Por: Katherine Ariza Leygthon
Mi formación giro en torno a aprendizajes – comprensión teórica, experiencias significativas y el fervor revolucionario propio de la universidad que gestaban en mí la lucha por el bienestar de una colectividad.
Con el pasar de los años, me fui dando cuenta que también existen la revolución de las cosas pequeñas, entonces decidí enfocar mis deseos y esfuerzos a comprender los dilemas de la educación y los retos que se enfrentan día a día en el aula de clase.
Es así como empecé uno de los mayores retos en mi formación, las prácticas, a través de las cuales se ponen a prueba, al servicio de la comunidad, todos los conocimientos adquiridos durante el proceso de formación.
Llevo ya tres meses trabajando en mi práctica social en el Hogar Infantil San Alfonso de la ciudad de Neiva, y puedo decir que los resultados de esta labor fueron muy positivos y satisfactorios; no sólo por haber contribuido a enriquecer conocimientos, sino por la entrega desde lo humano, brindando alegría y amor a los ciento cincuenta niños del hogar; haciendo posible que hoy pueda a través de este artículo, poner de manifiesto, la dignificación del valor de las prácticas sociales.
Ahora que se marca un nuevo comienzo hacia el ejercicio de mi labor como docente comprendo que mi “lucha” va más allá de los intereses propios, que los esfuerzos siempre estarán encaminados, a contribuir en hacer realidad, la de aquellos que más lo necesitan, que creen y sueñan con mundos posibles forjados en el esfuerzo, el amor y la dedicación.