Parte de los templos católicos más apreciados del departamento del Huila fueron intervenidos durante el siglo XX por un párroco amante de la arquitectura y el arte, quien, con sus dos herramientas fundamentales: garbo y carisma, influyó notoriamente en sus feligreses para que participaran en sus proyectos. El más notorio de ellos, el templo de Santa Ana en Yaguará, cumplirá el próximo 25 de julio 55 años de haber sido inaugurado.

Por: Andrés Felipe Ortiz Ardila, Coordinador de Cultura de Yaguará. Miembro Correspondiente de la Academia Huilense de Historia

Fernando Monje Casanova, (Yaguará, 1895 – Ibid. 30 de noviembre de 1982). Fue un párroco célebre por haber promovido la construcción y consolidación de los templos de los municipios de Baraya, La Plata, Neiva, Yaguará y Hobo.

Refiere un libro de actas de la Parroquia de Santa Ana que fue bautizado en el desaparecido templo colonial de Yaguará el 2 de junio de 1895 por Fray José R. Murcia, quien le puso por nombre Fernando durante la ceremonia cuando solo contaba con veinte días de haber nacido.

Hijo de Teodoro Monje Ramírez y Agustina Casanova, era el quinto de nueve hermanos. Estudió en el Seminario Conciliar de Garzón, del cual se ordenó como sacerdote el 22 de abril de 1928 gracias al mecenazgo de sus tíos Emilio y Pastor Monje.

El Padre Fernando Monje Casanova, en sus años juveniles.

El Padre Fernando era reconocido por su dinamismo y altruismo en cada uno de los pueblos en donde estuvo, ejerció su sacerdocio en las parroquias del Corregimiento de El Caguán (1930), Tello (1936), Villavieja (1940 – 1941), Catedral de Neiva (1941 – 1943), La Plata (1950 – 1955), Yaguará (1955 – 1970), Hobo (1969 – 1970 y 1972 – 1982) y Baraya (1932 – 1941 y 1971 – 1972).

Plano de uno de los templos construidos por el Padre Monje

En el municipio de La Plata, lideró la construcción del templo parroquial de San Sebastián, prueba de ello y del afecto que los lugareños le tuvieron, es la placa y busto conmemorativo instalado el 29 de octubre de 1955 en la fachada del mismo. Durante su administración parroquial en este municipio también remodeló la capilla del centro poblado de Monserrate y la sacristía del templo del corregimiento de San Andrés.

Cuenta una leyenda urbana, que durante el desarrollo de la obra empezó a filtrar agua del suelo y los trabajadores no hallaron como remediarlo, por lo cual el párroco les ordenó que realizaran un pozo en el lugar. Estas aguas resultaron milagrosas y desde aquel momento inició la peregrinación al templo, consagrado a Santa Lucía, haciendo alusión a las propiedades curativas que se le otorgan al agua para curar dolencias de la vista.

Antiguo templo de Baraya

Antiguo Templo de Baraya. Cortesía: Alvaro Trilleras Roa.

En el municipio de Baraya erigió un templo de estilo ecléctico, que engalanó con vitrales y bellos interiores, el cual fue seriamente averiado por el terremoto del año 1967 y demolido posteriormente; participó en la construcción de la catedral de Neiva, construyó el actual templo de Hobo (1969) y la capilla del cementerio municipal. El 22 de abril de 1978 sus feligreses revelaron una placa conmemorativa en la fachada del santuario en homenaje a sus bodas de oro sacerdotales.

Templo de Santa Ana cumple 55 años

En el momento de llegar a Yaguará, su ciudad natal, propuso la construcción de lo que hoy en día es el templo de Santa Ana (1958 – 1964), una obra de estilo neogótico, inspirada en el gótico francés y el báltico. La obra es reconocida por su esbeltez estructural y vitrales de variados tamaños y escenas bíblicas, fue diseñada por el arquitecto Guillermo Durán Bautista, su costo se estimó en un millón de pesos en un inicio, pero terminó costando más de millón seiscientos mil.

Templo de Santa Ana, en Yaguará, hacia 1970

El levantamiento de la obra supuso opiniones encontradas, ya que demolió el antiguo templo colonial que había mandado a construir en el año de 1812 el sacerdote y nieto del fundador del municipio Diego Quintero Tobar; a pesar de ello, el Padre Fernando Monje puso en marcha el proyecto descrito por él como «La Mansión de Dios«, con el que contó con el apoyo de la mayor parte de los pobladores de la localidad.

Este templo, que despierta el interés de propios y visitantes debido a su atractivo, se culminó en apenas seis años. La mayor parte de los materiales empleados durante su construcción fueron extraídos o elaborados en el propio municipio; sus pisos de baldosín, barnizados con tintes importados de Alemania se fabricaron en el taller local de Ramón Llanos.

Su interior, en el pasado mucho más lujoso, se engalanó con lámparas de cristal de murano y vitrales traídos del departamento de Antioquia, sus yesos y marmolinas fueron aplicados por un grupo de artistas liderados por el escultor ecuatoriano Homero Benavides; algunas personas recuerdan todavía la impresión que les causó el ver aquel espectáculo de colores por primera vez, especialmente el aspecto lustroso que tenían el presbiterio y el púlpito, obras que los siguientes párrocos opacaron y transformaron a su gusto.

Presbiterio del Templo de Santa Ana, en su estado original, 1964

El día en que el ya anciano párroco Fernando Monje se enteró de que habían demolido el púlpito expresó con amargura: “nunca imaginé que todo lo que yo dejé fuera a representar un estorbo para otros”. A pesar de que tanto su exterior e interior han cambiado de manera considerable con el pasar del tiempo, esta obra todavía genera fascinación, quizá porque su belleza refleja el amor y esfuerzo que se imprimieron en el mismo.