En el norte del departamento del Huila se encuentra el municipio de Tello, con 1.226 hectáreas sembradas según el ICA en el año 2022, destacado por la producción de esta musácea. El banano hace parte de la vida cotidiana de muchas familias campesinas. En sus veredas, la siembra y comercialización de este producto ha representado durante años una fuente de sustento para quienes trabajan la tierra y también aportan a la economía local, luego de la producción de café.

Sin embargo, en algunas zonas del municipio esta producción ha comenzado a cambiar. El cultivo de banano ha presentado afectaciones asociadas a enfermedades que han deteriorado las cosechas, reducido la producción y, en algunos casos, llevado a los agricultores a abandonar completamente la siembra. 

En las veredas El Espejo, Bajo Oriente, Medio Oriente y Alto Oriente, del municipio de Tello, las experiencias de los campesinos muestran distintas dimensiones de una misma problemática. Aunque cada finca ha enfrentado la afectación de manera diferente, en los cuatro relatos aparecen la disminución de la producción, el aumento de los gastos y las dificultades para mantener el banano como fuente de sustento familiar.

Entre la lucha y la siembra 

En la vereda El Espejo, Jasnedy Reyes, campesina del sector, cuenta que las plagas han afectado sus cultivos y que, pese a haber perdido dos siembras, continúa buscando alternativas para mantener la producción. Para ella, abandonar el banano significaría perder una parte importante de los ingresos de su hogar. “Así lo paguen bien barato, pero uno no deja de seguir sembrando, hay que no dejarlo acabar porque no hay sustento”, afirmó.

Foto: vereda alto oriente/ Tello

Una situación más crítica vive Soledad Bautista, campesina de la vereda Bajo Oriente. En su finca, el banano hacía parte de la economía familiar, pero los intentos por recuperar las plantas no han dado resultado. “Pues aquí en la finca afectó altísimo porque era parte de la economía que teníamos, pero en este momento definitivamente el banano se acabó”, relató. Antes, la finca podía producir entre una y una tonelada y media cada quince días; ahora apenas logran sacar algunos racimos de las plantas que sobrevivieron.

Foto: vereda medio oriente/ Tello

En Medio Oriente, el campesino Horacio Garzón también ha visto caer drásticamente su producción. Los gastos para intentar controlar la enfermedad aumentaron drasticamente mientras la cantidad de banano disminuía. Pasó de obtener entre 1.000 y 1.500 kilos cada 20 días a recoger solo cerca de 200 kilos en ese mismo lapso de tiempo. “Pues para cada 20 días estaba sacando uno 1.000, 1.400, 1.500 kg de banano, pero ahorita estoy cortando 200 kg”, aseguró. La baja producción y los problemas de calidad terminaron afectando la comercialización y lo llevaron a acabar con el cultivo.

Foto: vereda medio oriente/ Tello

En Alto Oriente,  Lidia Garzón, campesina, describió una afectación similar. Las plantas comenzaron a cambiar de color y parte del fruto dejó de cumplir con las condiciones que exigen los compradores. “Antes sacábamos los 300, 400, hasta 600 kg, 800 kg. Ahora lo más que uno saca son 100 kg”, explicó. Además de producir menos, la familia debe enfrentar el rechazo de parte del racimo, por problemas de calidad.

Foto: vereda medio oriente/ Tello

Cuando llega al comercio 

Lo que comienza en las fincas no termina allí. A medida que el banano sale de las veredas de Tello, las dificultades de los productores también empiezan a sentirse en la cadena de comercialización. Para los comerciantes, ya no se trata únicamente de conseguir el producto, sino de encontrar banano que cumpla con las condiciones que exige el mercado.

Alexander Santos Vargas, quien compra banano en diferentes veredas de Tello y lo comercializa en Neiva y Bogotá, aseguró que en algunas zonas el producto prácticamente ha desaparecido. “En esta región nos está afectando mucho el mal que le está dando, hay partes en donde el producto prácticamente ya no existe en algunas veredas”, contó.

La reducción de la producción también se refleja en el precio. Según Alexander, en Tello el kilo puede estar entre 800 y 900 pesos, dependiendo de su calidad, mientras que en Bogotá puede alcanzar alrededor de 1.200 pesos. Sin embargo, llevarlo hasta la capital implica asumir los costos del transporte y demás gastos de comercialización.

Foto: comercio de banano en las carreteras del municipio de Tello

A pesar de las dificultades, el banano de Tello conserva algo que los comerciantes consideran una ventaja: su sabor. Alexander destaca que el producto es reconocido frente al que llega de otras regiones. Pero esa reputación no elimina el problema económico. “Hay una producción y los precios pues la verdad no son los muy favorables para el campesino ni para uno que lo comercializa”, señaló.

Persisten los problemas

Para Faber, otro comerciante que depende de esta actividad, el panorama es todavía más difícil. La exigencia de los compradores por un fruto de mayor tamaño y grosor deja por fuera parte de la producción local. «Este año ha estado duro, duro las ventas de banano”, afirmó.

Lo que antes representaba entre siete y ocho toneladas enviadas a Bogotá ahora se ha reducido a cuatro o cinco toneladas y media. La situación también ha obligado a Faber a buscar otras formas de ingreso mientras intenta sostener el comercio del banano. Incluso los pagos pendientes hacen parte de sus preocupaciones: “Me deben mucha plata de banano”, dijo. Su testimonio muestra que las dificultades no se quedan en el cultivo; también alcanzan a quienes viven de comprar, transportar y vender lo que producen los campesinos.

Sin embargo, la historia cambia cuando el banano llega a Bogotá. Desde Corabastos, Nilton, comerciante encargado de recibir, madurar y distribuir el producto hacia supermercados y consumidores, aseguró que el movimiento del banano proveniente del Huila se mantiene dentro de un ritmo que considera normal.

“Yo he venido trabajando un ritmo normal”, explicó. Su experiencia muestra que el comportamiento del mercado no depende únicamente de la cantidad de banano que sale de Tello. La demanda, las temporadas y la cantidad de producto disponible también pueden hacer que el precio suba o baje. “El comercio como tal tiene sus idas y bajadas”, señaló Nilton.

Foto: compra de banano en las veredas de Tello

Así, mientras en las veredas algunos productores ven cómo sus cultivos disminuyen y comerciantes como Alexander y Faber enfrentan menos producto y mayores dificultades para venderlo; en Bogotá el mercado continúa moviéndose. El banano de Tello todavía llega a Corabastos y mantiene su reconocimiento, pero el camino entre la finca y el consumidor reveló una cadena en la que cada eslabón comienza a sentir, de una manera diferente, los efectos de lo que está ocurriendo en el campo.

La calidad también se decide después de la cosecha

Entre la finca y el mercado existen personas encargadas de preparar el producto para que pueda llegar en buenas condiciones. Yesenia lleva alrededor de 14 años trabajando como arrumadora de banano. Su labor consiste en organizar el producto que será transportado hacia Bogotá y otros destinos. “Mi trabajo como tal es, después de ser llevado el racimo como tal a la turbo, se desgaja y ese desgajado pasa a un timbo, a un galón de agua en el cual se hace el proceso de lavado para poderlo arrumar adecuadamente, para que no se dañe y llegue el producto de excelente calidad”, explicó.

Desde este punto de la cadena, Yesenia también ha observado cambios en la calidad del producto. Explicó que las condiciones climáticas influyen en la producción: durante el verano, el calor puede acelerar la maduración, mientras que los vientos pueden hacer caer las plantas y afectar el fruto. También relacionó las enfermedades con la disminución de la calidad. “Las enfermedades que están atacando el banano hace también mermar un poquito la calidad”, aseguró.

Foto: compra de banano en las veredas de Tello

A diferencia de lo señalado por algunos comerciantes sobre la disminución de la producción, Yesenia considera que actualmente existe una producción alta de banano. Sin embargo, explicó que cuando hay una mayor cantidad de producto disponible, el precio puede disminuir. “Hay muy buena producción, pero por la cantidad a veces baja el precio”.

La mirada institucional ante la problemática

Antes de que las enfermedades comenzaran a transformar los cultivos, el banano de Tello ya había ganado reconocimiento en mercados como Corabastos, en Bogotá. Su sabor, calidad y aroma aumentaron la demanda y llevaron a que algunos productores buscaran ampliar rápidamente las siembras.

Roherme Laiseca Lubiano, funcionario de la Alcaldía de Tello encargado de los asuntos agropecuarios y ambientales, explicó que ese crecimiento también estuvo acompañado por la llegada de material vegetal de otros lugares sin los controles sanitarios necesarios.

“Entonces, pues hay un comercio que digamos la gente pregunta ya si el banano es de Tello y eso hace que el comercio del banano que se produce acá pues sea muy de alta demanda allá”, señaló. Según Laiseca, algunos productores comenzaron a traer semillas y plantas sin conocer completamente sus condiciones sanitarias.

Para el funcionario, esta práctica pudo contribuir a la entrada de material vegetal infectado y a la posterior aparición de problemas sanitarios en diferentes zonas productoras. “Eso hizo de que se trajeran, se importaran plantas que venían infectadas y llegaron acá a la región y empezó ya a ver un problema sanitario en los cultivos”.

Entrevista realizada a Roherme Laiseca, grabado con grabadora sony

Las alertas llegaron desde los propios productores. A partir de ellas, la Alcaldía empezó a trabajar con el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) para realizar muestreos en las zonas donde se registraba una mayor afectación. Las muestras fueron llevadas a laboratorio para identificar las enfermedades presentes en los cultivos.

Un problema que se extiende por las veredas

La afectación tampoco se concentra en una sola finca. De acuerdo con Laiseca, varias zonas históricamente productoras de Tello han registrado una disminución considerable del cultivo, entre ellas El Espejo, Bajo Oriente, Medio Oriente, El Cedral, La Reforma, Bolivia, San Isidro Alto y otras veredas del municipio.

En algunas de estas zonas, la reducción habría llegado entre el 80 y el 90 por ciento. En otras, el cultivo prácticamente desapareció. “Ya hay agricultores que no quieren saber nada del banano, ya erradicaron totalmente el cultivo”, afirmó el funcionario.

Ante la pérdida de los cultivos, algunos productores han optado por buscar terrenos ubicados a mayor altura con la esperanza de mantener la producción. Sin embargo, Laiseca advirtió que cambiar de terreno no garantiza que el problema desaparezca. La enfermedad puede llegar a nuevas zonas si no se aplican medidas adecuadas de manejo, especialmente en la limpieza y desinfección de herramientas.

Así, el problema del banano en Tello no solo se refleja en las plantas que dejan de producir. También está modificando las decisiones de los campesinos sobre dónde sembrar, qué cultivar y hasta si vale la pena continuar con una actividad que durante años hizo parte de la economía de sus familias.

Dos por uno: baja producción, bajo precio  

A la enfermedad del banano se suma otra dificultad: el precio. Según Laiseca, hace aproximadamente dos años el kilo podía venderse entre 1.000 y 1.800 pesos, mientras que actualmente los productores estarían recibiendo entre 700 y 800 pesos por kilo. Además, los compradores seleccionan únicamente parte de los racimos.

De acuerdo con su explicación, de un racimo de aproximadamente 20 kilos pueden terminar comprando alrededor de 12 kilos, mientras el resto queda sin comercializar.

“De un racimo solamente que pese por decir algo, que pese 20 kg, le compran por ahí casi que 12 kg, como el 60% del racimo; ya el otro 40 se pierde porque para ellos no les sirve sino solamente el banano seleccionado”, aseguró.

La comercialización también ha disminuido. Según el funcionario, anteriormente podían salir de Tello entre 15 y 20 vehículos cargados de banano semanalmente hacia Bogotá. Actualmente calcula que salen alrededor de ocho o nueve.

Los comerciantes entrevistados también describieron un mercado en el que el precio y la cantidad de producto pueden cambiar dependiendo de la calidad y la demanda. Alexander mencionó precios entre 800 y 900 pesos por kilo en la zona, mientras Faber señala que el volumen que logra enviar hacia Bogotá ha disminuido. Desde Corabastos, Nilton explicó que el precio también responde al comportamiento de la plaza y a la cantidad de producto disponible. 

A pesar de la disminución, el banano de Tello conserva un reconocimiento en los mercados locales y regionales por sus características de sabor y aroma. Parte del consumo de Neiva y de municipios cercanos continúa siendo abastecido con producción proveniente del municipio.

¿Qué está haciendo la Alcaldía?

Frente a esta situación, la Alcaldía de Tello ha buscado trabajar con diferentes instituciones. Laiseca explicó que, aunque los recursos municipales para el sector agropecuario son limitados, se han establecido alianzas con entidades como el ICA, el SENA y Agrosavia.

Con el ICA se han desarrollado capacitaciones, asistencia técnica y seguimiento para enseñar a los productores medidas de prevención y manejo. “Tratando como de mitigar el impacto hemos buscado la forma de crear con el ICA unas capacitaciones para informarles a los productores cómo sería el manejo adecuado para tratar de que en los cultivos que estén sanos no llegue la enfermedad”, dijo.

También se han realizado procesos de formación con el SENA relacionados con la elaboración de fertilizantes y biopreparados. Una de las iniciativas mencionadas por el funcionario es el trabajo conjunto con Agrosavia y la Institución Educativa Nicolás García Bahamón, en La Sierra, para establecer un vivero destinado a producir material vegetal sano.

La intención es que los productores puedan acceder a semillas que cuenten con mejores condiciones sanitarias antes de establecer nuevos cultivos. “Produciendo plantas garantizando al agricultor que la semilla que lleva sea semilla sana, de buena calidad y productividad”, manifestó. Sin embargo, Laiseca reconoció que las limitaciones económicas dificultan ampliar estas acciones.

“Usted sabe que siempre con esos muy, muy poco recursos que cuenta el municipio, pues siempre ha sido difícil”, dijo. La Alcaldía también ha planteado la necesidad de que los campesinos diversifiquen sus cultivos para disminuir la dependencia económica del banano. Entre las alternativas mencionó otros frutales, como el aguacate, dependiendo de las condiciones de clima y suelo de cada finca.

Lo que dicen los técnicos

Lo que los campesinos describen desde sus fincas tiene también una explicación técnica. Uriel Andrés Monrebonilla, médico veterinario con experiencia en producción agropecuaria en el Huila, explicó que se tiene conocimiento de la presencia de Fusarium Raza 4 Tropical (Foc R4T) en la región de Tello. “Tengo conocimiento de la enfermedad de FOC raza 4T, que es un hongo que está afectando actualmente específicamente la región de Tello”, dijo.

Según explicó, una de las principales dificultades de esta enfermedad está relacionada con su forma de propagación. El hongo puede movilizarse mediante el suelo y materiales contaminados, pero también a través de las personas, vehículos, herramientas y material de siembra.

El suelo contaminado puede adherirse a las suelas de los zapatos o a las llantas de los vehículos y terminar trasladándose a otros terrenos. Por eso, medidas como la limpieza y desinfección de las herramientas hacen parte de las acciones de bioseguridad.

El ICA adelanta labores de vigilancia, prevención, diagnóstico y acompañamiento a los productores. Entre estas acciones están las capacitaciones, el seguimiento a los cultivos y el control de las unidades productivas donde se detectan casos positivos.

Aquí existe una diferencia de conceptos técnicos respecto al hongo. Durante la entrevista, Laiseca habló de “Fusarium Raza dos”, mientras que el funcionario del ICA consultado para este reportaje identificó la presencia de Fusarium Raza 4 Tropical (Foc R4T). Por tratarse de una diferencia técnica entre las fuentes, la identificación específica de la raza del hongo exige una verificación técnica antes de presentarla como una conclusión definitiva.

Foto: vereda alto oriente/ Tello

El funcionario también explicó que controlar este tipo de enfermedades resulta complejo porque el hongo puede permanecer en el suelo. Por ello, las medidas no se concentran únicamente en la planta, sino también en el terreno y en las zonas que pueden representar un riesgo de propagación.

Del campo a la mano: ¿qué sabe el consumidor sobre el banano que compra?

Mientras los productores enfrentan enfermedades, los comerciantes hablan de precios y los trabajadores se encargan de preparar el producto para su transporte, al otro lado de la cadena están los consumidores. Para ellos, el banano hace parte de la alimentación cotidiana, aunque no siempre tengan claridad sobre el lugar de donde proviene.

Juan Esteban, estudiante de Comunicación Social y Periodismo de sexto semestre, dijo que consume banano con frecuencia, incluso una o dos veces al día. Normalmente lo compra en la tienda de su barrio y aseguró que cada unidad puede costar entre 400 y 600 pesos. Sin embargo, cuando se le pregunta por su procedencia, reconoce que no sabe de dónde viene.

Una percepción diferente tiene Isabella Moreno, estudiante de Comunicación Social, quien compra banano aproximadamente cada ocho días y lo consume día por medio o cada dos días. Para ella, el precio cambia dependiendo del lugar donde lo compre. En supermercados ha encontrado la libra alrededor de 3.200 pesos y, cuando está en promoción, entre 2.500 y 2.600 pesos. En cambio, cuando compra una unidad en la Universidad Surcolombiana, asegura que puede pagar cerca de 1.000 pesos por un solo banano.

Para Isabella el precio no es lo único que cambia. También encuentra diferencias en el sabor dependiendo del lugar donde lo compra. “Si lo compro fresco en las ferias o en la plaza del pueblo de Rivera  es como más dulcecito”. En cambio, cuando lo consume en Neiva o en la Universidad Surcolombiana, describe el sabor como diferente y aseguró que deja “una sensación rara”.

Aunque Isabella sabe que el banano proviene de cultivos, no identificó con claridad una zona específica de producción. Su respuesta evidenció que conocer el producto que se consume no necesariamente significa conocer el territorio del que proviene.

Zulma Muñoz, docente universitaria, por su parte, dijo que compra banano aproximadamente cada ocho días, especialmente los fines de semana, y lo consume casi a diario. En su caso, prefiere adquirirlo en la galería antes que en los supermercados. La razón está relacionada con la calidad y el sabor que encuentra en el producto.

“Nosotros lo compramos en la galería precisamente por eso, porque no nos gusta el banano que venden en los supermercados, que tiende a ser tipo exportación, entonces no es el mismo sabor, es completamente diferente”, manifestó.

Para la profesota Zulma, el banano que encuentra en la galería conserva características que reconoce como propias del producto que consume habitualmente. Lo describe como un banano criollo, con “un sabor diferente, una textura diferente”. Aunque cree que puede provenir del Huila, alrededor de Gigante, reconoció que no tiene certeza sobre el lugar exacto donde fue cultivado.

Estas respuestas evidenciaron que, aunque el banano está presente de manera cotidiana en la alimentación de los consumidores, no siempre existe una relación directa entre quién compra el producto y quien lo cultiva. El precio, el sabor, la textura y el lugar de compra son más visibles para el consumidor que el origen del banano o las dificultades que atraviesan quienes lo producen.

Una pérdida cultural 

Pero mientras las instituciones hablan de bioseguridad, vigilancia, asistencia técnica y control, en las veredas los campesinos hablan de otra realidad: los cultivos que se pierden, los gastos aumentan y los ingresos disminuyen. El problema no es únicamente sanitario. También es económico.

Horacio pasó de sacar hasta 1.500 kilos de banano cada 20 días a recoger alrededor de 200 kilos. Soledad recordó cuando en su finca se producía entre una y una tonelada y media, cada quince días y ahora, apenas sobreviven algunas matas. Lidia contó que la producción pasó de alcanzar hasta 800 kilos a unos 100 kilos y, que los cortes ya no se hacen cada quince días, sino cada mes.

Para estas familias, el banano no representa solamente una cosecha. Es la posibilidad de pagar los gastos de la casa, comprar comida y sostener a sus familias. Y también es parte de su vida.

Horacio todavía recuerda las tortas que preparaba con el banano de su finca y que enviaba a sus hermanas y sobrinas. Ese recuerdo evidencia que lo que se está perdiendo en Tello no son solamente kilos de fruta o ingresos económicos. También se está transformando una forma de vivir la tierra, de trabajarla y de compartir sus frutos con la familia. Mientras algunos campesinos continúan sembrando porque, como dice Jasnedy, “no hay sustento” si dejan acabar el cultivo, otros ya tuvieron que tomar la decisión de abandonarlo.

El banano de Tello todavía llega a los mercados y conserva el reconocimiento que durante años construyeron sus productores. Pero detrás de cada racimo que sale de una finca hay una historia distinta: la de quienes luchan por mantenerlo, la de quienes intentan controlar la enfermedad y la de quienes ya tuvieron que dejarlo atrás.

Y al final de esa cadena está también quién lo consume. Una persona puede comprar un banano por unos seiscientos o mil pesos, comerlo en su casa, en la universidad o acompañando en una comida, sin saber necesariamente de qué finca salió, quién lo cultivó o qué ocurrió antes de llegar a sus manos.

Mientras el consumidor ve un alimento cotidiano, detrás de ese fruto hay trabajo, sudor y preocupación de familias que han visto disminuir sus cultivos, comerciantes que enfrentan dificultades para venderlo y productores que todavía intentan encontrar una forma de seguir sembrando para no perder esa exquisita fruta que aporta a nuestras comidas y hace parte de las recetas del campo.

Por eso, la historia del banano en Tello no termina cuando el racimo sale de la finca. Continúa en las carreteras, en los mercados, en las galerías, en las tiendas y, finalmente, en la mesa de quienes lo consumen.

Y aunque el banano todavía se mueve y se vende, para muchos campesinos la pregunta ya no es solamente cuánto pueden producir, sino cuánto tiempo más podrán seguir haciéndolo. O si algún día sus tierras volverán a producir, o si quedarán en el recuerdo las cortadas de los vástagos y la mancha en sus ropas de aquel lindo trabajo que representa sembrar, poder vender, generar ingresos y, finalmente, poner en las manos de alguien una fruta que pueda saborear.