En su artículo de opinión en Suregión, Luis Humberto Perdomo sostiene: «Los “celadores” siguen ordenes de sus superiores -con lógicas privadas y excluyentes-, en algunas situaciones los estudiantes deben obedecer y recibir el veredicto sobre quién puede o no entrar al campus universitario. Si usted no lleva un carné que lo certifique como estudiante, no puede entrar. Si usted no prueba que asiste a un compromiso académico o administrativo, no puede entrar. Si usted lleva a su hijo -porque no tiene para pagar a una persona que lo cuide en la casa mientras dedica tiempo al estudio -, no puede entrar. Y entonces, no se trata de invalidar acuerdos de convivencia en el campus universitario, es un interés por reivindicar el carácter público que tiene la universidad pública.»
Por: Luis Humberto Perdomo Romero*

Quiero expresar una crítica a la USCO, como institución, como universidad. A veces pienso que hay un intento deliberado por recrear la estúpida idea de que los jóvenes somos indisciplinados y peligrosos, la cual contribuye a la estigmatización histórica hacia la condición de joven. Esa fisionomía democrática que constituye la idea de Universidad permanece en una visión autoritaria, elitista y monacal. En ocasiones los jóvenes somos mirados con la desconfianza que genera un ladrón, un criminal, un posible agresor. La alternativa institucional a los conflictos de la juventud es una búsqueda permanente de estrategias para la dominación, la sanción y el disciplinamiento.
Hay momentos en los que la universidad es la representación de una comedia, solo que el público no celebra esa comedia, pues observarla es deprimente, es verse a sí mismo en una situación que oprime y excluye, es hacerse consciente de que uno mismo es el objeto de diversión o de burla. No tiene gracia, es absurda.
Allí se reproduce la dicotomía entre dominar u obedecer, una jerarquía que socialmente hemos establecido por siglos y la universidad no ha trascendido a su ruptura. La universidad se configura por estatutos, que se derivan en acuerdos, y estos desembocan en artículos. Así quienes están subordinados o llamados a obedecer, podrán comprender e interpretar la manera en que son autorizados para Ser. Entonces la universidad es el espejismo de la norma, es un pacto para el orden, que se refleja en la orden, para tratar de uniformar los comportamientos, ideas, expresiones, pensamientos y acciones sobre lo que se reconoce como el campus universitario.
Los “celadores” siguen ordenes de sus superiores -con lógicas privadas y excluyentes-, en algunas situaciones los estudiantes deben obedecer y recibir el veredicto sobre quién puede o no entrar al campus universitario. Si usted no lleva un carné que lo certifique como estudiante, no puede entrar. Si usted no prueba que asiste a un compromiso académico o administrativo, no puede entrar. Si usted lleva a su hijo -porque no tiene para pagar a una persona que lo cuide en la casa mientras dedica tiempo al estudio -, no puede entrar. Y entonces, no se trata de invalidar acuerdos de convivencia en el campus universitario, es un interés por reivindicar el carácter público que tiene la universidad pública.
Aún recuerdo cuando fui a la biblioteca en mis primeros días como estudiante. Nunca había visto el espacio de una biblioteca distribuido de semejante manera. Allí los estudiantes tenemos restringido el acceso a los libros, solo es posible si lo solicita en la plataforma virtual; no puede tocar, oler y tener físicamente el libro. Pensaba que no había una conciencia del lugar, no podía llamarse biblioteca, porque esa es otra manía que tiene la Universidad, una adaptación por costumbre a nombrar falsamente las cosas. Se profesa la mentira. Se nombra auditorio lo que en realidad no es auditorio: un salón con 20 sillas. Se nombra sala de informática a una sala con computadores que no funcionan y la mayoría de su tecnología es obsoleta. Y así sucesivamente, se nombran espacios, políticas e iniciativas por costumbre, porque se carece de referentes estéticos, culturales y académicos. Tal vez, vivir en un municipio como Neiva nos ha privado de saber lo que realmente es una biblioteca, un teatro o una ciudad universitaria.
Otro día fui pedir un salón prestado para desarrollar una reunión con un grupo de personas. Me dijeron que no me lo prestaban, la razón era que ese salón tenía televisor, video beam y sonido, y eran vulnerables bajo mi responsabilidad, o tal vez, pensaban que podría hurtar los recursos materiales de ese salón. Este tipo de situaciones son frecuentes, en ocasiones naturalizamos que los estudiantes seamos vistos con desconfianza. De seguro, puedo agregar otras experiencias o hacer un listado con las vividas por otros estudiantes o docentes, pero no es mi propósito.
En días pasados cuando comunicaron la suspensión de “La Venada”, se justificaron en presuntas amenazas por parte de estudiantes, advirtiendo que existía “riesgo de pérdidas humanas, alimentos, y la pérdida del menaje y utensilios”. Nuevamente los estudiantes eran vistos como ladrones y peligrosos para la integridad de la comunidad universitaria.
Entonces, la universidad está en deuda con sus estudiantes, con la autocrítica y la deliberación; se ha optado por la tendencia a profesar la mentira al momento de nombrar, con la intención de maquillar una realidad, y así, negar las vicisitudes inherentes a la crisis. Tal vez ha perdido el sentido de la relevancia, el pensamiento y la profundidad, y tal vez, esa es la esencia que tiene todo aquello que pensamos como “la administración”. Debería volverse a la pregunta: ¿para qué la Universidad? Un intento por suscitar un proyecto común y no excluyente, mantener la disputa por el sentido y el significado, sobre todo, por el de ser joven y estudiante.
*Luis Humberto Perdomo, politólogo de la Universidad Surcolombiana e integrante del Colectivo Globo Verde