El arte de recibir la vida: retrato de una partera tradicional de Pitalito

En esta crónica nuestro periodista Carlos Motta relata la experiencia de dos parteras tradicionales del sur del Huila, Doña Mery Murcia y doña Elma Delgado, así como el parto natural del primer hijo de Doña Asceneth. Las parteras tradicionales han sido personajes importantes en la vida de comunidades campesinas e indígenas, y sus prácticas para asistir a las mujeres durante los partos forman parte de las tradiciones culturales de esas comunidades.

Por: Carlos Motta, periodista de Suregion en Pitalito.

Doña Mery, partera tradicional de Pitalito ya fallecida, sentada a la derecha, acompañada por su hija.Foto: archivo familiar.

En 1980, una joven campesina, ama de casa, trataba de dar a luz al que sería el primero de sus cuatro hijos. Ella tenía ojos chicos, pero con una visión de vida que arremete hacia la excelencia, cejas tan intensas como sus ganas incansables de salir adelante , cabello naturalmente ondulado y en su rostro, un par de delicadas chispas que la humanidad llama lunares. Sus padres la llamaron Asceneth, inspirados en un pasaje de la biblia. Fue un año difícil para la nueva pareja de padres, quienes vivían en una vereda de Palestina, llamada La Esperanza, quizá la misma que ellos nunca perdieron. Las necesidades tocaron la puerta de la casa y la llegada de este nuevo integrante generaba alegría, pero a la vez preocupación, pues “el palo no estaba “pa’ cucharas”. José, el hombre de la casa, trabajaba en lo que le saliera: cogía café, abonaba, limpiaba terrenos y cualquier oficio que saliera para llevar el sustento al hogar.

El nuevo integrante de la familia no dio más espera, y como era costumbre en la época, le hicieron llegar la razón a Doña Mery, la partera encargada. El trabajo de parto con doña Mery comenzó a eso de las 9 de la mañana. La partera siempre traía consigo jabón de manos,  una tijera, infundía de gallina y aceite de almendras para sobar el estómago y sentir si la criatura venía bien, para ayudarle a bajar.

 La joven embarazada se acostó en su cama, pusieron toallas para no mojar el colchón cuando rompiera la fuente, un paso muy importante. Muchas veces los partos eran rápidos, pero en el caso de la señora Asceneth el trabajo de parto duró seis horas, los pujidos finales fueron los más dolorosos. “¡Dar vida no es para nada un trabajo fácil¡”, exclamó la madre con angustia. El llanto del bebé fue el que provocó que los ojos de los padres se llenaran de alegría, de ilusión, había nacido su primer hijo y enloquecían por verlo crecer día tras día; el niño llevaría el mismo nombre de su padre.

Doña Asceneth, vivió la experiencia de tener el parto de su primer hijo asistida por Doña Mery Murcia, la partera de la vereda. . Foto: Carlos Motta

Doña Mery Murcia, la partera de la vereda, era una señora de baja estatura, ojos claros, cabello oscuro, con un par de canas que quizá salieron en alguno de los tantos partos que atendió, con una sonrisa implacable que era garantía de felicidad. Ella siempre tenía la mejor disposición, se apasionaba tanto por su trabajo que miraba una embarazada y agendaba la fecha para estar pendiente, antes que llegara el día del parto preguntaba por los síntomas a las futuras madres para evitar contratiempos.

Doña Mery cortaba el ombligo con una tijera, posteriormente lo amarraba con un hilo bien desinfectado o también utilizaba una bolita de cera de abeja, lo presionaba con un fajero para que el trabajo de cicatrización fuera el adecuado. Asceneth recuerda las recomendaciones que le hizo Doña Mery: lo más importante era garantizar el bienestar de esa nueva criatura y de la madre, por ello, después de vestir al bebé, la mamá se tomaba un agua de ruda, una infusión caliente y bien cargada, para que expulsara los restos de sangre o residuos que pudieran quedarle.

Pasadas 24 horas después del nacimiento, la partera volvía a visitar a la madre y a la criatura. “Se bañaba al niño y se sobaba el estómago de la madre para que la matriz y todo quedara de nuevo en su lugar”, tal y como lo relata Elma Delgado, una segunda partera de 73 años que se suma a esta historia.

 Elma, una mujer valiente, con una que otra secuela en su rostro por cargas de la vida, tiene mucha experiencia como partera, pues realiza esta práctica desde hace más de 20 años. Ya no lo hace con tanta frecuencia como lo hacía antes. Ella cuenta cómo las mujeres recibían a sus niños en las casas, no había necesidad de ir al hospital, no había miedo, todo lo contrario; el temor era dirigirse al centro médico y que las madres no volvieran al hogar. “Más que un oficio ser partera es un don, es ver con las manos y sentir con el alma”, reflexionó doña Elma.

Jhon Meneses, médico general del hospital San Antonio de Pitalito, es un joven apasionado por su profesión, tiene un aire tranquilo y una mirada serena. Cuenta que el parto natural contribuye a mejorar la relación madre-hijo al momento de nacer. Según Meneses, esta práctica cultural puede ser de alto riesgo, en especial si se llega a presentar alguna complicación durante el parto, pues la madre y el bebé tendrían que ser remitidos a un centro asistencial. Por lo tanto, Meneses considera que hay mayor inseguridad al realizar el parto de forma natural, porque las tasas de morbilidad y mortalidad materna y perinatal son altas.

Los tiempos han cambiado, y con ellos la manera dar a luz. Las madres adolescentes en su mayoría no confían en los partos tradicionales; prefieren hacer un seguimiento digital exhaustivo del embarazo y lograr un nacimiento totalmente medicado, es por eso que se dirigen al centro de salud. Por otra parte, hay mujeres que siguen eligiendo dichas costumbres para traer sus bebés al mundo, entre ellas se encuentran las integrantes de algunas comunidades indígenas, como los Yanaconas y los Misak, quienes conservan sus costumbres. A ellas también se suman un pequeño porcentaje de mujeres que prefieren traer sus hijos al mundo asistidos por parteras tradicionales.

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