Por: Laura Marcela Perdomo
@exquisitofrenik
“¿Cuál es la foto más antigua de la familia que aún conservas?”, le pregunté a mi padre un día. Él simplemente dio un giro en la silla de su escritorio donde trabajaba y se posó justo al frente de aquel cajón enorme donde conserva todos los recuerdos de mis abuelos paternos, impregnados con ese olor a reliquia, a memoria encendida por el tiempo. Entonces empezó a escarbar en los recuerdos materializados: una cámara fotográfica Kodak, una análoga Zenit y una filmadora; algunos objetos más como collares, anillos y escapularios, cartas guardadas con ese marrón que deposita el paso de los días, libros de poemas escritos por mi abuela, monedas antiguas de siglos pasados y dos álbumes fotográficos enormes donde se consignan no todos pero si algunos de los más significativos momentos. De repente, sacó un sobre mediano con una fotografía muy antigua, “es de 1929 si no estoy mal”, me dijo. La imagen aún intacta sobre una especie de cartón, tenía las huellas de un marco que seguramente sirvió de soporte para mostrarse sobre alguna pared o muro y en ella, mi bisabuelo muerto yaciendo sobre un ataúd mientras una parte de su familia rodea su féretro.
La fotografía no conserva todos los detalles, pero si los aspectos más sobresalientes e importantes; la polilla le creó algo así como unas cicatrices pequeñas que de ser restaurada desaparecerían. “Esta foto es muy vieja, me dijo mi padre, el del ataúd es su bisabuelo José Gregorio, y éste -me señala al tercer joven de izquierda a derecha de unos 19 años- es su abuelo”, concluye. Fue tomada en el municipio de Colombia del departamento del Huila a finales de la década de los 20 y perfectamente puede ser una fotografía que se pueda exhibir en un museo, pues refleja una práctica cultural y tradicional manifestada en fotografiar a un familiar muerto en cierta posición como recordatorio familiar. Fotografías post- mortem, que es como se denominan.
Mi bisabuelo José Gregorio padecía de complejos problemas de bronconeumonía, y en su finca ‘El playón’ de ese municipio después de 105 años de vida, murió dejando cuatro esposas e innumerables hijos, bisnietos y tataranietos. Con Carmelita, su última esposa y mi bisabuela, nacieron tres hijos entre los que se encuentra mi abuelo Agapito, “es que los hombres de esa época como su bisabuelo eran vigorosos y tenían muchísimos hijos, a su abuelo su padre lo tuvo cuando tenía un poco más de los ochenta años”, me dijo mi padre. Entonces entendí la longevidad que estuvo latente en mi abuelo, pues murió a los 97 años de la misma enfermedad de su progenitor, dejando cuatro hijos. Yo creo que mi padre también conserva esos mismos dones, “yo viviré mucho tiempo, así como papá”, aseguró.
Cuando mi bisabuelo murió, Pablo Emilio, uno de sus hijos -el quinto de izquierda a derecha en la fotografía-, se quedó en “El playón” y allí se casó y tuvo hijos, mientras que Agapito junto con sus dos hermanos, llegó a Neiva a trabajar y establecer sus vidas.
En 1886 Colombia fue catalogado municipio, pero en 1893 un incendio lo destruyó y tuvo que ser reconstruido. Cuando mi bisabuelo murió, tan sólo habían pasado 36 años después de este último episodio y las pocas tierras de propiedad que existían estaban en manos de algunos campesinos que posteriormente fueron convirtiéndose en terratenientes. Por otro lado, el país acababa de salir de un suceso que marcó para siempre la mirada a los conservadores: la masacre de las bananeras, ocurrida el 6 de diciembre de 1928. Al siguiente año, Jorge Eliécer Gaitán, líder y candidato liberal a la presidencia, llevaba al congreso los debates alrededor de este hecho mientras que los conservadores erigían fuertes persecuciones a supuestos complots comunistas montados presuntamente por los liberales. La guerra bipartidista escalaba lentamente para ser detonada el 9 de abril de 1948, día en que fue asesinado Gaitán.
Pablo Emilio también fue víctima de esa guerra bipartidista. Fue asesinado por los conservadores años después de ser desatada lo ola de violencia que hasta ahora mantiene al país sumido en una especie de desespero, de ambivalencias e incertidumbres. Cabe resaltar que mi bisabuelo y toda su descendencia eran liberales, mi abuelo alcanzó a conservar esas raíces ‘rojas’ que también le heredó a su hijo, mi padre.
Los hijos de Pablo Emilio fueron criados entonces por su tío Agapito que decidió que lo más prudente era que se trasladaran a Neiva y vivieran allí junto a su esposa y sus hijos. Las tierras de “El Playón” fueron inundadas y de estos terrenos no se volvió a saber nada, jamás. Quizá las riveras del río Ambicá, aquel afluente que pasaba muy cerca, hizo de las suyas y se llevó más que los terrenos, una vida entera de generaciones que trabajaron la tierra y la convirtieron en sustento.
“Esa foto casi la botan a la basura”, me contó mi padre cuando relató que después de la muerte de mis abuelos, muchos objetos y numerosas fotografías iban a ser desaparecidas, “tenía un marco, no sé qué se habrá hecho, pero yo la rescaté”, comentó.
Mientras veo los rostros nostálgicos de las personas que cobran vida en la foto sosteniendo el ataúd de mi bisabuelo, empiezo a tener presente una historia entera y parte de una vida que se extendió sobre distintos lugares, con diferentes nombres y en otros tiempos. Su semblante de trabajadores de la tierra, también me da a conocer un arraigo fiel de mi pasado lejano y una consciencia plena de mi presente. En esos años, difícilmente se podían retratar este tipo de situaciones familiares, no tanto por ser el retrato de un muerto, sino porque transportar a una finca al único fotógrafo del pueblo junto con sus implementos de trabajo y con éstos a su técnica, era costoso y muy dispendioso, por lo que esta práctica fue atribuida a familias con capacidad económica.
La fotografía aún pervive como un recordatorio familiar, sigue guardada en el enorme cajón junto a otras fotografías un poco más recientes. Me da gusto saber que aún existe, porque de otra forma nunca hubiera conocido esta pequeña pero importante historia de mi pasado.