Mientras en los salones de la Universidad Surcolombiana se discuten teorías académicas, en sus pasillos decenas de estudiantes venden dulces, tintos y sándwiches para evitar abandonar sus carreras. En la USCO, estudiar y sobrevivir se volvió una misma tarea.

En ese contexto, las “chazas”, mesas improvisadas, pupitres convertidos en vitrinas o pequeños puestos itinerantes; se han transformado en una alternativa silenciosa de permanencia. No son vendedores externos: son estudiantes que han convertido el espacio público del campus en su motor de subsistencia.

Para ellos, la jornada comienza mucho antes del primer parcial. La logística implica cargar mercancía, asegurar un pequeño espacio en concreto y equilibrar la lectura de un PDF con la atención al cliente.

De la necesidad al emprendimiento

Las historias detrás de cada puesto tienen un punto en común: la urgencia económica.

Cuando decidí montar la chaza fue pospandemia… me vi en la obligación de empezar a buscar recursos económicos”, relató Deimar Agredo, egresado de la Facultad de Educación. Comenzó con 20 mil pesos invertidos en galletas y pasabocas. “Me ayudaba para los transportes, para una copia, para las comidas… y también para apoyar a mi mamá en la casa”, explicó.

Nikolas Martínez, estudiante de Administración de Empresas, inició en su primer semestre. “Vivía solo, soy de Yaguará y necesitaba pagar comida y arriendo. Empecé con dulces y poco a poco fui montando mi negocio”, explicó.

En 2023, Luis Miguel Fuentes González, estudiante de la Licenciatura en Educación Artística, encontró en la venta de palomitas y chicharrones una alternativa para sostener sus estudios. “Surgió por la necesidad de solventar económicamente mis estudios y los recursos que requieren”, señaló.

Para Hugo Cuéllar, estudiante de Psicología, el emprendimiento fue una decisión familiar. “Renunciamos a nuestros trabajos para culminar la carrera. Tenemos un niño y necesitábamos cubrir gastos y manejar nuestros tiempos”, comentó.

La dinámica también ha tejido redes solidarias entre los propios estudiantes. “Somos una red solidaria. Si te falta para el bus o para unas fotocopias, vas donde el compañero de la chaza”, afirmó un estudiante que pidió reservar su nombre. “A muchos no nos alcanza la plata para el día a día, menos para estudiar sin un ingreso extra”.

Economía de pasillo

La permanencia tiene un costo físico y mental. La doble jornada académica y comercial transforma la experiencia universitaria en un ejercicio constante de resistencia. Cuando la prioridad es asegurar el sustento diario, el rendimiento académico puede verse condicionado por el cansancio y la falta de tiempo.

Siempre primero eran las clases. Cuando tenía hora libre, sacaba la ‘chacita’ y vendía hasta la siguiente clase”, relató Deimar Agredo. Con el crecimiento del puesto, incluso llegó a emplear a otra estudiante. Sin embargo, el proceso no estuvo exento de conflictos administrativos: ocupación de espacios, convocatorias y cobros que, según afirma, terminaron dificultando más la formalización que la informalidad misma.

Nikolas Martínez reconoció que la rutina afecta el desempeño: “Uno cumple con lo básico, pero ya no puede hacer todos los repasos externos porque necesita ese tiempo para trabajar”.

Luis Miguel Fuentes explicó que, con el avance de los semestres, tuvo que contratar apoyo para atender el puesto. “Disminuyeron mis ganancias, pero también generé empleo”, señaló.

En el caso de Hugo Cuéllar, la organización familiar ha sido clave. “Nos levantamos muy temprano, llevamos al niño a la escuela y luego a la universidad. Hemos logrado estudiar y trabajar con nuestro emprendimiento”, destacó.

¿Estudiante o intruso?

Más allá del esfuerzo económico, los vendedores estudiantiles enfrentan estigmatización y tensiones con la seguridad del campus.

Muchas veces me prohibían la entrada sin verificar que era estudiante. Me tocaba saltarme la tapia para ingresar”, denunció Deimar Agredo, quien asegura haber sido víctima de estigmatización por su apariencia y condición socioeconómica.

Nikolas Martínez cuestionó la postura institucional: “Nos dicen que no está regularizado, pero en el manual de convivencia no hay una norma que prohíba la venta entre estudiantes”.

Luis Miguel Fuentes advirtió que algunos acuerdos internos restringen la actividad, lo que lo llevó incluso a ingresar saltando molinetes para no perder el día de ventas. “Apoyo el emprendimiento estudiantil siempre que fortalezca la economía y evite la deserción”, afirmó.

Hugo Cuéllar señaló que, en ocasiones, la presión proviene de arrendatarios formales del campus. “Las cafeterías y fotocopiadoras que pagan arriendo se quejan. Nosotros creemos que no representamos ninguna problemática académica”, aseguró. Frente a ello, los vendedores se han organizado como ASOCHAZAS, un gremio estudiantil que busca respaldo colectivo.

El análisis del SPADIES, (herramienta oficial del Ministerio de Educación para monitorear la deserción universitaria), revela que el riesgo de abandono en la Universidad Surcolombiana está estrechamente ligado a la situación económica de los estudiantes. Los jóvenes pertenecientes a los estratos socioeconómicos 1 y 2 registran tasas de deserción que superan el 13 % anual, según los últimos datos disponibles, lo que confirma que las limitaciones financieras siguen siendo una barrera estructural para la continuidad educativa.

La encrucijada institucional

La llamada “economía de pasillo” se mueve en una zona gris. No está formalizada, pero tampoco es ajena a la realidad socioeconómica que atraviesa a la comunidad estudiantil. Para la administración universitaria, representa un reto de regulación; para quienes venden, es una herramienta de permanencia.

Institucionalidad y permanencia: La ruta de Bienestar Universitario

Para abordar la complejidad de la «economía de pasillo», Santiago Peña, Profesional de Apoyo a la Dirección de Bienestar Universitario, presentó la postura oficial de la Universidad Surcolombiana. La institución ha definido una hoja de ruta que busca transitar de la informalidad a una política de permanencia estudiantil con enfoque de derechos.

Un diagnóstico para la permanencia

La administración anunció el inicio de una caracterización integral de los estudiantes-vendedores mediante un diagnóstico participativo este semestre. Según detalló Peña, el proceso se fundamentará en aplicación de encuestas, entrevistas, consulta de bases de datos y desarrollo de grupos focales. Mediante lo cual se identificará las condiciones socioeconómicas, académicas y psico-sociales de los estudiantes que ejercen las ventas informales o de economía popular al interior de la institución, cuyo propósito será organizar las dinámicas de habitación del espacio público universitario y formular una propuesta de incentivo y de asociación o cooperativización a quienes ejercen esta actividad, articulada con la política de permanencia y graduación de la Universidad Surcolombiana.

Derechos frente a represión

Uno de los puntos de mayor fricción en el campus ha sido la tensión con la seguridad y la normativa vigente. Ante esto, Bienestar Universitario aclaró que no contempla medidas de «securitización» del espacio publico o políticas represivas.

Garantía educativa: El fenómeno se entiende como una herramienta para costear gastos conducentes a garantizar el derecho a la educación.

Habitabilidad: La apuesta institucional es regular las prácticas económicas para que coexistan armónicamente con el derecho de toda la comunidad a disfrutar del campus.

Hacia un modelo asociativo

La solución planteada por la universidad se aleja de la prohibición y apunta al fomento asociativo y los incentivos. Peña destacó que se busca brindar garantías y retribuciones que coadyuven a la permanencia de los estudiantes, evitando que la precariedad financiera los obligue a abandonar sus sueños profesionales.

El eco de los pasillos: de la supervivencia a la organización

La creación de ASOCHAZAS marca un antes y un después en esta dinámica, pues los estudiantes-vendedores ya no se ven como individuos aislados o «intrusos», sino como un gremio que busca respaldo colectivo frente a la estigmatización y las tensiones con la seguridad. Esta «doble jornada invisible» en la USCO ha dejado de ser una lucha puramente individual para convertirse en un reclamo social por el derecho a la educación.

Como eco de una realidad que ya no se puede ignorar en la Universidad Surcolombiana, los pupitres convertidos en vitrinas y los termos de tinto son mucho más que un mercado improvisado; son el testimonio silencioso de quien se niega a rendirse. Mientras la institución avanza hacia la formalización y el diálogo, en los pasillos se sigue librando una batalla diaria por el futuro. Cada dulce vendido no es solo una transacción, es una estrategia de resistencia que permite que el sueño de ser profesional no se desvanezca por la falta de un pasaje o un plato de comida. Si la academia es el lugar donde se piensa el país, sus pasillos hoy dan una lección de supervivencia que nos recuerda que estudiar, para muchos, es el acto de resistencia más valiente de todos.