La «Gesta de la Memoria» contra el olvido institucional

Caminar hoy por los pasillos de la Universidad Surcolombiana es, a veces, tropezar con un muro de indiferencia. Si en las aulas de hoy se pregunta por la historia del departamento, por las luchas agrarias o por figuras de la talla intelectual de Olga Tony Vidales, la respuesta suele ser el silencio. «Nada, nada», se lamenta una voz al otro lado del teléfono. Es el profesor Luis Ernesto Lasso, una de las voces de la vieja guardia de la USCO. Su voz, ronca y cargada de una gusanería que le carcome las entrañas, no habla por queja; habla por dolor. Le duele la universidad actual, le duele el letargo de sus estudiantes y le duele el olvido sistemático que pesa sobre aquellos que gastaron su vida pensando la región.

Pasillos de la USCO. El escenario cotidiano donde hoy se cruzan el bullicio juvenil y, según el profesor Luis Ernesto Lasso, un silencioso muro de indiferencia institucional frente a la historia y las luchas de la región.

Su llamada telefónica no es una simple conversación; es un mapa de resistencia trazado por el profesor Lasso para rescatar una memoria que la oficialidad insiste en engavetar.

El activismo, la paz y el compromiso político

Durante la entrevista, el profesor Lasso enfatizó cómo ser un intelectual de izquierda en el Huila ha sido, históricamente, un oficio de alto riesgo. La memoria regional está marcada por la tragedias de la Juventud Comunista (JUCO) y líderes de procesos de paz locales que terminaron acribillados en la intimidad de sus parcelas.

Este doloroso paisaje fue el hábitat natural del compromiso de Olga Tony Vidales. Defensora de los derechos humanos y voz poética de las causas populares, Olga Tony no entendía el conocimiento lejos de las dinámicas sociales. Su obra se entrelaza con una generación de académicos que, como bien recuerda el profesor Lasso en su llamada, «no construían las ideas desde la comodidad de un escritorio, sino compartiendo el destino, muchas veces trágico, de su pueblo».

La resignificación de la identidad Opita y el «Ancestro Berraco»

«A mis estudiantes se lo repito todos los días: eso de sentir orgullo por ser ‘opita’, si se entiende desde el opita que significa tontico o sumiso, vale huevo«, dice el profesor Lasso con una honestidad brutal que estremece el auricular. Para él, y para la estirpe intelectual y crítica a la que perteneció Olga Tony, la identidad huilense ha sufrido una sutil pero humillante trampa: la folklorización.

El «ancestro berraco». Vestigio de la cultura megalítica en San Agustín, Huila. Para el profesor Lasso y Olga Tony Vidales, el verdadero orgullo «opita» radica en esta raíz histórica e intelectual, y no en la sumisión ni en la caricatura folclórica de vitrina. (Fotografía histórica de excavación / Archivo Arqueológico del Alto Magdalena / ICANH).

Para el docente, la riqueza de la región parece haberse reducido a un turismo de vitrina en San Agustín o en Rivera, el cual critica abiertamente en la llamada afirmando de manera tajante: «como si fuera mostrar las nalgas y las tetas de alguien».

(Retrato al óleo de Olga Tony Vidales, Archivo Institucional de la Universidad Surcolombiana).

Frente a esa caricatura del Huila dócil, Lasso rescata el pensamiento de Olga Tony Vidales. Ella entendía que el verdadero origen regional no radica en el servilismo folclórico, sino en un «ancestro muy berraco« que late en la cultura megalítica del Alto Magdalena, exigiendo el respeto científico e intelectual de un pueblo históricamente estigmatizado.

La defensa de José Eustacio Rivera y el rigor literario

El profesor Lasso denuncia en la llamada un síntoma alarmante de la academia regional: el Huila se precie de tener una Historia General condensada en seis tomos, pero en sus páginas habita un silencio sepulcral sobre heridas abiertas como el saqueo petrolero, e incluso se duda de la existencia misma de La Gaitana. «¿Quién analiza los temas fundamentales de nuestro Huila? Nadie, y en la universidad menos«, sentencia con amargura.

José Eustacio Rivera (1888–1928). Escritor, abogado y diplomático huilense, cuya obra cumbre, La Vorágine, y su teatro de conciencia social siguen siendo un faro de exigencia intelectual para la región.(Ilustración de archivo / Dominio público)

En un ecosistema cultural donde hoy «cualquiera se las tira de cuentista o de poeta» en encuentros literarios vacíos de rigor, el fantasma y el legado de Olga Tony emergen como un faro de exigencia. Ella encarnaba la antítesis de la vanidad efímera. Al igual que aquellos académicos que, siguiendo el ejemplo del profesor Lasso, hace más de treinta años montaban la tragedia de Juan Gil de José Eustacio Rivera con jóvenes de los municipios que terminaban llorando porque se reconocían en ese dolor contemporáneo, Olga Tony abogó por una literatura con conciencia social y filosófica. Sabía que La Vorágine no era solo la historia de una selva que devora hombres, sino una radiografía profunda de la violencia y el anuncio de un estallido literario que la mediocridad local aún no alcanza a comprender.

Un pacto con el futuro

Antes de colgar, el profesor Lasso deja caer una última petición que suena a mandato ético y pedagógico para este cronista de SuRegión: «Ojalá que lo que pongas no sea una cosa desastrosa, sino lo que ayude a construir buena memoria en los eventos de la universidad«.

La llamada termina y el silencio vuelve a los pasillos de la USCO. Sin embargo, las palabras del viejo maestro Lasso y el eco de Olga Tony Vidales quedan flotando en el aire del campus. Este trabajo no pretende ser un lamento fúnebre, sino el puente necesario para que las nuevas generaciones entiendan que caminar por esta universidad es caminar sobre las huellas de gigantes. Olga Tony Vidales no es solo un nombre en un archivo; es la memoria viva que nos exige dejar de ser «tonticos» ante la historia, recuperar el rigor en las aulas y volver a mirar el territorio con los ojos de quienes se negaron a ser domesticados.