A propósito de la conferencia que ofrecerá el historiador huilense Olmedo Polanco en la Biblioteca Departamental de Neiva, el próximo miércoles 8 de febrero a partir de las 4 pm, reproducimos para los lectores de Suregión las dos entregas del reportaje publicado originalmente en el periódico La Nación el pasado mes de Noviembre, para hacer memoria del trágico suceso acaecido el 3 de noviembre de 1962, en el sector de Los Filos, Vereda Peñas Blancas, zona rural de Neiva.

Por: Olmedo Polanco*

El 3 de Noviembre de 1962, hace 60 años, tuvo lugar la masacre cometida contra 26 personas y que dejó siete más heridas en el sector de El Espino. Luego del sangriento hecho propiciado por odios de delincuentes conservadores contra comunidades liberales, no hubo capturas. Por supuesto, tampoco juicios penales ni condenas. El fallo judicial asignó poca importancia al material probatorio y, por el contrario, aumentó el resentimiento entre las familias de las víctimas que sobrevivieron con miedo y encomendadas a la virgen de Aránzazu.

Esa tarde de sábado, Camilo Charry Garzón, (53 años), conducía entre Neiva y Peñas Blancas el pequeño bus escalera pintado de verde y rojo en alegoría al paisaje tropical. El vehículo Ford, modelo 1946, estaba afiliado a la empresa Cootranshuila con placas H-60-51. Carretera polvorienta. Un atajo a la altura del kilómetro 8 en la vía hacia Bogotá. Trayecto sin pavimentar y regado de pequeñas piedras sueltas que impedía el tránsito a más de 10 kilómetros por hora y zarandeaba a los ocupantes del automotor. Recorrían los terrenos de Los Filos. Vegetación escasa y de pequeño follaje, propia del terreno árido. Habían dejado atrás la carretera principal que conduce hacia el municipio de Aipe. A menos de tres kilómetros de recorrido empezarían el descenso para enrumbarse hacia el puente sobre el Río Baché, construido en Inglaterra en el año 1922.

Hombres armados, conocidos en los tiempos de la violencia bipartidista como “pájaros”, aguardaban el paso del automotor con armas de fuego y machetes afilados, quizás, el día anterior. En la región ejercían la violencia partidista, Manuel María Cedeño Castro, alias El Mico, y otros alias como El Renco y El Rayo. Los autores intelectuales, lejos de allí, esperarían las noticias sobre las acciones violentas. La banda criminal aguardaría hasta que la chiva mermara velocidad. El conductor Camilo Charry debía tomar la curva hacia el costado izquierdo. Mujeres, hombres y niños regresaban desde Neiva, luego de vender sus materias primas y proveerse en la galería central y en la plaza de San Pedro. Ellas habían vendido las cuajadas en las bizcocherías de Neiva. Los hombres vendieron los marranos y los racimos de plátanos ribereños.


Sangre humana en la arena

A la altura del kilómetro 17, una roca de 75 centímetros de largo y 50 centímetros de alto apostada en la estrecha y polvorienta carretera impidió el avance del automotor. Los delincuentes abrieron fuego de manera indiscriminada. El acto macabro ocurrió luego de las dos de la tarde. De acuerdo con la información contenida posteriormente en el expediente judicial, 62 proyectiles impactaron el parabrisas, las ventanas laterales, la tapa del motor y los guardabarros. El caso lo atendieron los jueces 135 y 344 de instrucción criminal Alvinzy S. Velásquez (jefe de la comisión) y Azael Alba Mendoza.

De acuerdo con la investigación del historiador Álvaro Falla Alvira, el primer baleado habría sido el conductor. La chiva se detuvo violentamente contra el barranco. La sangre de las víctimas corría a litros por las superficies de hule que forraban las bancas y encharcó el piso de madera. Los mercados quedaron esparcidos en la escena del crimen. El arroz, las lentejas y el azúcar se tiñeron de rojo sangre. Lo mismo ocurrió con las prendas de vestir, los zapatos, las carteras y los morrales. Los heridos con balas de escopetas y carabinas fueron rematados a machetazos y a cuatro víctimas les cortaron sus cabezas. También asesinaron a dos personas que infortunadamente llegaron al lugar en un automóvil conducido por Maximino Dussán.

Violencia de pájaros contra la niñez

El niño de brazos, pues apenas tenía dos meses de nacido, Ismael Quintero Dussán, quedó tendido al lado del cadáver de su madre Cristina. Su hermana Ursula, (10 años), fue asesinada de un balazo que impactó encima y detrás de su oreja derecha. La niña María Inés Medina Cabrera (17 años), hija de José Dolores y Romelia, también asesinados en el lugar, murió por anemia aguda a causa del ataque con arma de fuego que dejó muy maltrecho su brazo derecho y escoriaciones producidas por perdigones en su espalda y región lumbar. El niño Alberto Dussán (17 años) fue atacado a machete y otro menor de edad, Jorge Dussán (12 años) fue violentado con arma de fuego y arma corto punzante por la espalda.


Un hombre entrado en años, Benito Pascuas (78 años) y su hijo Marcos Pascuas Peña (50 años), comisario del corregimiento, también fueron atacados por los pájaros en el sector de Los Filos, vereda El Espino, a mitad de camino entre Neiva y Peñas Blancas. Corrían los años del segundo periodo del Frente Nacional. El conservador Guillermo León Valencia presidía la nación. Las víctimas Alberto Dussán Tafur, 16 años, Aníbal Quintero Joven, 50 años, Justo Germán Cabrera Charry, 40 años, Eduardo Medina Cabrera, 55 años, Alejandro Oviedo Garzón, 42 años, Camilo Gonzáles, 22 años, Fidel Dussán Medina, 35 años, Alfonso Rodríguez, 50 años, Delfín García Dussán, 51 años, José Dolores Medina Cabrera, 60 años, Benito Medina Dussán, 40 años, Manuel Santos Medina Cabrera, 50, años, Justino Cabrera Charry, 50 años, María Cardoso viuda de Osorio, 35 años, Genoveva Dussán de Cabrera, 35 años, Cristina Dussán de Quintero, 36 años, Margarita Dussán de Meléndez, 54 años, Otilia Cabrera de Medina, 45 años, Úrsula Quintero Dussán, 10 años, Ursulina Villarreal, 50 años. Romelia Cabrera de Medina, 50 años.

El cuerpo no olvida cuando la mente tiene cicatrices

Los pájaros la balearon por la espalda. Cristina se derrumbó malherida lejos del bus escalera. Hizo lo que tenía que hacer: huir del lugar. Pudo llegar hasta donde le alcanzó el aliento. A pesar del mareo y el aturdimiento, no abandonó a sus hijos. Esquivó tantas piedras del camino mientras corría en dirección hacia Neiva, pero no pudo evadir la puntería de los asesinos. Cayó moribunda en la carretera polvorienta que muy rápido absorbió su sangre. El sol era inclemente. El expediente reza que murió a causa de anemia posthemorrágica. Era trigueña, pero tanta sangre derramada le había palidecido el rostro. El helaje de la muerte pobló sus manos y pies. En esa condición debió sufrir arritmia cardiaca y dificultad para respirar. Al tiempo que disminuía su presión arterial, lo más seguro es que haya soportado fuertes dolores de cabeza. Una sensación de punzón agudo mortificando su cerebro. Apenas empezaba la tarde del sábado 3 de noviembre de 1962. En 15 días, Cristina cumpliría 37 años. Había nacido de la unión de Urbano Dussán y de María Eva García. Medía metro y medio. La primera cicatriz física en vida estaba indeleble en su pómulo izquierdo. Es la señal particular inscrita en su cédula. Era ama de casa. La mataron por vivir entre liberales. Su esposo Ismael Quintero huyó hacia los matorrales, en sentido contrario al rumbo que tomó su familia.

A la niña Úrsula (10 años) la asesinaron de un balazo que ingresó por detrás de su oreja izquierda y destrozó su cerebro. No presentaba orificio de salida. Los peritos médicos que inspeccionaron el cadáver lejos de la escena de la muerte, en el Batallón Tenerife en Neiva, escribieron que la menor presentaba profusión de masa encefálica por su ojo derecho. El cuerpo yerto no fue examinado en El Espino, sector de Los Filos en Peñas Blancas. Parecería que no se cumplieron los protocolos forenses para garantizar un trabajo científico riguroso. Difícil así incorporar indicios y huellas en la investigación. Para colmo de males, desde las dos de la madrugada del día domingo 4 de noviembre empezó una lluvia no copiosa, pero constante, que duró hasta pasado el mediodía. No era fácil rastrear huellas delatoras que permitieran establecer la ruta de huida de los asaltantes. En el lugar había casquillos de escopetas calibres 12 y 16. También cascarones de carabina San Cristóbal. Los peritos expusieron la causa del deceso de Úrsula: conmoción cerebral gravísima por contusión. La niña había nacido en Neiva y era estudiante de primaria. Lo único rojo que podría haber aumentado el odio de los pájaros conservadores era el vestido que lucía desde temprano, porque su madre Cristina había combinado la prenda con los zapaticos tenis de florecitas pintadas.


El día de la masacre Ismael tenía dos meses de edad. Había nacido el 28 de agosto de 1962. También era hijo de Cristina. Soldados del Batallón Tenerife lo condujeron moribundo hasta el hospital en Neiva. Le salvó la vida su padrino de bautizo Marco Fidel Rodríguez porque compartió su sangre tipo A positivo. El plasma se requería durante los procedimientos quirúrgicos. El resto del trabajo lo realizó el personal sanitario que lo atendió. A Ismael lo acabó de criar su tía Teresa Dussán. Lo amamantó al tiempo que crecía su hija Lila. Se recuperó de sus heridas, pero una bala permanecía incrustada en su pierna derecha. El rostro y sus brazos estaban quemados por la exposición a los rayos solares el día de los homicidios premeditados por la banda conservadora.

Los huesos como representación de madre

Cuando fue tiempo de desenterrar los cuerpos de Cristina y Úrsula, sus huesos volvieron a casa de la familia en la vereda Remolinos. Estaban embalados en una caja que ocupaba lugar sagrado debajo de la cama. El paso de la escoba durante el oficio de barrer tropezaba con los vestigios. Como si hiciera parte de un rito entre hijo y madre, Ismael acostumbraba observar la osamenta desarticulada. Algunos huesos de Cristina estaban destruidos por la violencia de las balas. El cráneo de Úrsula tenía un orificio de cinco centímetros de diámetro en la parte posterior izquierda.


Mataron a Gaitán

El huilense Roberto Liévano Perdomo cursaba cuarto año de Medicina en la Universidad Nacional de Colombia. Bogotá estaba literalmente incendiada luego del asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán Ayala. Lo mataron el 9 de abril de 1948. En medio del caos, Liévano Perdomo improvisó una ambulancia y se dedicó a auxiliar a los heridos. Había empezado El Bogotazo. Gaitán era odiado por los godos porque señaló al ejército colombiano como el directo responsable de la masacre de obreros de la empresa norteamericana United Fruit Company. Los trabajadores estaban en huelga. La matazón ocurrió entre el cinco y el seis de diciembre de 1928 en Ciénaga (Magdalena). Miguel Abadía Méndez presidía el gobierno conservador.

Médico Roberto Liévano Perdomo. Fotografía del archivo de la Academia Huilense de Historia.

Mariano Ospina Pérez, conservador también, había ganado las elecciones del 5 de mayo de 1946. En Manizales recordarán a Jorge Eliécer por su oratoria. Sobre todo por su «Oración por los humildes». En marzo de 1948, por culpa de la incontrolada violencia gobiernista, Gaitán había roto los debilitados acercamientos entre el liberalismo y el gobierno de Ospina Pérez. El médico Liévano Perdomo sobrevivió al bogotazo. En el año 1976 ejercía la medicina y la política liberal en Neiva. Hasta ese año, el adolescente Ismael Quintero Dussán soportó la bala en su pierna derecha. Lo operó Liévano. Desde 1982 Quintero se fue a Cali (Valle del Cauca) a ganarse la vida como mesero en el Hotel Don Jaime y en el Club Colombia. Vive en zona rural, por los lados de El Salado. Tiene dos hijos. De vez en cuando lo llaman a trabajar en ceremonias especiales. Le atormentan el ruido de la pólvora y el estallido de los globos. En diciembre quiere volver a Peñas Blancas a comer achiras.


En la comunidad de Peñas Blancas sobrevivieron 72 huérfanos. De los hijos de Cristina e Ismael: Rosabel, Laura, Mary, Urbano, Amín, Nelcy, Martha Geny, Cielo e Ismael.

José Vicente Cabrera Dussán, sobreviviente de la masacre en Peñas Blancas. Tenía 12 años el día del ataque de los pájaros. La fotografía fue tomada el 3 de noviembre de 2022 durante la eucaristía ofrecida en memoria de las víctimas. Crédito de la fotografía: Olmedo Polanco.   

*Olmedo Polanco (San Agustín, 1965). Profesor del Programa de Comunicación Social y Periodismo, Universidad Surcolombiana. Comunicador Social y Periodista, Universidad de La Sabana. Estudios de Maestría y Doctorado en Historia. Universidad Nacional de Colombia. Miembro de Número de la Academia Huilense de Historia. Miembro de la Asociación Colombiana de Historiadores. Capítulo Región Sur.