Amores Pasajeros: la poética de la imagen en movimiento

El poeta Rubén Darío Rodríguez Charry, quien nació en Pulí ( Cundinamarca) en 1963 y está radicado en Neiva desde 1989, publicó recientemente su primer poemario titulado ” Amores Pasajeros”, bajo el sello editorial Tierra de Palabras, dirigida por la periodista y escritora huilense Ana Patricia Collazos. Aunque el libro lleva un par de meses circulando de mano en mano entre numerosos lectores de la ciudad de Neiva, la presentación oficial del texto se hizo el 9 de abril de 2021 mediante una transmisión virtual. En el acto, la poeta Catalina Pérez Gil, leyó apartes del prólogo que escribió para “Amores Pasajeros”, que Suregión reproduce íntegramente en esta nota.

Por: Catalina Pérez Gil, poeta colombiana.

“La poesía es una metafísica instantánea”[1], un momento que se fija, tras ser revelado por la intuición y que otorga al poeta la capacidad de percibir y transgredir la realidad. Pero el proceso para llegar a ella, lejos de ser simple, requiere de la intervención de varios elementos, circunstancias, lecturas[2], disposición, entre otros, de los cuales destacan en Rubén Darío Rodríguez, su atenta búsqueda de imágenes y de movimiento[3].

Las palabras, son en principio, sonidos codificados (en el mismo lugar donde nacen y mueren nuestros pensamientos), que se revisten de significado por la interacción social y el contacto de alguno o varios de nuestros sentidos, con lo que vamos conociendo desde bebés y que va adquiriendo nombre. Cuando uno de estos sentidos falla, los demás se fortalecen. Ausente de sonidos en uno de sus oídos, Rubén Darío Rodríguez, agudizó su visión.  Su descubrimiento vital es ante todo visual. Sumado a este suceso, nace en el municipio de Pulí[4], Cundinamarca. Lugar, que podría parecer haberse situado estratégicamente en la cordillera oriental de Colombia, para deleite de la vista ante el paisaje. No se requiere de ningún esfuerzo, ni instrumento alguno, para observar desde allí, el recorrido del río Magdalena sobre el valle, y más allá, los nevados del Tolima y del Ruíz. Ser un niño y despertar con tan excelsa visión del cielo y la tierra, motivaron sin duda, las múltiples formas con las que el poeta observa y se apropia de la belleza, siendo capaz de eternizarla. La palabra en él, es entonces, primero imagen y luego sonido.

El otro elemento, de relevancia en la poesía de Rubén Darío Rodríguez, es el movimiento. Si bien, el poema consigue “inmovilizar” una fracción de tiempo y espacio, su existencia, no es producto de la estaticidad. Requiere huir del statu quo. Recorrer, por ejemplo, la ciudad en un taxi y el mundo a través de sus pasajeros. Destronar el ejercicio poético de las cumbres académicas, obligarlo a caminar descalzo, a padecer la canícula, a sentir temor y ansiedad por lo desconocido, a vivir día a día dispuesto a lo imprevisto. Desde su permanente movilidad, los espejos, el retrovisor y el panorámico del auto, son símbolos activos de las múltiples posibilidades con las que cuenta el poeta, para acercase a la realidad e interpretarla. Las imágenes se despojan de la sencillez con la que se presentan ante nuestros ojos y hasta del lugar y el espacio que comparten con nosotros. Pero no pretenden ser respuesta, antes bien, son puertas y caminos que invitan a seguir en movimiento.

         “Jamás dolió tanto una calle, 

         hasta ayer,

         cuando se iba con tus pasos[5]

 En el poema, “Basta que cierres tus labios”, el poeta nos propone mirar el horizonte, desde el asiento de pasajeros. En este texto, nos hace sentir en medio de la oscuridad y el silencio, que somos guiados a un lugar que solo se conoce por postales, pero del que todos hablan como si vivieran allí.

“Reposa tu corazón en los pliegues del horizonte.

 Hay bastantes soledades en tus ojos 

y traigo rotas las alforjas de la noche”.  

De hecho, la oscuridad y la noche, son signos recurrentes, en la poesía de Rubén Darío Rodríguez. La imperante necesidad de contar con luces que permitan descubrir el camino. En medio de la confusión, es la palabra la que cumple esta función. 

“sólo el rayo divino

 de tus ojos infantes

 prenderá cual cerillas, 

arderá en las arterias

 y ha de guiar los caminos

 donde el verso se ensanche”[6].

La primera parte del poemario, son retratos de amor y erotismo. Y en ellos, la naturaleza, el paisaje, ofrendan metáforas y símiles, delicadamente aceptados por el poeta, con el fin de no ofender la belleza. De nuevo, el amor, nos comunica con las ramas de un árbol, con las nubes, con los ríos. Nos describe rostros, vestidos, tiempos y finalmente, nos cuenta historias.

“Reconozco en tu vestido

la tormenta

así es cuando se juntan

nubarrones que asustan al labriego[7]

En “De la calle rodante”, segunda parte del poemario, el poeta vuelve a transportarnos a un viaje que comienza en Pulí. Recurre a los sonetos para lograr conectarnos con el ambiente rural del lugar, su paisaje, el Tabor, pero, ante todo, con los sonidos y la música que buscó en ese lugar de niño. La melodía que advierten estos primeros poemas, tiene de nuevo en las imágenes, en los símbolos visuales, la posibilidad de acceder a ella, desde el silencio.

“El tabor se consagra en las alturas

con el prisma de tardes de verano

el sonido del viento es voz soprano

y las ramas son monte y partituras”[8].

La ciudad aparece entonces y las imágenes se trasladan de un lugar a otro. En el cielo se enredan infinidad de cables conectados poste a poste.  A la orilla de las carreteras mueren arboles y perros. El mendigo que entretiene el hambre con visiones aterradoras. La multitud de soledades caminando y tropezando unas con otras.  

“En un hilo de acero interceptado

hormigas de metal, al aire hieren.

Azul la mancha en las ardientes calles

fuego del fondo sus entrañas gimen”[9].

En vez de silencio, el ruido de las muchas cosas tratando de acomodarse en el espacio. El poeta es testigo y refugio del que necesita ser nombrado.

“ya no entre las zarzas del camino

ni en el bramido de las vacas,

ahora en el bullicio citadino

asediado por los ruidos de las motos,

del vehículo que rechina en el asfalto,

por los pitos que taladran el oído[10]”.

En la tercera parte del poemario, nos encontramos con una ciudad, que, como todas las ciudades del mundo, en este 2020, ha tenido un período de calma absoluta. De máxima “quietud”. El poeta, igual que, casi toda la humanidad, debió replegarse a las paredes de su casa y guardar cuarentena. ¿Cómo encontraría las imágenes obligado al encierro? Regresando a Bachelard, el filósofo nos recuerda que “La inmensidad está en nosotros. Está adherida a una especie de expansión de ser que la vida reprime, que la prudencia detiene, pero que continúa en la soledad. En cuanto estamos inmóviles, estamos en otra parte; soñamos en un mundo inmenso. La inmensidad es el movimiento del hombre inmóvil”[11].   Es así, como el poeta nos deleita con una selección de poemas, producidos en este tiempo de pandemia. Logra en estos, desde el primer día, trazar certeramente el tedio, el miedo apoderado de todos, el asedio de la muerte, la necesidad de reencontrarnos con lo que nos hace realmente felices.

“Sí; antes el día tenía

un traje blanco

era un cisne entre la bulla de los hombres.

Hoy triste ha muerto

como un viejo caballo entre las piedras

y me muestra en su pálido hocico

el dolor, la blasfemia y la impotencia”[12].

Reconocer nuestra fragilidad. Esa lucha desmedida e infructuosa por ser recordados. Estos versos espejos, nos despojan del maquillaje, de la ropa elegante, de los zapatos de tacón, nos regresan a la silla, detrás de la ventana y vuelven a cuestionarnos.

“Un golpe en la pared y vuelvo al sitio:

A este dolor de carne en fuego puro,

a la unidad de huesos en ayuno,

al dolor que se agrupa en mi costado[13]”.

Los caminos se encuentran en los muros, recuerdan las piedras del río que sirvieron para construirlos y se abren cauce. Sigue en movimiento el universo, usamos el tiempo para medir las distancias recorridas. Incluso la luz tiene su propia medida de velocidad. No hay pared que pueda encerrar el espíritu del poeta.

“El lenguaje del concreto es ronco.

Me basta saber que tiene por pulmones el acero.

Comprendo porque el río no suena,

las piedras que antes usó como campanas

son de esta pared, sus células[14]”.

En suma, “Amores pasajeros”, ofrece una selecta variedad de textos, en los que el poeta Rubén Darío Rodríguez, propone al lector, reconocerse en sus imágenes. Acercar la poesía a todo tipo de transeúntes. A través de sus versos, nos guía por las calles de una ciudad o del alma misma. Nos enseña que es posible, contar con muchas perspectivas de un mismo lugar, de un mismo hito en el tiempo. Que la palabra es un vehículo, para perseguir el asombro, es decir, aquello que nos hace niños. El instante sublime que seguirá nombrándonos aún después del olvido.

Montería, Córdoba, diciembre 2020.


[1] Bachelard, Gaston (1932), L’Intuition de l’instant, Éditions Stock, París, p. 93.

[2] En este texto la palabra “lecturas” no sólo hace referencia a la de tipo fonética, o relativa a un texto escrito.

[3] Entendiendo el tiempo como una de las tantas medidas del movimiento. Por ejemplo, los días son la medida de los movimientos de rotación y los años, de la traslación de la tierra.

[4] Pulí es conocido como el “municipio paisaje de Cundinamarca”.

[5] Tomado del poema “Jamás dolió tanto una calle”.

[6] Tomado del poema “Cuando llegue el invierno”

[7] Tomado del poema “Reconozco en tu vestido la tormenta”.

[8] Tomado del soneto “El Tabor”.

[9] Tomado del poema “Un día a las doce”.

[10] Tomado del poema “VIII”

[11] Bachelard, Gastón (1975), La poética del espacio, México, Fondo de cultura económica, p. 221.

[12] Fragmento del poema “Primer día”.

[13] Fragmento del poema “Noveno día”.

[14] Fragmento del poema “Día dieciocho”.

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