El beso de las 5:00 a. m.: el motor de un cuerpo en resistencia

Para Daniela Romero, estudiante de Licenciatura en Educación Artística, ese primer minuto del día se materializa a las 5:00 de la mañana. Es el momento de organizar las cosas de su hijo de tres años, arreglarse ella misma y prepararlo a él para el jardín. «Generalmente trato de levantarme con mucho ánimo, abrazar a mi hijo, darle buenos días con un beso, con una sonrisa, para que tengamos los dos una buena actitud durante el día», relata.

Daniela Romero, Madre, estudiante y trabajadora.

Detrás de su sonrisa habita la compleja realidad de ser madre soltera en un país que no espera. Sin la certeza de un salario fijo y con el peso de un hogar que descansa sobre sus hombros, Daniela ha tenido que ir recortando el futuro; ha tenido que ir postergando sus materias, congelando pedazos de su carrera para poder dividirse entera entre los tableros del aula y los valiosos momentos con su hijo.

Intelecto y ternura: las huellas de una doble identidad

Estas mujeres no son solo estudiantes; son equilibristas del cansancio. Sus apuntes tienen manchas de leche y marcas de resaltador, una cartografía del sacrificio donde cada párrafo subrayado es un minuto robado al sueño. En sus bolsos, los bolígrafos conviven con juguetes, recordándoles que su intelecto y su ternura habitan el mismo cuerpo, sin pedirse permiso.

Lily, Madre, estudiante, poeta y librera.

Lily, quien balancea su vida como estudiante, madre y librera, conoce a la perfección la geografía de ese bolso. Si alguien lo abriera hoy, encontraría dos libros de literatura, post-its para combatir los olvidos que le dejó la maternidad, el juguete que acompaña a su hijo en el recorrido hacia la escuela y un labial color vino. «Constantemente estoy retocando mi labial… Me visto con prendas coloridas y a veces extravagantes, todo esto en reivindicación y recordatorio de que por ser madre no debes dejar de verte linda y juvenil o dejar de vestirte como te venga en gana».

Madres y los colores de la vida.

Pero el bolso también carga con el peso de la culpa: «Cuando encuentro el juguete de mi hijo enredado entre mis cosas, me detengo a pensar si le estoy dedicando el tiempo suficiente».

Madres invisibles en la academia

A ese peso emocional se le suma la hostilidad de un sistema que parece ignorarlas. Maye Maga denuncia con firmeza que la universidad no cuenta con espacios adecuados ni amigables para la maternidad: «Algunos profesores y compañeros invalidan un poco el hecho de que haya niñas en el aula o se les cohíba un poco el existir como individuos… Hacen falta espacios donde las mujeres madres podamos ser más visibles y hacer comunidad».

Maye Maga, Madre, estudiante, diseñadora de accesorios.

Lily coincide, recordando el choque diario contra una academia diseñada exclusivamente para estudiantes sin cargas familiares: «La universidad no está diseñada para alguien que materna, trabaja o que tiene varias responsabilidades extra. Es lo que me choca cuando se pretende encasillar al estudiantado en que nuestro deber es estudiar y ser perfectos en ello. Han llegado a decirme: ‘Que ponga en orden primero algunas cosas de mi vida y que luego sí vea si puedo estudiar'».

Cuando descansar se vuelve un lujo: no hay tiempo para existir

Al salir de clase, el campus se vuelve un eco. Mientras otros planean el café de la tarde, ellas aceleran el paso. El trabajo las espera con su propio afán. Daniela, por ejemplo, debe salir corriendo a pie porque no cuenta con medio de transporte propio, cruzar la ciudad para dejar a su hijo con su abuela y regresar corriendo a la universidad para cumplir con las clases que se extienden hasta la noche.

“Ser madre, estudiante y trabajadora no es una carga: es una forma silenciosa de resistencia.”

En esos trayectos, entre la atención al cliente, las herramientas o los teclados, deben guardar a la madre y a la académica en un rincón del alma para ser la fuerza productiva que sostiene sus anhelos y sueños. El tiempo para ellas mismas es un mito. Cuando se le pregunta a Daniela por su rincón propio, responde con una crudeza desgarradora: «Mi rincón para mí, fuera de ser mamá y fuera de la universidad, es en el baño, bañarme. Literal, es la verdad… Uno no tiene tiempo ni de ir al baño tranquilo».

El sabor poético del silencio

Cuando la noche cae sobre Neiva y el bochorno de la jornada cede, llega el instante del reencuentro. Es ahí, en el abrazo de un hijo, donde el cansancio encuentra su justificación. Para quienes logran arañar unas horas a la madrugada, el silencio se convierte en un ritual místico.

“Entre jornadas largas y responsabilidades infinitas, también hay espacio para ser bella, sonreír y seguir soñando.”

Maye Maga aprovecha la quietud nocturna para dibujar, escuchar música y leer, refugiándose en el arte que estudia. Lily, por su parte, transforma «el cuarto de juegos» de su hijo Max, donde un escritorio improvisado convive con juguetes tirados, en su trinchera de estudio.

«Ese silencio es casi poético, nadie valora más el silencio que una madre que triunfalmente ha hecho dormir a su hijo teniendo aún varios pendientes por terminar. Me resulta ritualesco tomar el último café del día, cuando la mayoría ya duerme. ¿A qué sabe? Sabe a frescura, a reposo, a tranquilidad; sabe a lo que sea que se asemeje a un momento genuino de paz».

Las mujeres que sostienen el mundo: más fuertes de lo que imaginaron

Estas mujeres no buscan compasión, buscan reconocimiento. Al mirar atrás, hacia la mujer que eran antes de la triple carga, el balance no es de derrota, sino de un profundo descubrimiento.

Maye Maga lo define con una belleza fulminante: «Algo que le diría a la mujer que fui antes de ser madre es que fue un nuevo nacimiento… Nos hicimos fuertes sin saberlo. Ha sido valiente, resiliente y muy fuerte al no dejar sus sueños atrás».

“Ser madre universitaria es aprender a resistir sin dejar de ser una misma.”

Daniela también encuentra luz en el horizonte: «Aunque se hacen sacrificios que se piensan que pueden ser limitantes, luego uno se da cuenta de que dejan un fruto que es felicidad y regocijo».

La Universidad Surcolombiana no solo está hecha de ladrillos y currículos, sino de estas historias de mujeres que están dando forma, con una tenacidad admirable, a un futuro profesional y a una nueva vida. Son las «manos triples»: las que escriben la tesis, las que cobran el salario y las que acunan el mundo.

“Las madres estudiantes no solo cargan libros: cargan sueños, responsabilidades y vidas enteras.”

A pesar de las barreras invisibles de la academia, ellas no se detienen. Como bien concluye Lily: «Hay miles de realidades dentro de la universidad que no son vistas, y aun así avanzamos de a poco, pero avanzamos».

Cuando llegue el día de recibir el título en el auditorio de la USCO, ese cartón no les pertenecerá solo a ellas; será, ante todo, un testamento de amor, una victoria colectiva y el más grande legado para sus hijos.