Por: Franchesca Marín y María José Cortés
Michel Alejandra Vela Ospina, joven de 20 años, mamá soltera, se describe a sí misma como una madre luchadora. Trabaja en horario nocturno en un bar o “en cualquier cosa que salga” en la ciudad de Neiva, Huila. Los días para ella transcurren entre la rutina y la tranquilidad de las jornadas de trabajo habituales.
Alejandra suele movilizarse de noche, sola, debido a la hora de salida de su trabajo. Siempre desea llegar sana y salva a su casa, pero el 06 de mayo del 2025 todo cambió para ella. Su primer pensamiento al terminar sus labores fue que alguien la podría robar y como es común en muchos habitantes de la ciudad, ‘se guardó el celular’ luego de cerrar el negocio y se dispuso a salir, pero nunca se imaginó lo que pasaría aquella noche.
A las doce en punto de la madrugada salió del establecimiento donde trabaja. En ese mismo instante le escribió a su mototaxista de confianza que la recogiera. Al recibir como respuesta que él no podría hacerle la carrera hasta su casa, decidió caminar al barrio Las Brisas, ubicado al nororiente de la ciudad, donde posiblemente un amigo la podría llevar a su casa. Un conductor que presuntamente se movilizaba en un taxi con placas VZD 873, la abordó a las 12:14 de la madrugada. Él le empezó a ofrecer su servicio de transporte, el cual ella rechazó, pues no contaba con el dinero para pagar lo que posiblemente le cobrarían por llevarla al norte de la ciudad, donde era su destino.
Luego de muchas insistencias y de asegurarle que podría llevarla a su casa por la suma de 10.000 pesos (que era el presupuesto que tenía Alejandra), terminó accediendo al servicio de transporte. El taxista de manera gentil le abrió la puerta del copiloto a lo que ella se sentó. El trayecto comenzó y todo marchaba con normalidad hasta que al llegar al Hospital Universitario Hernando Moncaleano, el conductor de un momento a otro en lugar de tomar la ruta que va hacia el norte, se dirigió al sur. En medio de la situación, la primera pregunta que hizo Alejandra fue: “¿Para dónde va, si yo voy para el norte?”, la respuesta del taxista fue que no se preocupara, ya que necesitaba tanquear el carro de gasolina.
Un giro de la ruta y de la historia…
Al pasar la bomba donde se suponía que iban a llenar el tanque de gasolina y al ver que el conductor no se detenía, Alejandra presintió que algo iba mal. Según ella, la estrategia que utilizó el taxista fue persuadirla con la excusa de que debía entregar un dinero y se devolvían, que por favor lo acompañara. Para hacer parecer la situación menos aterradora de lo que ya pintaban sus actos, el taxista empezó de manera muy amable a mostrarle fotos de él con uniforme militar, asegurándole que era cabo del ejército. Le decía a la joven que estuviera tranquila, pues no le iba a pasar nada. Sus afirmaciones y mirada tranquila, hicieron que Alejandra accediera y lo acompañara a dejar el supuesto dinero.
Posteriormente en el sur, casi saliendo de la ciudad, ella se percató del cambio en la mirada del hombre. Cuando iban pasando al lado del cementerio Los Olivos, Alejandra no aguantó más y le expresó al taxista que quería bajarse inmediatamente del vehículo. Según el relato, al ver que la situación se tornaba más complicada, el taxista puso su mano derecha en la pierna de la joven e intentó tocar sus partes íntimas, mientras la amenazaba diciéndole que tenía un cuchillo en el carro, que se quedara quieta. Alejandra solo podía pensar en su hija de cuatro años, “solo quería volver a verla” dice mientras cuenta su historia de horror a punto de quebrarse.

En medio de las súplicas y el miedo. la joven que solo pedía bajar del carro, le prometió al taxista que no diría nada. La situación fue escalando hasta que en medio de su desesperación, la adrenalina de vivir y de los intentos del conductor por continuar tocándola, Alejandra sin pensarlo, decidió arrojarse del vehículo aún en movimiento. Sin importar su golpe en la cabeza y sin notar la sangre que salía entre su cabello, con las fuerzas que le quedaban corrió hasta encontrar al celador del cementerio, quien la auxilió y llamó a las autoridades correspondientes.
¿Es un caso aislado?
En octubre del 2024 el periódico La Nación publicó cifras del informe “Pa’ la calle sin acoso” donde se revelaba que el 91% de las mujeres neivanas han sido víctimas de acoso callejero, donde predomina el acoso verbal con una presencia en un 48% de los casos. También se revela que para el momento, de 389 mujeres y diversidades sexuales encuestadas, 355 entre los 12 y 36 años reportaron haber sufrido acoso callejero entre comentarios sexuales, silbidos incómodos, acoso expresivo y otros en la ciudad de Neiva.
Alejandra desde el primer momento tuvo claro que no iba a ser una cifra más que quedara en el olvido. En la clínica donde la atendieron, se cuestionó y se culpó como si fuera la responsable de lo que le había sucedido. Sintió rabia por «no haber sido más prevenida». Estos sentimientos la desbordaron y decidió exponer su caso en redes sociales, donde tuvo gran acogida por parte de las personas, incluso se encontró con testimonios de otras mujeres que según ellas, también habrían sido víctimas del mismo conductor.
Con valentía y la fuerza de todas las personas que la alentaron con mensajes cargados de empatía, Alejandra se dispuso el día siguiente a ir a la fiscalía, pasando por todos los procesos legales y psicológicos que implica una acusación de esta magnitud. Afortunadamente cuenta que el proceso fue llevado de manera ágil y que incluso recibía llamadas para que continuara con el procedimiento.
La vida después
“Aunque él no logró tocarme, ni agredirme yo sueño con que sí lo hizo”, relata la joven neivana. Añade que, desde esa noche de terror no ha logrado conciliar el sueño, las pesadillas y las preguntas de ¿Qué hubiera pasado? la persiguen constantemente. Ella sigue aferrada al pensamiento de “afortunadamente no pasó a mayores”, como si lo que ya le pasó, no fuera grave.
Alejandra carga con el peso de ser la cara más visible de las presuntas agresiones, que cometió este sujeto a todas las demás chicas. Eso le suma pesadez emocional a su vida que ahora es totalmente diferente, al punto de encontrarse personas en la calle que sin prudencia alguna le preguntan “¿Usted es la muchacha del taxi?”. “Yo Intento mostrar cara de estar bien, ayudando por el bien de todas pero siempre recuerdo el rostro y los ojos de ese hombre”. Con tristeza Alejandra recuerda cada detalle de esa noche, en medio de su relato y transmite el miedo que habitó su cuerpo. Ahora ella tiene un kit de defensa personal, con gas pimienta y otros artículos que la ayudan a sentirse segura, alguien de confianza la recoge todas las noches, y su red de apoyo, que son sus amigos e hija le han dado la fuerza para seguir con su vida.
Los padres de Alejandra, según cuenta, la abandonaron hace ya un buen tiempo, su familia es la gente buena que se ha encontrado en el camino. Pese a que fue contactada por una empresa de transporte ofreciéndole servicios gratis por mujeres taxistas, ella no puede evitar sentir nervios al ver el color amarillo característico de los taxis, por lo que no acepta este tipo de “ayudas”. No sataniza al gremio ni el transporte, simplemente considera que a ella «le tocó uno de los psicópatas que existen en el mundo». Sin embargo, gracias a su testimonio, muchas mujeres lograron hablar de sus situaciones y eso es una de las causas que más la llenan. Expresa que “Yo también creí que eso no pasaba en la ciudad, era una de las que pensaba que a mí no me pasaría”. Argumenta que las personas siempre están culpando a las víctimas y no ven la problemática que atraviesa la ciudad en temas de acoso. Cree con convicción que todas las personas actúan distinto y no se puede juzgar la manera de actuar de una víctima en una situación de peligro, pues “todos reaccionamos diferente”.
Alejandra lo único que desea es que el hombre que la hizo pasar por esa indeseable situación ya no esté en las calles. Quiere que su hija pueda estar en una ciudad tranquila donde no le pase lo mismo. No se deja afectar por las declaraciones de la otra parte y piensa que si la manera de lograr que él no le vuelva a hacer eso a ninguna mujer es exponiendo su historia, con convicción lo va a seguir haciendo.
