Las vacas, más que animales, son mis amigas

Por: Alejandra Zúñiga, periodista  Suregion.com en Pitalito.

Jesús Alirio Zúñiga es un lechero de San Agustín que ha sido feliz con su oficio, aunque no es una tarea fácil. La botella de leche se vende a solo $1.200, pero con su esfuerzo ha edificado un hogar y le dio educación a sus hijos. El motor de su éxito y felicidad ha sido su familia. 

Jesús Alirio Zúñiga, tiene 70 años. Es alto, delgado, como los árboles de guayaba que todos los días, a las cinco de la mañana, lo cubren de la brisa, cuando está ordeñando sus seis vacas “llueva o truene”. Toda la vida la ha dedicado a la ganadería. Desde que se levanta hasta que se acuesta está con las vacas, dándoles de comer, abriendo broches para que vayan a pastorear y ver a sus terneros, limpiando el establo y asegurándose de que todo esté bien. 

Jesús Zúñiga en compañía de Salvador, el ejemplar de la finca.

Cuando llegué a la finca de Jesús Zúñiga me atendió su esposa, Gilma Gómez, una mujer muy amable y carismática. Le dije que buscaba a su esposo, para hablar sobre su oficio. Pero era la una de la tarde, el dueño de casa tomaba una merecida siesta, en ese tiempo la señora Gilma me invitó a sentarme y me sirvió un vaso de leche fría con bocadillo. 

Ese vaso de leche no tenía punto de comparación con la que se compra en el supermercado, sabía a gloria, olía a vida y era refrescante. Lo mejor fue apreciar el paisaje: montañas verdes, potreros, vacas y demás animales, con un cielo azul despejado. 

Transcurrió media hora y el señor Zúñiga ya estaba preparándose para ir a ver las vacas.

 Fue entonces cuando me acerqué a saludarlo y le conté cuál era el motivo de mi visita, quería saber sobre su profesión como lechero. 

Entablamos una conversación. 

 -Buenas tardes, claro, yo le cuento como ha sido mi vida y el día día ¿ya le dieron leche?

 -Gracias, sí señor ¡muy rica!

-Qué bueno que le gustó, camine para los potreros a darles de comer a las vacas y de paso las rodeamos y hablamos.

-La casa está en medio de potreros, todo está cerca, además de eso alimentamos a las vacas con pasto de corte, (Alimento que se les da con purina, suplemento adicional del pastoreo). Después las acompañamos hasta la quebrada para que tomen agua. Las ocho vacas tienen nombre; Linda, Paloma, Renca, Florinda, la Pinta y Nena, la Foster y Jersey. Más que animales son mis amigas, son mi felicidad.

Felicidad que se ve reflejada en sus ojos y en las carcajadas que da cuando camina vigilante por los potreros. 

Cuajada
Proceso que se le hace a la cuajada, para posteriormente hacer el queso. Las manos de doña Gima se encargan de escurrir el suero.

-Los nombres son para identificarlas mejor, para recordarlas, es que ellas saben nuestros secretos y se dan cuenta cuando uno está enfermo e indispuesto

El amor que Alirio Zúñiga siente por las vacas, se ve reflejado en ellas: son grandes, gordas y lecheras, de color blanco con negro y ámbar. A este oficio le ha dedicado cincuenta y cinco años de su vida.

-Pero le confieso que la botella de leche vale mil doscientos pesos, es muy económica para todo el esfuerzo que se hace. Mi mujer a veces hace quesos, cuando la leche no se vende, pero la gente que los compra los quiere baratos, no paga más de seis mil pesos por uno, y hacerlos es más difícil que levantarse a las cinco de la mañana, porque requiere de tiempo extra, de esfuerzo físico. Tiene que apretarlo fuerte con las manos para que le salga el suero, y de tanto hacerlo a ella ya le duelen.

Alirio Zúñiga hace una pausa y suelta un suspiro, seguramente pensando en su esposa. 

Jesús Alirio Zúñiga nació en San Pablo, Nariño, allí vivió con sus padres y el hermano mayor hasta los veintidós años. Aprendió de vacas y fincas gracias a su mamá, Su padre falleció cuando él tenía siete años y el hermano mayor doce. Después de la muerte del  padre, las riendas del hogar las tomó su mamá, que quedó con la ilusión de tener una hij. Fue así como decidió adoptar una niña, la recibió de tres meses de nacida, así los hombres de la casa no estarían solos y tendrían más ayuda para labrar la tierra.

Zúñiga le contó a Suregión que su primer viaje al Huila fue a los doce años, a pie, porque en ese entonces no había carros ni carreteras para transitar. La ruta era caminar dos o tres días por el Páramo de las Papas. La mayor hazaña era llevar panela para tener energía y llegar a las posadas antes de la noche, para que el frío no lo congelara, y por supuesto no podía faltar un plástico y unas buenas botas pantaneras, para protegerse del frío y las lluvias del páramo.

¿Qué es lo que más recuerda de Nariño?

-A mis papas, porque de mi papá aprendí el amor a los animales y de mi mamá aprendí que uno no trabaja por dinero, sino por algo que lo haga feliz.

En la foto, el reflejo de un trabajo de años, Jesús Zúñiga con su esposa Gilma Gómez, en compañía de la vaca pinta.

Después de hacer el recorrido, se acostó en el pasto, se quitó el sombrero y me contó que su esposa es la persona que lo ha acompañado por más de 45 años. La que lo ha ayudado y apoyado con las vacas, la que siempre ha luchado con él. Cuando empezaron a producir en la finca intentaron con todos los cultivos, pero con los años ninguno de los dos estaba para quemar fuerzas y decidieron apostarle solo a las vacas.

-Este oficio no solo es mío, mi mujer también ha luchado y sacado adelante este hogar. Juntos siempre como una familia, a las cinco nos levantamos para empezar el día. Mi esposa se queda en la cocina prendiendo el fogón para hacer el tinto y yo me voy para los potreros a reunir las vacas en el establo, duramos ordeñando hasta las siete, a veces un poco más. 

¿Cómo le iba mejor, con los demás cultivos o con la leche?

 La verdad con los cultivos, porque es mayor cantidad, pero uno se mata más, el trabajo es más duro. Lo que pasa con la leche es eso, que uno tiene lo necesario. Ya nadie se encarta con vacas, darles de comer a cambio de nada. 

Jesús Zúñiga es un lechero caprichoso y mimador con sus vacas, a veces pasa por alto que los gastos para mantenerlas son altos y que la leche la pagan barata. Pero si él deja de vender leche, serán escasas las fincas donde aún quieran apostarle a vivir así, acompañados de animales, pero con una economía incierta, todo porque el gobierno le da pocas garantías al campesino, la droga veterinaria es costosa y la botella de leche no supera los 1.200 pesos.

La satisfacción que a este hombre le queda es su felicidad, su familia y las vacas.  No desiste de este oficio porque no le importa el dinero, sino el bienestar que le brindan los animales. La ganadería dejó de ser un negocio, sale más económico comprar la leche en la tienda, así se esté perdiendo la oportunidad de seguir comiendo sano.

“Entonces preferí apostarle a la ganadería, a ver cómo me iba y así terminé enamorándome de los animales, uno se acostumbra y les toma cariño y no ve si es o no rentable. Hace unos veinticinco años los vecinos y amigos querían ser lecheros o ganaderos, pero después desistieron, es que eso es difícil, porque solo la leche no da para darse lujos”, concluyó don Jesús Zúñiga. 

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