas causan alegría, como cuando “la subienda” le exige al pez que nade aguas arriba hasta llegar al alto magdalena. Pero en otras ocasiones, las sorpresas le han dejado cicatrices en la piel, como las siete puntadas en las piernas cuasadas por diferentes rayas. Estos pequeños animales de cola aguzada, guardianes del río, aguardan bajo las oscuras aguas del Magdalena en compañía de peces, cangrejos, caimanes, babillas y un viejo cocodrilo de aproximadamente tres metros de largo, el cual suele salir en ocasiones del agua para tomar -camuflado entre la espesa hierva- el intenso sol del mediodía.  

“Quien no los haya visto pasar no ha estado en el río- asegura Carlos con tranquilidad-eso es normal”, asevera Carlos sin frivolidad. Si para este pescador el río es sinónimo de vida, hay quienes piensan lo contrario. Por algo fue llamado siglos atrás por los indígenas como el río de las tumbas. Por el cauce del Magdalena suelen flotar con lentitud los cuerpos sin vida de niños(as), jóvenes y viejos(as), como si se trataran de troncos que lleva el río. Ahogamientos, ajustes de cuentas, asesinatos, suicidios, etc…. Por el río han corrido y siguen corriendo peces y cuerpos.

En este oficio de la pesca se han sacrificado demasiadas vidas. Es cuestión de segundos para que el río no perdone. Por ello, el respeto concedido por parte de Carlos hacia el Magdalena es supremo. Al río solo se sabe a qué horas se va, pero nunca cuándo y a qué hora se regresa: el tiempo en el río es distinto. Por ejemplo, una simple llovizna aguas arriba puede cambiar drásticamente el incierto destino del pescador aguas abajo.

Según un versículo de la biblia “…al lugar donde los ríos fluyen, allí vuelven a fluir” (Eclesiastés 1:7. ) De nuevo: “…al lugar donde los ríos fluyen, allí vuelven a fluir”. Carlos cree en Dios, pero dice no pertenecer a ninguna religión. En cierto momento de su vida, alguien cercano le dijo haber escuchado que antiguamente, el verdadero cauce del río Magdalena pasaba por donde se encuentra actualmente ubicada la Catedral de la Inmaculada Concepción de Neiva. Carlos pausa por unos segundos, hay perplejidad y credulidad en su mirada; probablemente, esos segundos de pausa se deban a los escasos cien metros que separan el rio Magdalena de la puerta de su casa.

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