Por: Karla Cano, Gisley Correa y Gabriela Santamaría

El lunes 14 de junio de 1999, la joven Maritza Riveros se encontraba en un animado paseo a río organizado por su empresa, todo marchaba de maravilla. Los chistes y las risas no faltaban y la felicidad era notoria en la cara de cada persona que se encontraba allí, incluyendo a Maritza. Con el pasar de las horas su esposo Carlos Cano llegó a la finca del encuentro, a recogerla, ya que no había podido asistir. Con la intención de disfrutar un poco, su esposo y otros compañeros se tomaron una o dos cervezas, algo típico en los paseos de río.

Pero el sol comenzaba a esconderse y era momento de partir. Maritza se negó rotundamente a las peticiones de sus compañeros de realizar el viaje de vuelta en el bus que los acompañaba y decidió irse en la motocicleta con Carlos. Eran aproximadamente a las 6 de la tarde, en el kilómetro 36 de la vía nacional de Aipe que conduce a Bogotá, cuando todo dio un giro inesperado. 

El impacto fue brutal. Un estrépito frenazo nubló la consciencia y memoria de Maritza. Tras recibir la totalidad del impacto y terminar a varios metros de distancia cubierta por las heridas de la irresponsabilidad, jamás imaginó que aquel golpe sería el inicio de un infierno sin fin. Carlos y Maritza yacían en el suelo entre gritos desesperados de sus compañeros que buscaban ayuda y un medio de transporte que los llevara al hospital más cercano. 

Mientras tanto, etanol y adrenalina corrían por las venas de Jorge Eduardo Tapicha, quien con rapidez intentaba esconder las latas de cerveza que delataban su crimen al volante. Un médico, especializado en el tratamiento de los más pequeños, no fue capaz de brindar primeros auxilios pues no se encontraba en sus cinco sentidos. Su principal preocupación, y la de sus familiares, fue limpiar su nombre. Jorge Eduardo se negó a llevarlos al hospital, Carlos y Maritza duraron eternos minutos en el ardiente pavimento mientras la expresión facial de Tapicha no denotaba ningún gesto de preocupación hacia ellos.

La angustia de sus compañeros de trabajo logró que un desconocido los trasladara en una camioneta, al llegar al hospital todos se preparaban para lo peor. La epicrisis de Maritza relata cómo su cuerpo se encontraba en partes, afectado en su totalidad por el impacto. Su cráneo se fracturó junto a su clavícula, brazo y pierna izquierdos. Maritza se desangraba lentamente mientras el área de cuidados intensivos del hospital universitario Hernando Moncaleano Perdomo de la ciudad de Neiva se llenaba de médicos y estudiantes que con desesperación atendían las heridas.

Maritza tenía el peor de los pronósticos. Al borde la muerte, postrada en una camilla de hospital, con un tubo incrustado en la garganta que con mucho esfuerzo le permitía respirar y una manguera saliendo de su estómago que le ayudaba a comer y seguir “viva”. Ella se encontraba sumida en un mundo ajeno desde el momento del accidente, su último recuerdo se repetía como disco sin fin mientras aquellos que seguían conscientes se dedicaban a rezar por su salud.

Con el paso de los días las vendas y el yeso que rodeaban su pierna izquierda, colocadas y supervisadas por manos poco expertas, comenzaron a impedir el recorrido de la sangre. La infección se apoderó por completo de la pierna y cuerpo de Maritza. Aquel tejido putrefacto y muerto se extendió a toda velocidad, la orden del médico encargado fue amputar la pierna. Una decisión debía tomarse y Maritza seguía en un sueño profundo del que sus familiares temían no despertara. Personas ajenas a su cuerpo y a su vida, como su padre, habían perdido la esperanza y sufrían el agonizante dolor que ella parecía no sentir.

Tendida como objeto en la fría mesa del quirófano Maritza, sin saberlo, era puesta en manos de los médicos que tras el “si” de su padre se disponían a hacer todo lo posible para mantenerla con vida. Los médicos revisaron hasta donde llegaba la infección y el tejido muerto. Colocaron un torniquete justo por encima de la rodilla para cortar la circulación y comenzaron a cortar. Como si se tratase de cualquier tipo de carne y sin dolor alguno mutilaron el miembro. Con cuchillos filosos se hicieron paso entre la carne y la piel. Llegaron al hueso y con una sierra lo destrozaron por completo. La piel que colgaba fue posteriormente estirada para cubrir lo que quedaba de hueso, que por último fue grapado y cosido. Ahora Maritza carecía de su pierna izquierda y una parte de su hígado el cual también estaba fuertemente afectado por el accidente.

La salud de Maritza decaía rápidamente, conectada a diferentes aparatos electrónicos para que su corazón siguiera latiendo, no era consciente de la gravedad de su situación ni escuchaba las crueles palabras de aquellos que la daban por muerta. Sin embargo, ella seguía en su lucha contra la muerte. 

Pasaron los meses y la vida transcurría entre las declaraciones legales de aquellos involucrados y las pulsaciones del monitor cardíaco que registraba el esfuerzo de Maritza por seguir con vida. El momento de comenzar el proceso legal llegó y junto a él aparecieron las acusaciones contra Carlos Alberto Cano y Jorge Eduardo Tapicha, los que llevaban el control al volante. Abogados, declaraciones y pruebas de alcoholemia acompañaban la búsqueda de justicia para encontrar un culpable.

Después de tres meses Maritza despertó, pero esta vez Maritza no era Maritza. Detrás de aquellos ojos que alguna vez brillaron de ilusión solo se encontraba un sentimiento de vacío. Mientras su esposo la sujeta fuertemente para ayudarla a bañar, ella regresa realmente a la vida.“¿Usted sabe quién soy yo?” le pregunta su esposo, a lo que ella responde “Si, mi marido”. Pero al bajar la mirada se encuentra con una escena aterradora. La mitad de su pierna no estaba, en su lugar solo encontraba los restos de esta encajada en un muñón. Un pedazo de carne corto y redondeado, lleno de cicatrices que van de extremo a extremo, flácido y reseco. El recordatorio de aquella mutilación se encuentra cosido a su cuerpo y no puede escapar de él. Rompió en llanto, no podía asimilar la nueva realidad que tendría que vivir de ahora en adelante. 

Durante mucho tiempo Maritza tuvo que depender de Carlos para poder realizar sus actividades básicas como bañarse e ir al baño ya que no se podía mover por sí sola. El estado de shock la tenía en un trance mientras los exámenes y las visitas al doctor seguían con aparente normalidad. Como si no fuera suficiente, el doctor le dio otra noticia desalentadora. Debido al accidente su matriz se había volteado y lastimado, lo que le impediría a Maritza tener hijos. Uno de los sueños de Maritza y Carlos se derrumba junto a la esperanza de mejora. El trago era amargo, los días grises pasaban y Maritza seguía sintiéndose como un huésped en su propio cuerpo. 

En búsqueda de libertad e independencia Maritza fue orientada hacia Bogotá para realizar los trámites de su prótesis. Allí comienza a sentirse muy enferma, “Debe ser mal de altura” comentan aquellos que la rodean. Sin embargo, lo último que esperaban era la noticia del embarazo de Maritza. Tendrían la familia que siempre habían querido. 

Este embarazo no sería fácil, la condición de Maritza la llevó a ser incapaz de darle suficiente oxígeno a su bebé, situación que pondría de nuevo en riesgo la vida de Maritza y de su tan esperado hijo. Su marido y su padre, por órdenes de los médicos, debían tomar la difícil decisión de elegir a uno de los dos para salvarle la vida. Pero ambos se negaron. No dejarían que la muerte le arrebatara la vida a esta mujer que tras un inmenso sufrimiento comenzaba a vivir de nuevo y a un indefenso niño que estaría por venir. Después de meses luchando contra las adversidades Maritza estaba decidida a ganar la batalla. Al final fue posible salvar la vida de ambos y este hijo se convirtió en su principal motivación para vivir y superar ese horrible episodio de su vida. 

Pasó más de un año desde el accidente y los procesos legales seguían en pie. El abogado que estaba en la defensa de Martiza le jugó una mala pasada, pues a través de una red de engaños y presunto dinero bajo la mesa, le dijo que lo mejor era cerrar el caso o de lo contrario su esposo terminaría en la cárcel. Maritza al tener poco conocimiento sobre la realización de estos procesos decide atender esta orden, por lo cual desistió del caso. Tapicha quedó libre, sin ningún tipo de multa y Maritza no recibió ningún aporte económico a pesar de las lesiones.  

Como si fuera poco, este accidente le quitó también a su anhelada familia. Carlos al ver que no ganarían las demandas del accidente y que no llegaría el dinero que esperaban como compensación, terminó su relación con engaños. Este hecho devastó a Maritza, pues esta situación le creó ciertos complejos con su apariencia física. Tras la separación con su esposo Carlos, Maritza se enteró que traía otro bebé al mundo. Ahora tenía dos razones por las cuales salir adelante y superar cada una de todas las dificiles situaciones que atravesaba desde el momento de su accidente.  

“Mis dos hijos son lo único bueno y bonito que me dejó el papá de ellos dos” dijo Maritza. Ella encontró en ellos la motivación para poder salir adelante e intentar sanar emocionalmente. Además, ella asegura que en ellos encontró un apoyo y un respaldo incondicional. Su hijo mayor Yeison asumió su rol como protector del hogar, le brindó todo el apoyo que necesitaba y se convirtió en la figura paterna para la niña menor, Karla. 

Maritza actualmente tiene 50 años. Aunque ya pasaron casi 27 años de aquel trágico día que casi le quita la vida, aún lo sigue recordando con dolor. Todavía caen lágrimas por su rostro al recordar estos difíciles días que tuvo que pasar. Ella vive envuelta en esta triste historia a través de lo que le cuentan los testigos de este suceso y de los archivos de los procesos legales que se llevaron a cabo en aquel tiempo. Así poco a poco Maritza ha ido recordando y reconstruyendo su propia historia. Sus hermanas, tías y sobrinas la reconocen como una mujer valiente y echada para adelante que tuvo que iniciar su vida desde cero, con dos grandes responsabilidades, sus hijos. A pesar de todo su dolor, Maritza logró sacar a sus dos hijos adelante sola, brindándoles un hogar lleno de amor, respeto con una educación digna y de calidad.