“Se puede decir de Garzón porque últimamente estuve viviendo allá durante cuatro años larguitos”, me dijo el señor Cárdenas cuando le pregunte por su procedencia, después de que a su llegada del trabajo me encontrara en su casa. Esa tarde pude notar que venía exhausto y con residuos de tierra en sus botas de cuero desgastadas, su pantalón negro tenía un tono grisáceo.
Rubiel es una persona calmada, lo demostró cuando se refirió al Proyecto Hidroeléctrico el Quimbo y la forma como este cambió su vida. Fue una pregunta directa la que le hice al respecto, ya que en pocos días me había enterado que era un “desplazado por el Quimbo” -según la señora que le arrendo la casa- y ese era el motivo de mi visita.
El tono amarillo que cubría la fachada del apartamento y el inclemente sol que por esos días se ensañaba con la polvorienta calle, hacia analogía con el relato de aquel hombre de tez blanca y ojos marrones que en el año 2006 fue desplazado junto con su familia del Caquetá a causa del conflicto armado que vive Colombia desde hace varias décadas. “Yo tenía una tierrita por allá, pero son tierras que no han tenido papeles, aun así yo me hice a una tierra con documentos, pero usted sabe que cuando uno se viene desplazado escasamente la ropa logra sacar. Ahora yo he escuchado el proceso de restitución de tierras por la televisión, pero según dicen son tierras con escrituras”, me contó antes de detenerse en una larga pausa, mientras el sol reflejaba su ocaso en la pared azul claro de la casa de enfrente.
Pero Don Rubiel Dimas Cárdenas nunca se imagino que tuviera que volver a vivir aquella experiencia, aunque según él de una manera distinta. Sabe que el desplazamiento lo ha hecho un nómada que no disfruta lo suficiente cada lugar donde las circunstancias lo llevan. Y así, fue como en el año 2011 su nueva estabilidad fue invadida por la zozobra que le provocó la inminente inundación de las tierra donde trabajaba desde hacía cuatro años y medio en inmediaciones del municipio de Garzón. El Proyecto Hidroeléctrico el Quimbo en su extensión contemplaba las tierras tabacaleras de las que subsistía luego de su viaje inesperado desde el Caquetá.
Don Dimas no participó directamente de las reuniones de Asoquimbo, pero él si escucho nombrar el proceso y supo que se reunían en la Jagua. Tampoco participó en el Censo de Emgesa porque en el momento que hacían el Censo, esa semana, no estaba trabajando. Él no sabe que la hidroeléctrica está ubicada en la región central del Huila y que tendrá una extensión de 9000 hectáreas de 6 Municipios; no tiene el conocimiento de que una parte de esas tierras corresponden a la Reserva Forestal Protectora de la Amazonía y del Macizo Colombiano, y que no solo cambio su vida sino la de 300.000 personas, directa e indirectamente, de los cuales como a él, 1.537 les tocó o tocará irse a otro lugar dejando sus tierras y empleos en la producción de cacao, sorgo, maíz, arroz y tabaco. Don Dimas no sabe muchas cosas que investigadores como Miller Armin Dussan Calderon saben, pero siente que desde que tuvo que dejar Garzón y trasladarse al corregimiento el Caguán de la ciudad de Neiva su familia no ha sido la misma. “Le afectan a uno porque así tenga casa propia, casa no va a comer, entonces tiene que abrirse a rebuscar la comida para sostener los hijos, la esposa y todo se afecta. Por ejemplo, al venirse para acá, a otro lado, tiene que sufrir pagando arriendo, y usted sabe que cuando uno llega por primera vez a una parte, pues sin conocidos eso siempre le afecta mucho; ya estando radicado le toca empezar de cero”.
Con el estudio de sus hijas ha empezado la nueva etapa de su vida, y aunque lo atendieron bien en la Institución Educativa de la localidad solo dos de sus niñas están estudiando, aunque no cuentan con la totalidad de elementos escolares; la otra no la ha podido poner a estudiar porque no tiene la papelería completa y no ha tenido recursos para traerla desde Garzón, porque como él dice una familia como la suya, que vive al jornal, no tiene el dinero suficiente.
Todas las mañanas sale a trabajar a las seis de la mañana, regresa a la una de la tarde a almorzar y retorna a la tabaquera hasta las seis de la tarde. “Estamos sembrando Tabaco en la finca de Don Rafico, apenas estamos haciendo semilleros. Por esta primera etapa vamos a sembrar 10 hectáreas, en este primer programa; en el segundo programa nos sembraremos 14 hectáreas. Después de que se siembre, desde el semillero en 6 o 7 meses ya está para coger”, mencionó el señor Rubiel ante otra de mis preguntas.
Es una persona que en sus años de trabajo con el producto lo conoce muy bien. Sabe que el comercio del tabaco es bueno porque se trabaja directamente con empresas, y porque emplea varias personas; tiene claro que le ha gustado el trabajo porque tiene un comercio legal y libre. Y como son otras tierras considera que la calidad del Tabaco de allá a acá es algo impredecible, aunque su experiencia en el asunto del Tabaco le dice que eso depende del tiempo, la administración, las plagas y las tierras. Pero fuera de todo considera que la represa cambiara mucho la región, ya que según me contó lo que más movía trabajadores eran los tabaqueros: “para sembrar una tabaquera de 20 hectáreas como mínimo ocupan 20 personas, al haber 10 tabaqueros se van a ocupar un poco de personas, y con la hidroeléctrica los tabaqueros se fueron a otra parte y no todos nos fuimos detrás de ellos”, rememoró.
Don Dimas hace unos meses que empezó a hacer tramite para obtener un subsidio por parte de Emgesa, y espera que le salga algo, aunque ni a sus patrones les ha sido fácil obtenerlo.“Yo sí considero que la empresa debe ser consciente con la gente que fue afectada, porque de todas maneras como he sido afectado muchos pueden estar pasando lo mismo: porque así tenga trabajo uno no tiene el ranchito que lo libre del arriendo; pero como padre que uno es, responsable, tiene que buscar la forma de sostener la familia (…) ya queda uno desubicado otra vez y no se sabe si nos toque regresar allá o nos toque echar para otra parte, uno tiene que buscar el trabajo porque uno tiene que sobrevivir, coger, como se dice donde más alumbre el sol”, fueron las últimas palabras aquella tarde del señor que me recibió en su casa mientras su hija menor jugaba con los dados sobre el tablero del parques y su esposa atendía los llamados en la puerta de la gente que buscaba minutos a celular. El vaso con Coca cola que dejó junto a la cama ya había dejado de sudar.