Especial: historia de una madre sobreviviente del conflicto armado

Por: Juan Camilo Ortiz, periodista Suregión

Qué pasaría si un día cualquiera su vida dejara de funcionar en la cómoda monotonía a la que estaba acostumbrado a vivir para verse inmerso en la pena de huir de las balas para poder salvarse. ¿Concibe en su imaginación un mundo donde pierde todas sus posesiones para aventurarse a una nueva vida denigrante de mendicidad e incertidumbre? ¿ Tendría usted la fuerza necesaria para empezar desde cero, solamente con lo que lleva puesto en este momento?

Cuando uno no esta tan familiarizado con el tema, el desplazamiento se convierte en una cifra sin importancia y apartada a nuestra realidad.

Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Colombia encabezaba la penosa lista con 6,9 millones de casos de desplazamiento, seguido por Siria con 6,6 millones e Irak con 4,4 millones. Los “migrantes,” como los hacía llamar ‘El Gran Colombiano’ para disimular la gravedad del calificativo de desplazados, terminaron en tierras desconocidas sembradas de miradas indolentes de personas preocupadas por culminar sus afanosas jornadas de trabajo o estudio, para poder reconfortarse al final del día en sus sillones de indolencia por las víctimas de este conflicto armado.

En medio del caótico tráfico de una ciudad citadina minada de desconcierto y flagelos, llegó María Hilda en el año 2002 con sus 6 hijos y un embarazo en camino. Llegaron desterrados del municipio de Planadas en el Tolima, para hacerle el quite a la sombra de la muerte que se invocaba en los fuertes combates entre las Autodefensas Unidas de Colombia y el grupo guerrillero de las FARC-EP.  Arrimaron a la ciudad de Neiva donde finalmente los ha acogido hasta el día de hoy.

María Hilda es una mujer de un semblante valiente, con vos firme, de virtud alegre y jocosa. Una madre luchadora que tuvo el valor de enfrentarse a un comandante de las Autodefensas para salvar a su hijo quien era injustamente acusado de ser un colaborador de la guerrilla.

Como un gavilán asechando con miedo su presa, el enigmático jefe paramilitar tenia sometido y amordazado a su hijo de tan solo 13 años en medio de la calle, y como la mamá de los pollitos esta valoresa mujer se lanza con sus alas extendidas para proteger a su hijo tirado en el suelo; fue así como esta madre logró salvar la vida de su hijo de las garras del mal. Ese día María Hilda salió victoriosa porque rescató a su hijo de la que parecía una inminente sentencia de muerte.

Ya había tenido una experiencia similar el día que desaparecieron a su otro hijo de 18 años cuando apenas iniciaba el nuevo milenio. El joven estaba prestando su servicio militar en la Base Militar de Tolemaida y en una visita tras el juramento de bandera, su hijo desaparece rumbo al batallón después de haber departido unos días con su familia. Ella dice que tuvo 8 hijos, pero es como si solo hubiera tenido 7 porque hasta la fecha no se sabe nada de su héroe. Atesora con recelo en su memoria la imagen de su hijo desaparecido, porque el día que salió desplazada no tuvo el tiempo suficiente para salvar siquiera una fotografía de él.

El trasegar del tiempo va dejando una estela de olvido inevitable donde el rostro de su hijo se va desvaneciendo en la memoria de María Hilda. Eso la martiriza a diario.

El precio que tuvo que pagar María Hilda por enfrentarse a su verdugo la condenó al exilio de tener que abandonar sus pertenencias y sus vestigios. Recuerda con mucha nostalgia sus matas de café, las gallinitas, sus animales de granja y otros cultivos de pan coger que quedaron en el abandono tras el ultimátum que recibió por desconocidos armados. Fue un cambio brusco que la obligó a tener que iniciar una vida nueva por las presiones de las amenazas y una constante lluvia de balas que perturbaban su tranquilidad.

Corrió con la fortuna de encontrarse un ángel guardián que se compadeció al ver a esta frágil mujer sobre las calles de Neiva deambulando sin rumbo con sus hijos, buscando tal vez algún rostro conocido que pudiera ayudarla en una ciudad que visitaba por primera vez. Una pareja de ancianos que pasaba por el lugar se percató de la triste mirada de María Hilda y de sus sucias y rasgadas vestiduras que evidenciaban los estragos de una peregrinación por huir de algo o de alguien.  Esa noche, por caridad de esta pareja de ancianos, María Hilda y sus hijos tuvieron comida y un techo, algo que a partir de ese momento se convertiría en un lujo para ellos después de haberlo perdido todo.

Con el tiempo llegaron los pañitos tibios de las ayudas por parte del gobierno. Un mercado y un par de ollas fue todo lo que recibió en esa época. Después haberle asignado un subsidio de arrendamiento por un par de meses, esta mujer acostumbrada a trabajar en su finca emprende la lucha de subsistir en la selva de cemento donde las oportunidades de trabajo son muy escasas. “En mi finca uno sabía que todos los días había algo por hacer. Había que coger café, quitar la yerba, ordeñar vacas, uno trabajaba para lo de uno; siempre había trabajo. Pero uno llega acá y no pasa nada, no hay trabajo ni nada que hacer, entonces uno se desespera,” recuerda María Hilda.

La resiliencia es la capacidad que tiene una persona o una comunidad de recuperarse frente a la adversidad para seguir proyectando su futuro, es la convicción de seguir adelante pese a las dificultades por las que tuvieron que pasar sobreponiéndose a esos periodos de dolor emocional en las situaciones adversas. En ocasiones, las circunstancias difíciles permiten desarrollar habilidades que se encontraban latentes y que el individuo desconocía hasta el momento, como el caso de las tejedoras de Mampuján, que ayudaron a comunidades de los Montes de María a superar los traumas de la guerra representando sus vivencias en figuras de tela que han sido galardonadas con el Premio Nacional de Paz.

La resiliencia con el tiempo fue subsanando las cicatrices de una familia fragmentada por el dolor. Mientras el Plan Patriota recrudecía la guerra con su avanzada impetuosa por acabar militarmente a la guerrilla, las ayudas extendidas por el gobierno nacional sirvieron como una píldora para el dolor de las víctimas. María Hilda recibió 11 millones de pesos por parte del estado y con este dinero pudo iniciar la compra de la que hoy es su vivienda. Vive en el barrio Las Palmas con algunos de sus hijos, ya que la mayoría hicieron ya su hogar. Su hija la menor, la que nació cuando tuvo que huir de la violencia es la bitácora viviente de esta historia que inicio hace ya 18 años.

Al igual que ella son millones de personas desterradas que vivieron el calvario de un conflicto armado que duró más de 50 años estigmatizando nuestro país. El valor de las victimas por resurgir de sus experiencias y tener la fuerza de empezar de nuevo, hacen que estas personas no merezcan ser llamadas con este eufemismos, sino más bien llamarlas como sobrevivientes.

María Hilda le sigue dando gracias a Dios todos los días por la oportunidad de estar viva con sus hijos. En el enorme solar de su casa tiene sembrada algunas maticas y árboles de fruta, para no perder la costumbre de sembrar. Tiene deudas importantes por pagar y las ayudas que reciben son muy efímeras. Es una experiencia traumática que desea a nadie tenga que vivir de nuevo este horror de la violencia.

Ella seguirá en silencio aguantando el suplicio de la desaparición forzada de su hijo, pero también con el mismo valor luchará incansablemente por mantener a su familia unida desde el abrigo del corazón que solo una madre sabe dar.