Por: Juan Pablo Franco

        antropólogo Universidad de Caldas 

Los amigos imaginarios hacen parte de una historia conocida por todos, algunos como en mi caso solo lo hemos escuchado y visto en la televisión sobre todo en los seriados norteamericanos. Que yo no tuviera amigo imaginario hoy me hubiera tal vez parecido una irregularidad de no ser porque a mis amigos la idea también les parece ajena, era algo desconocido por estas tierras todavía, fue apenas finalizando los 90 que tuvimos televisión internacional y que Inravisión decidió comprarle a los Estados Unidos series nuevas; para ese entonces ya éramos adolescentes. Pasaron varios años que se llevaron la niñez, la escuela había terminado y la adolescencia empezaba a dar paso a la juventud. Los juegos infantiles y los amigos imaginarios cada vez se creían más lejos para toda una generación.

Con mi mayoría de edad en el año 2000, llega el conflicto a mi casa, fueron muchos los eventos traumáticos y violentos que trajo; con la lucha se llenaron de cascos de balas las calles y de muñecos el cementerio. Las primeras muertes llegaron, a altas horas de la noche y en las cantinas más alejadas de la plaza; la justificación: “algo debía”, así fue al principio, pero nada más; con el tiempo se ampliaron los motivos que llevaban a alguien a la muerte, casi con el mismo ritmo que caen las hojas del calendario PIELROJA iban cayendo los muertos. Para esos días la tranquilidad del pueblo se iba y demoraría mucho en regresar… no volvería a ser la misma.

La llegada de los paramilitares transformó la vida de todos. Con el creciente número de asesinatos y su permanencia en distintas zonas de la población la movilidad quedó restringida, las calles progresivamente se quedaron solas y las noches se tornaron fantasmales. Las regulaciones sociales impuestas por los paracos se volvían cada vez más difíciles de acatar, sobre todo para nuestros 18 años; aunque las fiestas quedaron prácticamente circunscritas al área doméstica, eran muchas las ocasiones en que se debía salir para asistir a ellas; representaban una de las limitadas circunstancias que nos sacaban en la noche de la casa, porque las noches de partido de futbol en la cancha, de cantina en la calle rial, de extramuriada quedaron prohibidas, vetadas.

Mientras nosotros estábamos por fuera, muchas tardes se convirtieron en noche; salíamos de la casa de algún amigo a altas horas, transitábamos “con pecado” por algunos corredores municipales; el miedo y la zozobra comenzaron a ser nuestros acompañantes. Por esos días apareció por primera vez mi amigo imaginario.

Una noche tomando aguardiente hasta las 2:00 de la madrugada en la casa de mi mejor amigo que se distancia de la mía 7 cuadras, que en un pueblo tan pequeño como éste representaba atravesarlo; después de llegar al parque principal tomo por un costado adentrándome en una calle estrecha que termina en una especie de callejón por el que debía dar vuelta para continuar; a medida que me acerco a la esquina el ritmo y velocidad de mis pasos se vuelven conscientes, comienzo a sentirme observado, puedo jurar que desde ese rincón en el callejón alguien me mira, el corazón empieza a latir más fuerte e inmediatamente me llegan a la cabeza imágenes de muertes violentas sucedidas con anterioridad en el municipio.

Al momento de pasar la esquina mis rodillas casi no responden y la respiración se suspende por segundos, una vez superado el tramo más oscuro al dar la espalda un cosquilleo me recorre el cuerpo desde el sacro hasta la nuca, la respiración se normaliza solo de puertas para adentro. A la mañana siguiente un rumor recorre el pueblo, la noche anterior había dejado a su paso un muerto, al salir a la calle ya entrada la tarde la presencia de la noche anterior se vuelve a dejar sentir, ahora cada que salgo de mi casa en la esquina de la cuadra está siempre esperándome mi amigo imaginario, mi paraco imaginario.

El paraco imaginario se nos antoja por aquí, un personaje más creíble que la idea norteamericana del compañero de andanzas; nuestro personaje ha sido creado impulsado no por la soledad como seguramente lo hacen los niños gringos sino por el miedo, la alucinación es reforzada a diario con las nuevas que el conflicto trae. Ahora sí todos tenemos PARA imaginario. El paraco imaginario de mi mejor amigo se esconde en las escalas que de una calle conducen a su casa, otro en la vía para la piscina, en el alto del cementerio se esconden varios pertenecientes a dos de mis amigos y a varios habitantes del sector; la PARA-noia se ha apoderado de gran parte de la población; en las noches mientras las Autodefensas Unidas de Colombia se emborrachan en la zona de tolerancia, abajo en el pueblo por todas sus esquinas dan ronda nocturna las Autodefensas Imaginarias Unidas de Colombia.

Fueron muchos años de conflicto abierto, mucha gente se fue, entre tanto la tranquilidad y la guerra se alternan en un ciclo casi estacional, ambiente que genera la clase de comezón que se siente frente a un silencio inoportuno. Hace mucho rato que sé que mi amigo imaginario no va a desaparecer con los años, que quizá lo único que me logre alejar de él es la distancia, la distancia de Colombia. Hace algunos días un asesinato violento seguido de la divulgación de un panfleto que amenaza ciudadanos está rodando por las calles del pueblo, desde ese día cuando me asomo a la ventana sé que mi nada entrañable amigo estará esperándome… en la esquina de siempre.