Por: Fabián Montenegro
@estereotipejo
El mes de septiembre del año anterior (2012) se convirtió en el quinto mes en el cual no se daban lluvias de manera prolongada, lo cual para algunos municipios del Departamento del Huila de alguna manera era normal, pero para los habitantes de la vereda la Julia del municipio de Neiva era preocupante, pues eran conscientes de lo necesaria que resultaba para sus cultivos, en su mayoría de café. Nuestra llegada ocurrió en medio de un auge de explotación minera que a través de concesiones permitía a empresas del sector realizar una etapa inicial de exploración, producto de la cual se definía si era rentable o no el establecimiento de un andamiaje, que acarreaba la ubicación de equipos y personal para “tantear terreno” como se dice popularmente; una fase que implicaba por parte de las empresas la valoración del equipo de trabajo integrado por personal interdisciplinar encabezado por geólogos, ingenieros y un área social que le daría una complementariedad operatividad al desarrollo de la actividad.
Debido a nuestra formación en comunicación, el vínculo para nuestro trabajo estuvo dado por el área social, el cual particularmente vendría a estar comprendido en su mayoría por mujeres, esto ligado a una intención de receptividad de parte de la comunidad que permitiera el avance de las actividades de exploración que la empresa venía a desarrollar en la zona.
En la Julia
La vereda la Julia, está ubicada a cuatro horas de la capital del departamento, a ella se llega tomando la vía que conduce al municipio de Palermo, luego transitando hasta el municipio de Santa María, y finalmente desviándose por una carretera destapada que conducía al lugar conocido popularmente por sus lugareños como “El Filo”.
Al llegar, ubicada en medio de las montañas, pude divisar el horizonte marcado por una enorme estela verde que dejaba ver el camino recorrido, cual si fuese un set de grabación de un western Norteamericano.

Vista que se obtiene desde la Caseta de JAC de la vereda
Era quincena del mes de septiembre y la alteridad en el cambio climático se manifestaba en una prolongada ola de calor a raíz de la falta de lluvia que se hacía necesaria para los cultivos, que en esta vereda y otras del sector especialmente son de café; producto del cual subsiste gran parte de la población, y en menor proporción, no tanto por su explotación sino por su sustento, cultivos de plátano y caña de azúcar. Por la carencia de la cara de bondad de la naturaleza, quizás porque esta desde su sabia manera conoció nuestro abuso, en esa zona del campo ya se veía “el rebusque”, lo que es tan frecuente en las ciudades y que ‘olímpicamente’ ya hace parte de las estadísticas del DANE como forma de ocupación.
Sin tener la cura para el calor, pero creyendo tener el grado de tolerancia máximo por llevar una buena temporada viviendo en la capital del Huila, sólo quedaba afrontar el clima que debido a la altura de esta vereda se asemejaba al de la sabana, ese que genera picazón, muy distinto de aquel que sofoca. Una condición que exasperaba sumada con la espera de la lluvia que nos haría ver florecer los cultivos; pero mientras esto sucedía lo que si brotaba, producto de la necesidad, era la resignación a no esperar el advenimiento del preciado liquido y salir más bien a la búsqueda de aquello que guardaba la tierra y que al socavarla luego de bastante esfuerzo físico compensaba en pequeñas proporciones lo equivalente a una jornada de trabajo.
La falta de agua hacía que allí los campesinos evaluaran su condición, pues cada año las temporadas arreciaban por igual: cuando no era extremo el calor lo es la lluvia, y para ese momento ya eran cuatro meses de agudizado sol que para quienes no daban su brazo a torcer significaba que mejores tiempos venían, solventando mientras tanto con sus cultivos de pan coger a que el milagro sucediera; otros sin embargo alteraban con la búsqueda de oro que les brindaba la posibilidad de manutención mientras mejoraba las condiciones. Aunque la labor ya era constante, pasando a ser preferida por ser un recurso inmediato y quedando de lado la consigna de sembrar para recoger.
Había pasado ya un tiempo y se acercaba el fin de mes, apenas daba asomo la brisa como preludio a lo que podría ser el mes de octubre. Mientras esto sucedía cada mañana desfilaban labriegos, algunos de forma solitaria y otros acompañados por su pareja o hermanos marcando su rumbo armados de azadón y pala hacia el Río Chiquila, un trayecto característico por los caminos hechos trochas de mula y atajos que los llevaban a su destino, donde cabe decir precisamente que “el tiempo era oro”.
Eran las nueve de la mañana, de uno de tantos días, dando inicio a una jornada laboral en una empresa que se dividía por secciones. Cada uno tomaba camino hacia la parte del Río en donde ya venían trabajando para obtener de forma artesanal el oro que le debía representar diariamente un gramo, para que así valiera la pena el esfuerzo.
Más allá del Azadón y La Pala como instrumentos indispensables de trabajo, los campesinos también contaban con ‘cajas’, lo cual se asemejaba a un mezclador de arena que acondicionada con fibras de fique servía para verter las partículas de la arena removida del lugar especifico del río, que luego en un proceso químico se condensaba para obtener como resultado lo que por color dorado distinguimos con el nombre de oro.

Adecuación de la ‘caja’ previa extracción, llevada a cabo por un grupo de hermanos.
La baja en el caudal del Chiquila permitía la identificación de los lugares más propicios para la extracción y el acondicionamiento de los mecanismos, que en ocasiones simulando la ingeniería empleada por los topos a modo de presa que buscaban el desvío del curso con el fin de socavar sin la interferencia de la corriente; la remoción de arena era un trabajo arduo que luego de un largo rato, con ayuda de azadones, hacía que pequeños puntos dorados empezaran a aparecer brindando una alegría pasajera, pues solo era muestra de que se estaba en el lugar indicado, pero para que valiera el esfuerzo, y en el ‘filo’ pudieran venderse, tan solo representa una ínfima parte de lo que en realidad se requería para recibir un pago fruto de su trabajo, el cual siendo ya medio día apenas comenzaba.
Este proceso hacía parte de la forma de extracción artesanal más conocida como ‘barequeo’, el cual tenían gran parte de las familias como alternativa de sustento, especialmente en esta vereda; una manera de compensar los embates de las temporadas que a través de los años aumenta, así como también incrementaban las ansias de quienes veía en la extracción de oro algo más rentable.
En la pausa ocasionada por la hora del almuerzo, pude observar un grupo de hermanos que sin importar la distancia esperaban al menor, que aún no se dedicaba a barequear, con el almuerzo. Por su parte los que se encontraban solos ya traían consigo el fiambre. Una hora en la que recordaban que debían hacer la pausa en su inmersión y volver al flote de la realidad por un momento no muy prolongado.
Octubre llega con la lluvia

Era octubre y la brisa que anunciaba el devenir de la lluvia trajo además vientos de paro en la fecha de celebración del día de la Raza, como parte de un proyecto político y social conocido como Marcha Patriótica que buscaba evidenciar la inequidad de grupos campesinos, obreros e indígenas con el fin de reivindicar sus derechos frente al Estado. Lo cual para muchos de los habitantes de esta vereda era visto como propicio para manifestar las condiciones en las que se encontraban por el bajo precio establecido para el café.
Don Arcesio Bustos caficultor, Líder y presidente de la junta de la vereda, en esos día nos acercó a través de sus comentarios a lo que devino en el Paro Nacional Cafetero ese 12 de octubre, que significó una advertencia del sector en su legítima protesta y la ubicación en el panorama nacional de sus condiciones, ante la presencia masiva que hubo. Entendí luego en el momento del paro porque todas las miradas convergían hacia el sector campesino, con quienes al estar allá compartí y avizoré solo una parte de la punta del iceberg.