Por Ederson Yeandro Pasaje Rodríguez, periodista de Suregión
Una camisa de azul obscuro, mangas largas y cuello al estilo americano; pantalones y zapatos de color negro, definieron el porte sencillo y elegante con el que me invitó un café en el sillón de notorio contraste y complemento de las paredes de amarillo mostaza. Tomé asiento y escuché su relato previo a la grabación formal, en tanto que observaba con cautela los cuadros colgantes algo malgastados, pero muy dicientes de sus gustos y sus saberes. Un abrebocas concreto, sin detalles, pero que recogía las vivencias y los aprendizajes de lo que hoy lo tiene de vuelta en su tierra fraterna. Siempre sonriente y nunca vacilante, las mismas cualidades con las que Edinson Martínez Ordoñez salió alguna vez a probar suerte desde la tierra de la piedra sagrada hasta una de las urbes más importantes del país, Bogotá. Sepa usted, que este relato no pretende del todo promocionar el lugar por más que se exalten algunas de sus cualidades. No, se trata, pues, de una simple demostración de la resiliencia, la constancia y la disciplina que se debe tener para afrontar cuanto obstáculo aparece el camino.
- Buenas, para peluquearme, vecino. –pregunta un muchacho de poco menos de quince años.
- Sí, señor; siga. Ya lo atendemos. –dice Edinson.
- ¿Cuánto vale?
- Doce mil –afirma él. Siga, ya lo atendemos –insiste.
Nació el 4 de diciembre de 1989 –y tenga muy presente esta fecha- en el pueblito de Isnos. Su infancia, estuvo marcada por la ornamentación, arte y oficio en la que experimentaba de niño en la creación de formas y siluetas de metal con las que materializaba su imaginación inquieta. Su lema: el buen servicio, del que él gusta denominar “experiencia de vida” y con el que ya es conocido por los pobladores del sector urbano del municipio. Sin embargo, para llegar hasta la barbería, habrá que pasar por un trayecto de magnitud considerable, de altas y bajas, unas sorpresivas y otras que ya se veían venir. Conozca aquí, en Suregión, la historia de Edinson, un barbero que no se queda en la simpleza de su papel y que sabe soñar en grande.
Rumbo a Bogotá
Terminó el colegio en el 2007. Un año después ya se encontraba haciendo un curso de sistemas en el municipio aledaño, Pitalito, en un instituto que hace notorio el implacable paso del tiempo, pues aseguró no recordar el nombre. Su paso por el Ejército Nacional, tan fugaz como en el momento en el que se vio, por voluntad propia, en el camión rumbo al batallón del Magdalena, en el distrito 56, y del que pasó al Juanambú, en Florencia. No continuó por problemas de su rodilla izquierda provenientes de las típicas travesuras de niño pequeño con su inseparable bicicleta. Una vez afuera, se quedó en Pitalito para estudiar sistemas electrónicos, tema del que ya tenía conocimientos básicos y que le permitieron, sin dificultad alguna, sobrellevar su carrera académica que se proyectaba próspera.
Como no hubo gran cosa que le resultase de importante aprendizaje, en ese mismo año, 2008, decidido, tomó sus maletas y emprendió rumbo hacía la fría Bogotá. Allá, en el barrio Santa Isabel, su tío y padrino Yonier Ordóñez lo acogió como su inquilino. Así como casi siempre sucede con los que apenas empiezan en las urbes, el muchacho, sin indicación por universidades o institutos –y ni cómo empezar tampoco por el bajo presupuesto monetario-, llegó a trabajar como tendero, oficio en el que también tenía experiencia administrativa y a través del cual incorporó las atenciones cordiales con sus clientes. Trabajó con su tío por casi tres meses (junio, julio y agosto), pero todo cambió cuando una clienta, anónima en sus memorias, le recomendó estudiar en el SENA que quedaba a escazas cinco cuadras del lugar.
Sin tapujo y con bravía, averiguó por los cursos en oferta y tomó una decisión: la mecatrónica, una especie de ingeniería que combina sistemas mecánicos con la electrónica y el control por computadora. “Diseño e integración de automatismos mecatrónicos”, el nombre era largo; los contenidos, fascinantes. Después de superar la prueba virtual y la entrevista de aceptación, entró al SENA a finales del 2008, un gran avance académico y, al mismo tiempo, una complicación grave en sus horarios de trabajo. Dos meses después de entrar a estudiar empezó a vivir solo. Su tío no lo albergó más, sin embargo, de cierta forma, consiguió quedarse cerca de su lugar de estudio y, contrario a lo que llegó a esperar, las bendiciones en su camino aparecieron. La primera de ellas tiene nombre propio: José Alirio Araque, profesor con el que trabajó como monitor en las adecuaciones eléctricas dentro del SENA. “Del sueldo de él, me pagaba a mí. Todos mis ratos libres, como no tenía nada más que hacer, no tenía trabajo –y para completar- un pela’o inexperto, (…) con él trabajaba”, afirmó. Con los pagos por las monitorias, pudo asumir por propia cuenta los gastos de alimentación, siendo el arriendo y los estudios cubiertos por sus papás hasta sus inicios en la vida laboral.
Y las buenas noticias financieras no paraban. El SENA también le empezó a pagar por sus monitorias. Ciento veinte mil pesos adicionales a lo que ya ganaba –que por fortuna no cayeron en la época del dólar que está hasta por encima de los rascacielos– y la otra platica extra por parte de la empresa que lo patrocinaba, le bastaron para hacerse cargo de la mayoría de sus necesidades. El estudio en el instituto no pudo terminar de mejor forma. De ahí, y sin espacio para las vacaciones, entró a trabajar en la parte de automatización eléctrica en La Imperial, una empresa nacional que se dedicaba a la fabricación de ascensores y plataformas para personas con discapacidad, cuyos más destacados clientes eran los bancos por tener dos pisos o quedar en el segundo nivel de alguna edificación.
Seis años laborales dedicados a esa empresa con la que conoció Neiva, Medellín, Cali, Bucaramanga, Pereira, Pasto, Barranquilla, Cartagena y Apartadó, a la que llegó en avión por una autopista colmada a sus alrededores de platanares. Su ingenio sinigual, siendo todavía tecnólogo, lo catapultó a trabajar como contratista por tres años. En el 2016, decidió entrar a estudiar mecatrónica en la universidad, en la Escuela Tecnológica Instituto Técnico Central, fundada por los Hermanos de la Salle el 19 de marzo de 1904 (Decreto No. 146 del 9 de febrero de 1905), en pleno centro de Bogotá y, por azares del destino, a dos cuadras de su empresa de trabajo. Y, como no todo puede ser color de rosa, empezaron las complicaciones. “Adiós viajes; adiós trabajo y sueldo de tiempo completo”, se dijo. Tuvo que prescindir de los viáticos empresariales y asumir, de nueva cuenta, los gastos de transporte y alimentación todos los días.
Así se mantuvo hasta quinto semestre de universidad, época para la cual el ilustre tecnólogo de la mecatrónica optó por los negocios y la administración. Una cevicheria pequeña, en ruinas y avaluada en cinco millones de pesos por su propietario antecesor, una auténtica ganga, pasó a sus manos todavía inexpertas. Las deudas del lugar, afirma Edinson, las principales causantes del deterioro material del establecimiento. Aun así, con más fe que cualquier otra cosa, despegó el negocio. Con el delantal de cocinero escoltando sus vestiduras, incursionó en la gastronomía a partir de tutoriales de recetas frescas y rápidas preparadas ante la vista del cliente. Tiempo después, al tener en sus aposentos a jóvenes y adultos en las horas nocturnas, la cevichera fue incorporando los servicios de cafetería que, tiempo después, terminó por extinguirse.
Con la llegada de los vendedores ambulantes a los alrededores, las ventas de la cafetería empezaron a disminuirse. Y no era para menos, pues el cafecito de quinientos pesos tuvo atributos suficientes para que los estudiantes sobrepusieran por el de ochocientos, el precio que se manejaba en el recinto. Se venía otro cambio. De cevichera a cafetería y de cafetería a café-bar, así continuó el negocio, con cerveza y un buen tinto. Y si a estas alturas se pregunta qué pasó con el trabajo de la empresa o el estudio en la universidad, permítame contarle que Edinson, en su versatilidad laboral, trabajó, en algunas ocasiones, como contratista en La Imperial; en otras, como monitor en el Instituto de los Hermanos de La Salle. Tres trabajos en paralelo para los cuales necesitó de la colaboración de la mamá de su hijo. Una vez más, así transcurrieron las cosas hasta que terminó materias de la universidad. El paso siguiente: graduación de ingeniero, vender el negocio, retornar al Huila y montar un establecimiento más grande que el de Bogotá, de la que también tiene recuerdos no tan gratos, pues además de tener que lidiar con el estrés del tráfico cotidiano fue víctima de tres atracos.
El retorno
Llegó el 2020 y todo empezó a cambiar. Por cuenta de la frívola pandemia y su compinche, la cuarentena, el negocio, el trabajo y el estudio no se vieron más como prósperos. Sin ingresos y gastos por hacer, su jugada previa –el ahorro- le permitió mantenerse con un buen capital. Con lo que tenía para su diplomado, y sin más opción, continuó pagando el arriendo del local y el apartamento en el que vivía más los gastos de alimentación y cuidado personal. Los productos del local perecieron y aunque pudo salir a vender estando todavía en cuarentena, tal como lo habían hecho algunos otros, el temor por los saqueos a la fuerza –que sería normal teniendo en cuenta que su negocio estaba en los límites de la zona de tolerancia y la olla de la zona- le ganó. Se quedó encerrado en el apartamento. Los ingresos no salían de ninguna parte y los gastos magnos por pagar seguían corriendo. Regaló parte de la mercancía que no se dañó, y ni con el acuerdo con la inmobiliaria dueña del negocio por la rebaja del 50 por ciento del arriendo pudo continuar.
Resignado por la pérdida del estudio, el negocio y priorizando en bienestar el de su hijo recién nacido, tomó sus maletas y retornó a Isnos, a la casa de sus papás. “Yo llegué acá a trabajar por días, en lo que saliera”, afirma. Su papá, un ornamentador del pueblo lo acogió como asistente en la elaboración de puertas, ventanas y rejas. La costumbre del trabajo en la capital que se quedó con él, no veía con buenos ojos la forma de trabajar en el campo. A razón de lo anterior, y agarrando camino para Bogotá con los pocos ahorros que conservaba para principios de 2021, se aventuró a negocio más con el dueño de Metal Mecánica de Bogotá: el primero estuvo dedicado al diseño de maquinaria que buscaba el tratamiento de fleje, vigas y columnas de hierro para la construcción, idea que no cumplió con las expectativas por la calibración de la máquina que implicaba pruebas en material nuevo; decidieron no continuar con el proyecto. Edinson, otra vez, retornó a su tierra.
Su segundo paso por la capital sin pena ni gloria, lo llevó a refugiarse en una idea de negocio con la que llevaba tiempo dialogando consigo mismo. En algunas veces con costal y otras con carretilla prestada por uno de sus vecinos, salió a buscar partes de motocicletas tiradas y amontonadas en las esquinas y bodegas de los talleres del pueblo. Su propósito, montar una barbería, pero no cualquiera, pues ya tenía pensado aplicar sus conceptos de ingeniería y mecatrónica en el diseño de su local. Contó con buena suerte, pues en algunos negocios hasta llegaron a regalarle la chatarra que tenían. Empezó con la fabricación de los espejos, las lámparas y las sillas empleando las herramientas del taller de su papá y los conocimientos de diseño con los que se quedó de su época universitaria; todo, absolutamente todo, con un cálculo preciso en la proporción basado en los preceptos romanos y los egipcios en la construcción de sus esculturas.
¿Recuerda usted la fecha 4 de diciembre de 1989? Pues de este dato partieron los 4 espejos que diseñó en un primero momento, los 12 centímetros (por ser diciembre el mes 12 de año) de grosor de los marcos y los 89 centímetros de altura a la que Edinson ubicó la repisa para poner sus implementos de barbería. Alma, corazón y vida puestos en una propuesta más. La barbería se inauguró 27 de abril de este año. La pintada, la limpieza y la organización del lugar la hizo con uno de sus mejores amigos a días de hoy: Jorge Mateo Samboní. La negativa de su familia por colaborarle en el fortalecimiento de su negocio no fue impedimento. Con entusiasmo, y mientras aprendía sobre el arte del barbero, aplicó algo de lo que ya sabía: servicios de cafetería y comidas rápidas. Rápido fue el tiempo en el que consiguió barbero, un muchacho llamado Luis Ángel que lo acompañó por algunos meses antes de mudarse a otro local del mismo servicio.
Sin embargo, para sobresaltar el factor diferencial de tanto negocio de lo mismo en un pueblo pequeño, había que hacer algo más que el resto. Atrás quedó la idea vacía de ofrecer cortes de cabello. Ahora se buscaba ofrecer una experiencia de atención única en la que, si tres amigos visitaban el lugar, pero solo uno accedía a la barbería, a todos ellos se les atendía por igual; un tintico de regalo para cada uno de ellos funcionó muy bien. El concepto de barbería integral, con mascarillas, ceras para peinar que se adaptan a cada estilo de cabello, los cuidados maximizados en los detalles estéticos, el respeto y la atención que ofrece gustó tanto en la gente del pueblo que, según cuenta Edinson, a sus sillas han llegado funcionarios de la alcaldía, comerciantes reconocidos del pueblo y personajes del común a quienes se les ha recomendado visitar el establecimiento colmado de marcos y lámparas peculiares que rinden tributo a la ciencia y el arte.




Cada corte, cada estilo y cada trabajo terminado, es merecedor de posar ante la cámara de su celular móvil para plasmarse en las redes sociales en productos audiovisuales para la promoción y visualización de lo que hace la Barbería Mecánica, de lo que es en esencia. A días de hoy, el arte de las uñas, el maquillaje y el cabello integran lo que comenzó, hace tan solo algunos meses, como una segunda versión de la cafetería que quebró en Bogotá. Bajo del concepto de hacer algo más que los demás, Edinson proyecta su crecimiento empresarial y personal por otros lares. Según cuenta, es muy posible que se le vea por San Agustín, municipio que le representa mayor confianza por asuntos de seguridad, aunque también piensa en Pitalito, en mucha menor medida, eso sí. Después de una larga charla, en la que Edinson abrió su espacio personal
Aquí termina el recorrido por la vida y obra de Edinson Martínez, el aguerrido isnense que supo solucionar cada uno de los percances que le presentó, pero no se va sin agradecer al que hoy conforma su equipo de trabajo, la familia pequeña que convive entre cuatro paredes de un amarillo mostaza con lámparas y cuadros muy peculiares: Mateo, de gran talento para el manejo de su máquina de peluquería; Daniela, encargada de los cuidados del cabello y las uñas de las manos; y Duvan, el asistente y aprendiz que se prepara para tomar el mando de una de las sillas dispuestas en la pequeña, pero sofisticada sala. Si usted se pega la rodadita por el lugar, es muy difícil que no le resulte grato tomar asiento y dejarse atender por el amigable barbero mecánico a quien nada le queda grande y al que cuyos sueños todavía le son muy pequeños.
“A veces uno no actúa, por miedo, por creer que no está listo. Pero a veces uno tiene que actuar, así no crea estar preparado. Si se espera a sabérselas todas para lo que quiere, de arranca. Yo arranqué con la barbería y yo no sabía. Después me tocó terminar de aprender por mí mismo (…). Cuando uno se enfrenta a una situación en la que uno no tiene conocimiento, pero tiene las bases y tiene la idea, lo único que le hace falta es hacerlo, ver en qué está fallado y corregirlo para no seguir errando”. Así se despide Edinson, en un claro mensaje de respaldo para quienes pueden llegar a pasar por lo mismo. Todo, al final, se reduce a las ganas por aprender y poner en marcha los imaginarios propios que todos tienen, pero que tal vez muy pocos se permiten experimentar. Para conocer más en torno a estas historias del sur de departamento del Huila, siga a Suregión a través de Facebook como Periódico Digital Suregión, en Instagram como @PsuRegion y en Twitter como @suregion_.
