Por: Carlos Romero Artunduaga

El nueve de septiembre la comunidad universitaria se dividía las opiniones frente a los hechos ocurridos días atrás. Eran más de las diez de la mañana y desde las afueras de la universidad a parte de escucharse comentarios entre estudiantes, se podía percibir el ambiente que se quería generar en aras a la asamblea general de las horas de la tarde, los diversos grupos culturales, en un buen intento de hacer valer su voz de protesta se tomaron las ágoras de la USCO y mediante el canto y el baile demostraron que la identidad se puede construir de diversas maneras.

“Son ocho, con la anterior ya son ocho. Las tengo contadas” me decía doña Ceci con una sincera sonrisa. Había decidido acercarme a conversar con ella mientras iniciaban mis clases, no muy lejos de nosotros cerca de cinco personas se asomaban por la entrada que dirige al parqueadero de la facultad de artes, era predecible que sus intereses de minuciosa observación iban más allá de los actos culturales que se realizaban en ese momento, realmente lo que las personas querían ver eran los estragos que habían dejado los disturbios del martes anterior, y efectivamente los vieron. Han estado así toda la mañana, me indicaba en un tono mucho más serio Doña Ceci, todo el que pasa quiere ver la cafetería, que dicen está hecha pedazos, y todo lo que quemaron. Cuando le pregunte si no le daba miedo quedar en medio de los tropeles estudiantiles, me respondió: Un poco, es la octava vez que me toca presenciar una asonada estudiantil y a pesar de todo uno se va acostumbrando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cecilia Ibáñez Barrera o como la conocen todos “doña Ceci”, pues así se llama su negocio de empanadas y pasteles, llega a las afueras de la inbstitución todos los días menos los domingos, a eso de las diez de la mañana, los años de experiencia le han dejado claro los horarios de mayor venta, sólo de esa manera la encontramos o más temprano o más tarde descargando del vehículo rojo de su esposo los materiales que serán necesarios para su jornada de trabajo, que por cierto va hasta las ocho de la noche.

Bajo la sombra del árbol donde ha ubicado por más de veinte años su negocio la señora Cecilia, recordé que hace un par de semestres había hecho un trabajo radial con ella, y por eso me parecía indicado darle vida a esta historia,. Luego de deliberar sobre el tema decidí no entrar a clase y a cambio de eso, escuchar lo que decía la gente sobre lo sucedido y en especial mi protagonista, que se dispuso a contarme algunos detalles del tres de septiembre mientras atendía a algunas personas que se acercaban a la venta de empanadas.

-Llegue a trabajar normalmente esa mañana, a diferencia de otras ocasiones yo ya sabía lo que iba a suceder, pero sin embargo, mi esposo y yo vinimos a trabajar. Eran como las nueve y media cuando escuchamos la primera papa bomba, mi marido se asustó y me pidió que recogiéramos rápido, yo estaba acomodando las cosas para salir, cuando suena la otra, en la Universidad se siente el pánico, pero realmente yo me sentía tranquila. Hizo una breve pausa para ofrecerme un vaso de avena y dar el cambio a una joven que distantemente nos escuchaba, luego prosiguió, – Y sí, gracias a Dios recogimos rápido y logramos pasar antes que bloquearan las vías – ¿O sea que ese día no trabajo más? Le pregunté. –Sí, yo no puedo parar, Mi marido y yo decidimos irnos al parque del amor y la amistad. Las ventas acá en la universidad son buenas y en esos días de tropel lastimosamente las ventas bajan un poco, pues se suspenden las clases los días posteriores y eso no es bueno para nadie.

Del campo a la ciudad

Oriunda de Sogamoso Boyacá, doña Ceci llegó hace 34 años a la capital del Huila, los recuerdos que aún no le toman ventaja le dan forma clara a lo que ha sido su vida en esta ciudad, y como dato de partida, se refiere a que son los mismos años que lleva de casada con don Carlos Julio Cubillos, su mejor y único compañero. Los deseos de salir a delante que son una característica fundamental en cualquier persona, se acrecentaron en especial en la nueva familia que aunque estuviera en tierras diferentes, no vería el menor problema en iniciar su vida en esta ciudad.

Con su buena receta, hacia el año 1986 doña Ceci llega a lo que 10 años antes (1976) era el instituto tecnológico ITUSCO, y que gracias a las luchas estudiantiles de momento hoy conocemos como Universidad Surcolombiana. Recuerda claramente que fue para un diciembre, mes en el cual se habían abierto las matrículas para el Colegio INEM y al cual decide llegar por percepción de buenas ventas. Con ansias de ser independiente y tener su propio local, toma la decisión de dejar a un lado las contratas de pasteles que entregaba años atrás a colegios como el Cooperativo, el Reinaldo Matiz y la Normal y se decide por marcar la historia de nuestra universidad y de paso establecer su nuevo punto de ventas.

Entretenido con la charla que llevaba con la señora Cecilia, la idea del tiempo no había logrado su objetivo de apurarme y por el contrario se me había pasado bien lejos, por lo que lograba observar en los reflejos del sol ya se aproximaba el medio día y los actos culturales eran el ambiente de fondo que acentuaba el movido lunes de doña Cecilia. En alguna charla anterior a la de esa mañana, la señora de Cubillos me contaba el respeto que sentía y que aun siente frente a las luchas estudiantiles, está completamente segura que los motivos son más que validos. En una frase sentida y marcada por el agradecimiento deja más que claro el argumento de su manera de pensar; “La USCO me ha dado mucho y por lo tanto he disfrutado de ella”. Y es que aparte de ser la primera vendedora ambulante de la Universidad, dos de sus tres hijos han tenido el placer de pasar por el alma mater e incluso su hija menor, es estudiante activa de séptimo semestre de lengua extranjera.

El Troplel desde afuera

Al pedirle a doña Cecilia que me contara acerca del tropel más difícil en el que ha estado, se quedó pensando unos segundos y luego de recordarme que ya eran ocho los disturbios que en 27 años la habían acompañado se acomodo sin especificar fechas, a contarme las experiencias más significativas por las que ha tenido que pasar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

-Una de las que más recuerdo, me decía algo sorprendida doña Ceci, fue una vez en la que algunos estudiantes ya me habían advertido sobre lo que iba a suceder, a mí gracias a Dios lo muchachos me avisan con anterioridad lo que va a pasar, yo siempre vengo prevenida con mi tarrito de agua y mi trapo por si hay que hacerle frente al gas lacrimógeno, pero lastimosamente ese día salieron más temprano de lo que se esperaba, y salieron quemando llantas a unos pocos metros de donde yo me encontraba, para cuando menos me di cuenta el gas lacrimógeno rebosaba la calle, menos mal los estudiantes me ayudaron a recoger y logre ingresar al club del norte. Esa vez no me fue tan mal como la vez que me quemaron una mesa; extrañado deje ver mi preocupación al respecto, pero para evitar preguntas imprecisas prosiguió diciendo; bueno la verdad yo no me encontraba en el lugar cuando hicieron eso, yo llegué y la mesa la habían soltado del árbol al que la dejo amarrada, me dio mucha tristeza en el momento pero ahí no se puede hacer nada.

Luego de narrarme lo sucedido, con un aire de tranquilidad y muy seguramente con el objetivo de aliviar sus recuerdos me dijo: “Lo mejor de todo es que nunca he sufrido lesiones físicas”. Debo confesar que me alegro profundamente escuchar eso.

Su relación con los estudiantes es evidente, es que la confianza que inspira doña Ceci es tranquilizadora, para algunos jóvenes con los que he podido hablar, ella es una pequeña madre o algo mejor parecido. Gracias a esa correspondencia mutua, La señora Cecilia se ha salvado de perder sus cosas, no solo en las asonadas estudiantiles, pues en sus inicios cuando era ilegal su trabajo frente a la universidad, la honorable policía intentó por todos los medios sacarla del lugar, incluso llegaron a limitarle su trabajo a unas pocas horas de la tarde. Sin ningún rencor me comenta cómo llegaron un día a quitarles sus cosas, pero fueron los estudiantes quienes supieron hacer resistencia para que eso no pasara. Y hoy ya hace parte de una asociación por la cual legaliza su práctica.

Pero no todo son agitados recuerdos en la memoria histórica de nuestra vendedora, así como tiene espacio para guardar los tropeles estudiantiles, que en medio de todo respeta mucho, tiene también lindos recuerdos de unidad estudiantil. Las marchas creativas del año 2011 despiertan con un buen rostro la capacidad de detalle que tiene doña Ceci, aunque ella no entre a la universidad como lo hacemos todos nosotros, ella es más que consciente de lo significativo que fue hacernos escuchar de esa manera, La noche multitudinaria de bailes y las asambleas que ella alcanzaba a escuchar desde su puesto de trabajo, son apenas datos cortos de lo que me describía con su emotividad. Su hija, la menor, ha sido participe de muchas marchas estudiantiles, “A ella le gusta acompañar las buenas marchas” me decía la señora Cecilia, “Mi otra hija también lo hacía, mi hijo mayor que ya tiene 36 años no estudió en esta universidad pero él era consciente de todo lo que sucedía”.

A doña Ceci nada le hará abandonar sus largas jornadas de trabajo, o bueno al menos eso piensa ella, es que a pesar de las múltiples peticiones de su familia que se inunda en nostalgias cuando escuchan que en la Universidad hay disturbios y que le insisten en abandonar el trabajo o la ubicación si es necesario, ella se resiste a hacerlo, porque con el pasar de los años ha adquirido un gran compromiso que más que eso es una pasión por ver a su familia bien y a sus hijos hechos todos unos profesionales, por el momento las cosas marchan según lo planeado pues los dos mayores ya lo son.

Recobrando las nociones del tiempo me encontraba al interior de la institución, ya casi eran las dos de la tarde y tanto yo como alrededor de 300 estudiantes nos acomodábamos en las ágoras, estábamos ansiosos por escuchar la asamblea general que se había predicado durante toda la mañana. La asamblea buscaba dar más que una critica a lo sucedido una respuesta al por qué de los desmanes realizados el martes anterior, era evidente que la unidad estudiantil se veía estropeada y era más que necesario replantear nuestra posición en apoyo a los acontecimientos contextuales del país.

Y así fue, se dio inicio a la asamblea, donde las posiciones a favor y en contra de lo sucedido empezaron a suscitar. Las declaraciones de los administrativos de la universidad de acomodar 2000 millones de pesos a los daños realizados a las instalaciones fueron el punto de desconfianza y libertinaje que se percibía en los estudiantes que allí se encontraban, pues ellos creían incluido el líder estudiantil que eso era un abuso de circunstancias. Más adelante las propuestas de clara intervención al problema se empezaron a escuchar, desde un encuentro con los encapuchados hasta ver clases durante 24 horas seguidas, eran las ideas que iniciaban debate para ser llevadas a cabo y que querían por encima de todo dar lógica al asunto y limpiar la imagen que los medios habían hecho ver de la USCO.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La concentración y el interés de la asamblea mostraba una tarde que a sombra de arboles pasaba muy rápido, al termino de la jornada que recogía un mutuo compromiso estudiantil para poder seguir adelante, decidí volver donde doña Ceci, algunas monedas de mi bolsillo me impulsaban a hacer la inversión en una buena empanada. Cuando salí de la Universidad la sombra de los arboles amparaba a ser general, pues eran cerca de las seis de la tarde y me sorprendía la indiferencia en opiniones acerca de la asamblea que apenas pasaba a la historia.

La expectativa de doña Ceci, quien es ciegamente entregada a la religión, es seguir trabajando hasta ver sus sueños cumplidos, es bueno saber que la tendremos por más tiempo a las afueras del Alma Mater. Nuevamente agradece a su fe en el trabajo, por los logros recibidos, pide muy enfáticamente que los estudiantes no dejen su lucha y que por el contrario generen ideas más pacificas y organizadas que los visibilicen y los posicionen nuevamente como un fuerte movimiento estudiantil.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al llegar al negocio, doña Ceci platicaba con algunos estudiantes, que entre sarcasmos juzgaban las luchas universitarias, ese era el claro ejemplo en mora por resolver en temas estudiantiles. No obstante, lo que logró dejarme atónito fue la respuesta que le dio la vendedora al jóven que le preguntaba acerca de qué pensaba ella sobre esas asambleas que se hacían después de los tropeles, ella se detuvo un momento dejando cualquier cosa que le pudiera incomodar en su respuesta y le dijo: “A pesar de todo y aunque nadie se dé cuenta, ese tropel sirvió para que la universidad se uniera nuevamente”.