Por: Cristian Gómez
Conocí a María Ilsa en una tarde de sol fuerte. Su figura, menuda y quizás un poco encorvada por el peso de los años y las penas, contrastaba con la inmensidad de un cielo que parecía quemar hasta los recuerdos. Tenía la piel curtida, surcada por las huellas de un tiempo implacable, de ese sol que dibuja grietas en la tierra y en el alma.
Su mirada, sin embargo, era un mar de historias contenidas. Un eco lejano de las montañas del Tolima que la parieron y a la vez la expulsaron.
Aunque ahora su voz es apenas un murmullo, un suspiro frágil que se quiebra por el cáncer de garganta, aún se percibe en ella la cadencia lenta de un río cansado, cargada de una melancolía que cala hasta los huesos.
Su fragilidad física, evidente en los constantes achaques de salud y los dolores que la minan, era la viva imagen de una resistencia silenciosa, un lienzo de dolor y determinación bajo el sol implacable del Huila. En su rostro, a pesar de todo, una media sonrisa fugaz y delicada se desvanecía al evocar el esfuerzo de sus hijos creciendo en su nuevo hogar.
El Edén Perdido en Planadas
«En mi finca, en Planadas, la tierra era bondadosa», me dijo María Ilsa. Sus ojos ausentes, perdidos en un tiempo que no volvería. «Era un paraíso chiquito. Sembrábamos café, plátano y yuca. No nos faltaba nada. Mis hijos, que tenían 5 y 7 años de edad en ese entonces, corrían descalzos entre los cafetales, con la risa colgada en el aire como una fruta madura».
La voz de María Ilsa se suavizaba al hablar de su esposo. «Edgar, él era mi roble. Siempre serio pero muy amable. Aunque el sol nos rajara la piel, me decía: -Mi Ilsa, mientras estemos juntos, nada nos falta-. Y yo le creía. Le creía con el alma entera. Su voz era mi música y su abrazo mi refugio».
Pero la melodía se rompió en un instante. La violencia, con sus botas llenas de barro y su aliento a miedo, irrumpió sin avisar. «Era la madrugada. El cielo aún oscuro, el aire frío», recordó. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. «De repente, gritos. Unos hombres encapuchados, con armas largas. Entraron a las casas, amenazando. Edgar había salido a comprar el mercado y estaba sola con los niños. Fue horrible», dijo.
La voz se me hizo un hilo. «Agarré a los niños fuerte de la mano. -Niños, vámonos. Que su papá nos alcanza después-, les susurré. Mi voz, siempre tan firme, esa noche temblaba. No había tiempo para pensar. Menos de 24 horas. ¡Menos de 24 horas! Tuvimos que dejarlo todo. Las gallinas, los cerdos, la cosecha que estaba lista. Mis pocas joyas, las fotos de mis padres. Todo quedó allí, en la prisa y el miedo».
Salieron con lo puesto, la luna apenas alumbraba. «Mis hijos, en medio de la oscuridad, preguntaban: «¿A dónde vamos, mamita?». Y yo, con el corazón en un puño, les decía: A un lugar mejor, mi amor. A un lugar mejor».
Recuerda María Ilsa, «La ‘chiva’ nos sacó de ese lugar en un día y una noche. El hambre era un nudo en el estómago, y el frío, un calambre en los huesos. Edgar nos alcanzó y me cargaba a uno de los niños y yo a la otra. «Vamos, mi Ilsa», me decía, «falta poco». Él siempre encontraba la fuerza para los dos y para los cuatro».
Un nuevo comienzo
Llegar a Santa Rita, aquí en Pitalito, Huila, fue en palabras de María Ilsa, «como aterrizar en otra vida». Pero el destino, caprichoso, quiso que esta nueva vereda compartiera el mismo nombre que aquella de la que huyeron: Santa Rita. «Parecía una señal, ¿no cree?», me dijo. Por un instante, una leve sonrisa asomó en sus labios. «Como si la tierra nos dijera: Aquí pueden empezar de nuevo, pero sin olvidar de dónde vienen”, expresó.
Aquí, la tierra era distinta, los vecinos hablaban con otro acento y el sol quemaba diferente. «Los primeros días, nos sentíamos como peces fuera del agua. Extrañaba el aroma de mi tierra, el sonido del río en el Tolima, hasta el canto de los pájaros era distinto. Edgar, bendito sea, me animaba. «Aquí haremos una nueva casa, mi Ilsa. Nuestros hijos echarán raíces», me decía. Y me aferraba a sus palabras como a una tabla de salvación. Él era mi ancla en ese mar de incertidumbre».
Con esfuerzo y la tenacidad que solo el desarraigo siembra, lograron comprar una pequeña finca. Un pedazo de tierra que, con cada gota de sudor, se fue transformando en su nuevo hogar. «Mis hijos, aunque pequeños, con 5 y 7 años, ayudaban en lo que podían. Traían agua, recogían los pocos frutos que daban los árboles. Verlos crecer allí, ver cómo la tierra respondía a nuestro esfuerzo, era mi alegría», confesó, con una media sonrisa que se desvanecía en la delicadeza de sus labios. «No era como en el Tolima, pero al menos teníamos techo y algo que llevar a la boca. Y teníamos la esperanza, que esa es la que más alimenta».
«Una noche, sentados en la casa de bareque que construimos, Edgar me miró. «¿Estás feliz aquí, mi Ilsa?», me preguntó. Le dije: Contigo, mi amor, donde sea que estemos, soy feliz». Recuerda María Ilsa. «Y era verdad. Él era mi hogar, mi fortaleza, mi consuelo. Su mano sobre la mía era el mapa de mi destino. Ver nuestra finca verde, con nuestros hijos corriendo, era un sueño hecho realidad después de tanta pesadilla», agregó.
La vida siguió, lenta, arrastrando el peso de los recuerdos, pero aferrada a la esperanza de un futuro que no estuviera teñido de sangre. Sus hijos crecieron, con el brillo en los ojos que solo la juventud es capaz de mantener. Ahora más conscientes, pero a salvo de la sombra que aún perseguía a sus padres.
El nudo en la Garganta
Pero el destino, a veces, parece ensañarse sin piedad. Hace unos meses, un nudo en su garganta empezó a crecer. Al principio, lo atribuyó a la edad, al cansancio de tantos años de trabajo y preocupaciones. Luego, la voz se le fue apagando, como una vela que se consume, volviéndose un murmullo apenas audible. Los constantes achaques de salud, uno tras otro, la fueron minando. El diagnóstico fue un golpe seco, un eco más, pero esta vez, de una brutalidad íntima: cáncer de garganta.
«Me dijeron que estaba avanzado», profirió, y esta vez, la voz se le quebró por completo. Sus ojos, antes un mar de historias, ahora eran un torbellino de dolor y resignación. «Recuerdo cuando el doctor me lo dijo. Sentí que el mundo se me venía encima. La primera persona en la que pensé fue en Edgar. ¿Cómo le iba a decir? ¿Cómo iba a aceptar que esta enfermedad, esta cosa que no se ve, se estaba llevando lo poco que me quedaba?», manifestó con tristeza.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas, dibujando surcos en su piel. «Edgar se sentó a mi lado. Me tomó la mano, esa mano que siempre me dio seguridad. -Mi Ilsa, lucharemos Juntos. Como siempre lo hemos hecho- me susurró. Y me abrazó tan fuerte que por un momento sentí que todo estaría bien. Pero ahora estoy muy delicada. Mi voz apenas me sale. Los dolores no me dejan y a veces, siento que mi cuerpo se me escapa».
La fragilidad de su cuerpo contrastaba con la fortaleza de su espíritu. Pero el cáncer, esa bestia silenciosa, amenazaba con devorar ambas. Con los ojos aguados, pero una determinación férrea, María Ilsa me pidió un último favor. La voz apenas se sentía tenue como un suspiro.
«Si algo me pasa, quiero que mis hijos, que mi Edgar, sepan esto: A mis hijos, no olviden nunca que su mamá los amó más que a su propia vida. Que cada sacrificio, cada lágrima, fue por ustedes. Sean fuertes, honestos, y cuiden siempre a su padre. Que esta finca que levantamos sea su refugio, su herencia de amor y trabajo”.
Continuó con su mirada llena de un amor que trascendía el dolor. » Y a ti, mi Edgar, mi amor, mi vida, mi compañero. Gracias por cada risa, por cada abrazo, por cada amanecer a tu lado. Fuiste el hombre que me dio paz en medio de la tormenta. Te llevo en cada latido de mi corazón. No te rindas, por nuestros hijos. Y recuérdame con una sonrisa, la misma que te daba cuando me mirabas a los ojos. Sé que nos volveremos a encontrar”.
Y entonces, la voz de María Ilsa, esa caricia de tiempo que se arrastraba con la lentitud de un río cansado, dejó de sonar. El nudo en su garganta, que el cáncer apretaba sin piedad, finalmente se llevó su último suspiro.
El sol de Santa Rita, ese mismo que dibujó grietas en su piel y alma, la vio partir. Ya no hay más lágrimas que surquen sus mejillas, ni la fragilidad de un cuerpo que ahora, por fin, encontró el descanso.
María Ilsa, la mujer de las montañas del Tolima que construyó un nuevo hogar en el Huila, ya no está. Pero su historia, como el eco lejano de un paraíso perdido y la tenacidad de un amor incondicional, sigue colgada en el aire de esta vereda. Un testamento silencioso de que, incluso en la más cruda de las batallas, la esperanza puede ser el último aliento. Y Edgar, su ‘roble’, su ‘ancla’, se quedó con el mapa de su destino grabado en el corazón, esperando el reencuentro en la Santa Rita del cielo.
