Por: Estudiante de Comunicación Social y periodismo de Tercer semestre de la universidad Surcolombiana

“Las personas no valoran nuestro esfuerzo por crear de las calles un lugar artístico”. Eso me lo decía ella, una mujer argentina con sus ojos pendientes hacia el rojo que daba inicio a sus trucos. Al igual que su compañero, los dos de argentina, ella con 22 años, y el con 28 años. Los dos estudiados, bueno a medias. Ninguno había terminado la universidad, pero ellos no tenían prisa por terminarla, sin antes lograr disfrutar de una vida independiente del consumismo, y la vida sujeta a las responsabilidades.

Mientras ella daba inicio a una melodía emitida por el clarinete que cargaba desde su salida de hogar, se podría pensar que son vagos. Andar en los semáforos haciendo “trucos” es de vagos cuando se le pregunta a un señor de edad observándolos con desprecio. Pero para la perspectiva de ellos, eso era muy diferente.

En la filosofía que ellos han creado que la vida de “artista callejero” es una de las mejores. “Te despegas de las modas, de la Globalización, vives al día”, así lo decía ella mientras el semáforo en verde nos permitía juntar nuestras lenguas. Y cuando nuevamente se ponía en rojo, y los carros al igual que las motos comenzaban a ronronear, se pasaban al medio de la calle y con manos en lo alto, mostrando sus objetos artísticos. De esa forma llamar la atención de los conductores para así darles un poco de cultura.

Ese día, habían llegado a las 5 de la tarde, y fueron buscando donde poder hacer su arte. Fue ahí donde terminaron en los semáforos que son el punto de división entre la carrea 3, y la carrera 4. En una panadería que se encuentra en esa intersección, a las afueras, estaban ellos con sus morrales, preparándose para darle inicio a la jornada que les daría posibilidad de que esa noche, pudieran comer y buscar un lugar en el cual hospedarse, todo por ese día. La meta era conseguir once mil, que se recolectarían de moneda en moneda.

Era el bucle del rojo al verde, del verde al rojo el que les daría la posibilidad de ese día en Pitalito, poder sentir valorado lo que hacían. Aunque muchos ignoraran lo que hacían, y aunque muchos no colaboraran con por lo menos una moneda de cincuenta pesos, no perdían el entusiasmo y el buscar hacerlo mejor cada vez. Así los observe, una y otra vez como iban y venían. Habían momentos donde las caras le flaqueaban hacía la tristeza, ¿o sería decepción? Aun así se les veía agotados, pero sonreían para volver a la mitad de la calle, y llamar la atención con las manos en lo alto.

“Mis padres al comienzo les parecía esto una estupidez. Y que me moriría de hambre.” Me comentaba ella, mientras con un toque de nostalgia decía, que la mamá también pensó en tener una vida así. Por eso tuvo el apoyo luego de un tiempo. De padre y madre. Porque la mamá le confeso que también pensó en tener una vida así, sin el sofocante calor de un “sistema” que obligaba a una vida bajo la monotonía y el cansancio.

Entonces ya se acercaban las siete de la noche, y media hora antes, una muchacha con una contextura delgada, algo encorvada, con unos dientes torcidos y joven, se acercó a los dos argentinos que se encontraban hablando conmigo. Para lo que aprovechó ella, la chica del clarinete que tan solo había estudiado dos semestres de música y para tocar el instrumento que cargaba lo hizo empíricamente, dialogaron sobre como debían coger a los conductores. “Voz debes coger los de la parte de atrás, para que los adelante no se distraigan mientras limpia los para brisas.”. Con sus dientes torcidos amarillentos emitió un “sisas”, de esa forma fue en unos breves minutos como esos argentinos acodaron con la colombiana llegar a un acuerdo por esa noche.

Así ya cuando las luces de la calle brillaron más que la del sol, ellos dos habían ya recogido el dinero suficiente para que esa noche pudieran comer, de igual forma pudieran dormir en un lugar decente. Así que cerca de las escaleras de la panadería prosiguieron a contar sus frutos de esa breve tarde en los semáforos. El dinero estaba, así que ellos tranquilamente sacaron de ese dinero, para comprar un cigarrillo. Ante los ojos de los transeúntes y conductores comenzaban a echar humaradas de humo, para así de esa forma entre otros pocos diálogos despedir esa noche, al igual que fue el punto para despedirnos.

Ya luego de pasado un mes, en un estado de Whatsapp, de una amiga que vive en San Agustín los vi a ellos en el parque central, acompañando con música ese lugar al igual que malabares, al igual que otros mochileros que habían llegado a ese lugar. Se me había olvidado que ese, luego de los semáforos, era su otro destino.