El Coronavirus pone a la globalización con los pies sobre la tierra

Por: Luigi Ferrajoli*

Luigi Ferrajoli es un celebra jurista y filósofo italiano contemporáneo, quien publicó recientemente este artículo en el periódico Il Manifesto, un medio independiente que se basa en el esfuerzo cooperativo de los periodistas. Ferrajoli reflexiona en este texto sobre las lecciones antropológicas y políticas que nos deja la pandemia del coranavirus. Asegura Ferrajoli :”El carácter global de esta epidemia confirma la necesidad –ya evidente en materia de agresión al ambiente, que se expresa en forma más visible y urgente en el balance cotidiano de los muertos y los contagiados- de dar vida a una Constitución de la Tierra que prevea garantías e instituciones a la altura de los desafíos globales y que tutele la vida de todos.” Suregión publica el texto en castellano por primera vez.

El Corona virus no conoce fronteras. Ya se ha difundido en casi todo el mundo y comprobadamente en toda Europa. Es una emergencia global que requiere una respuesta global. Podemos, por tanto, deducir dos enseñanzas que nos obligan a reflexionar sobre nuestro futuro.

La primera enseñanza tiene que ver con nuestra fragilidad y, junto a esta, nuestra total interdependencia. No obstante los avances tecnológicos, el crecimiento de las riquezas y la invención de armas cada vez más mortíferas, seguimos –todos, simplemente en cuanto seres humanos- estando expuestos a las catástrofes, algunas provocadas por nosotros mismos con nuestra contaminación irresponsable, otras, como la actual epidemia, caracterizada como calamidad natural.

Hay una diferencia con respecto a todas las tragedias del pasado: el carácter global de las actuales catástrofes que golpean a todo el mundo, a la humanidad entera, sin diferencias de nacionalidad, de cultura, de lengua, de religión e, incluso, de condiciones económicas y políticas.

Se deriva desafortunadamente –de esta pandemia planetaria- una dramática confirmación de la necesidad y de la urgencia de construir un constitucionalismo planetario: aquél propuesto y promovido por la Escuela “Costituente Terra” que hemos inaugurado en Roma el pasado 21 de febrero.

La segunda lección tiene que ver con la necesidad de adoptar frente a emergencias de este tipo medidas eficaces y sobre todo homogéneas, para evitar que la variedad de procedimientos adoptados, en muchos casos totalmente inadecuados, terminen por favorecer el contagio y multiplicar los daños para todos.

Sucedería lo contrario si algún país adopta medidas diferentes, a veces del todo insuficientes, como aquellas tomadas en Estados Unidos e Inglaterra, cuyos gobiernos están subvalorando el peligro para no afectar la economía. Incluso, en Europa los veintisiete países miembros se mueven de distinta manera, adoptando cada uno estrategias diferentes, desde las medidas rigurosas de Italia y España hasta aquellas más leves de Francia y Alemania. Sin embargo, al menos en lo que respecta a Europa, una gestión común de la epidemia sería, además, obligatoria según los Tratados.

El Artículo 168 del Tratado sobre el funcionamiento de la Unión, dedicado a la salud pública, luego de haber afirmado que “La Unión garantiza un elevado nivel de protección de la salud humana”, establece que “Los Estados miembros coordinan entre ellos, en conjunto con la Comisión, las respectivas políticas” y que “el Parlamento Europeo y el Consejo pueden también adoptar medidas para proteger la salud humana, en particular para luchar contra los grandes flagelos que se propagan más allá de las fronteras”. Además, el Artículo 222, titulado “Cláusulas de solidaridad”, establece que “La Unión y los Estados miembros actúan conjuntamente en un espíritu de solidaridad cuando un Estado miembro sea víctima de una calamidad natural”.

¿Será posible que la Unión Europea sea capaz de imponer a los Estados miembros solamente sacrificios y políticas de austeridad en beneficio de nivelar los balances, y no adoptar también medidas sanitarias en beneficio de la vida de sus ciudadanos? La Comisión europea tiene entre sus integrantes un Comisario para la salud, otro para los derechos sociales, otro para la cohesión y las reformas e, incluso, un Comisario para la gestión de las crisis. ¿Qué esperan todos ellos para tomar en sus manos esta emergencia y para promover en toda Europa, con decisiones obligatorias, medidas homogéneas y eficaces dirigidas a afrontarlas?

Pero, por encima de todo, el carácter global de esta epidemia confirma la necesidad –ya evidente en materia de agresión al ambiente, que se expresa en forma más visible y urgente en el balance cotidiano de los muertos y los contagiados- de dar vida a una Constitución de la Tierra que prevea garantías e instituciones a la altura de los desafíos globales y que tutele la vida de todos.

Existe ya una Organización Mundial de la Salud. Pero, ella no tiene los medios ni la estructura necesaria ni siquiera para llevar a los países pobres los 460 fármacos salvavidas que, hace cuarenta años, estableció que deberían ser accesibles para todos y cuya ausencia provoca cada año ocho millones de muertes. Hoy la epidemia global golpea a todos sin distinciones entre ricos y pobres.

Se debería por tanto propiciar la ocasión para hacer de la OMS una verdadera institución de garantía global, dotada de los poderes y los medios económicos necesarios para afrontar la crisis con medidas racionales y adecuadas, no condicionadas por intereses políticos y económicos pasajeros, sino dirigidos a garantizar la vida de todos los seres humanos en cuanto tales.

A partir de la base de este salto de civilización –la realización de un Constitucionalismo global y de una esfera pública planetaria- existen hoy todas las premisas: no solo aquellas institucionales, sino también las sociales y culturales. Entre los efectos de esta epidemia hay, de hecho, una revaluación de la esfera pública de sentido común, una reafirmación de la prioridad del Estado respecto a las regiones en el tema de la salud y, sobretodo, el desarrollo –después de años de odio,  racismo y sectarismo- de un sentido extraordinario e inesperado de solidaridad entre las personas y los pueblos, que se está manifestando en la ayuda proveniente de la China, en los cantos comunes, en las manifestaciones de afecto y gratitud en los balcones frente a los médicos y enfermeros, en la percepción inmediata de que somos un único pueblo de la Tierra, unido por las condiciones comunes en las cuales todos vivimos.

Talvez de esta tragedia puede nacer, finalmente, una conciencia general sobre nuestro destino común, que requiere, por ello, un sistema común de garantías de nuestros derechos y nuestra pacífica y solidaria convivencia.

Italia, 16 de marzo de 2020. Publicado en Il Manifesto.

*Luigi Ferrajoli es un jurista italiano nacido en 1950 en Florencia. Teórico del garantismo jurídico como paradigma aplicable para la defensa de todos los derechos fundamentales. Filósofo, profesor universitario. Autor de Garantismo Penal, Derecho y Razón, Teoría del Derecho y de la Democracia, Democracia y Garantismo, etc.

Nota del Editor: El texto se publica en castellano por primera vez en esta edición de Suregión, gracias a la traducción de varios de nuestros lectores, a quienes les estamos muy agradecidos.

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