Por: Lisbeth Peláez y Stiven Ausecha

La última noche

Era un 15 de julio de 1980. Exactamente un año antes de que Crónica de una muerte anunciada, obra maestra del gran Gabriel García Márquez viera la luz por primera vez, paradójicamente lo de mi Agustín también fue una muerte anunciada, y con el tiempo lo entendí. En nuestra casita no había energía, ni en ninguna de la vereda; la luz temblorosa de las velas iluminaba la casa, esa que Agustín había construido con tanto esfuerzo para iniciar nuestra familia. Estábamos sentados, él, los niños, unos vecinos y yo.  Al frente la tiendita, la única de la vereda y nuestro orgullo, donde vendíamos café, ollas, comida, todo lo que se podía necesitar en el campo.

Me llamo Yolanda Barco, tengo 76 años. Nací en la Sierra, Cauca. Ahí crecí, estudié, la primaria y la secundaria y luego fui a una Normal a formarme como maestra. Me gradué con esfuerzo, soy la menor de tres hermanos, Imelda y Simón, pero fui la única que terminó la secundaria, mis hermanos se dedicaron a ayudar a mis papás en nuestra finca; esa fue mi vida durante mis primeros pasos. Luego conocí a Agustín siendo muy joven, cuando tenía 16 años, era un hombre honrado, buen mozo, caballero, y trabajador.

Nos enamoramos, fuimos novios un año y luego nos casamos, me fui a vivir con él al Llano, una vereda cercana, yo viajaba a la Sierra a trabajar como maestra, pero ya nos iba bien, vinieron los hijos y él me pidió que me retirara. Tuvimos siete hijos, como dicen uno tras de otro, estábamos en nuestro mejor momento, yo dedicada al hogar, y mi Agustín con muchas ganas de progresar y mandar a cada chino a la universidad, siempre que los veía corriendo por ahí me decía: “mija, ellos tienen que ser profesionales para que luego me ayuden a manejar el negocio”.

Tinieblas

Esa noche estábamos reunidos con mis compadres, y llegaron cuatro hombres, iban armados, con la cara descubierta, pero no los conocíamos. No eran de la vereda, porque todos nos conocíamos con todos. Saludaron, ahí entre dientes, y pidieron unas sardinas, pilas y un aceite. Yo tuve un presentimiento de que algo malo iba a pasar, me iba a levantar para atenderlos y Agustín me dijo despacio: “Venga, yo voy. Yo los atiendo «. A veces pienso que él sabía que venían a matarlo y por eso no dejó que yo atendiera… Se levantó, caminó hacia la puerta de la tienda y ahí mismo le dispararon en la cabeza. Lo vi caer muy rápido, No hubo advertencia, no le dijeron una sola palabra, ni tiempo de nada, solo ese sonido seco, frío, y definitivo que cambió todo para nosotros.

La vereda era muy tranquila, pero las cosas empezaron a cambiar.  Comenzaron a llegar hombres armados, nadie sabía quiénes eran, ni de dónde venían. Pero ahí se acabó la paz, ya no se podía andar por cualquier parte, uno escuchaba como “mataron a fulanito, que amenazaron a pepito, rumores de todos”. Yo le decía a Agustín que tuviera cuidado, que se cuidara, que no anduviera solo. Pero él era valiente, o terco o simplemente no quería vivir con miedo.

Ya lo habían intentado asesinar dos veces, luego del asesinato fue que me enteré de eso. Agustín era cultivador, pero también tenía ganado, y sacaba arena del río para venderla a las veredas cercanas. Él sabía que habían de esas gentes rondando y llevándose el ganado, se decían que eran cuatro: Fabio, el finado Albán y otros dos que ya no recuerdo, se paseaban por las fincas para robar. Agustín le contó a un vecino y a su primo Jesús Cruz que los iban a “atalayar” pero una vecina fue y les avisó a esas gentes.

Según datos del Registro Único de Víctimas (RUV) de abril de 2024, en el departamento del Cauca existen 362.031 víctimas del conflicto armado, de estas, 313.134 son sujetos de atención. El mayor hecho victimizante es el desplazamiento forzado, con 320.044 víctimas incluidas en el RUV y aproximadamente 7 de cada 10 víctimas de este flagelo en el Cauca, no superan su situación de vulnerabilidad y los principales rezagos están en los derechos a la vivienda, alimentación y generación de ingresos.

Desde ahí se los ganó de enemigos

Tras los disparos, agarré a los niños como pude. Uno de mis hijos, Augusto Noe, estaba con unos vecinitos. Una niña resultó herida, una bala le rozó la rodilla, otra de mis hijas se metió debajo de la cama con su hermanita, yo lo único que pude hacer fue agarrar a los niños que pude y correr. Un vecino nos ayudó a cruzar el río, que llevaba harta corriente y mientras lo hacíamos, ellos seguían disparando. Nos escondimos en un entretecho.

No recuerdo cuántas horas estuvimos ahí, tal vez hasta las cuatro de la mañana. Solo cuando alguien vino a buscarnos, nos animamos a salir y caminar hasta el pueblo. Nunca volvimos a ser los mismos. La tienda quedó abandonada, robaron todo, incluso el ganado de otra finca desapareció, dicen que fue un familiar que aprovechó que yo me quedé sola con los hijos.

 Nunca reclamamos nada, ¿A quién le reclamamos? Éramos muchos y estábamos solos.

Nos fuimos al pueblo y volví a montar negocio, luego regresamos un tiempo al llano, puse otra tienda, pero todo se me salía de las manos. Criar tantos hijos sola no era fácil. Gracias a Dios, mis hijas salieron adelante, todas se casaron. Una terminó el bachillerato y fue docente, aunque ya no ejerce. Los demás también terminaron el colegio, pero Augusto Noe… Augusto no volvió a ser el mismo. Lo de su papá lo descontroló, no terminó ni la primaria.

Días después, un cuñado mío fue desaparecido por la guerrilla, nunca supimos más. Otro cuñado que vivía en Putumayo vino a decirle a mi hija mayor que la muerte de Agustín no se iba a quedar así. Y no se quedó. Con el tiempo, uno a uno de esos hombres fue cayendo. El tal Fabio fue el primero. Luego el otro se fue lejos, a una vereda de Rosas.

Mi esposo tenía muchos sueños, pero lo mataron antes de que los pudiera cumplir. Con los años alguien nos habló de la reparación a víctimas, un primo que es abogado nos ayudó. Metimos el caso. Eso fue hace como 10 años. Nos dieron algo de plata, a cada hijo, como ocho millones, a mí, un poco más. Eso no compensa. Pero al menos la historia quedó escrita en algún lado.

Esa plata no me devuelve a Augusto, ni todo lo que perdimos, la vida que íbamos a pasar juntos, pero al menos le sirvió en algo a mis hijos, han pasado los años y todavía me tiemblan las manos, se me aguan los ojos y se me intenta ir la voz. Intento que la ansiedad interna no se exprese por eso cruzo los brazos, me seco el sudor cuando me pica la cara. Recuerdo todo lo que éramos, lo que fuimos.

El desplazamiento forzado en el Cauca es una afectación del conflicto armado a la persona y a la familia, generada principalmente por la lucha de actores ilegales de tener control territorial en búsqueda de interés económicos y políticos, presionando el desalojo de la población de sus territorios, así lo manifestó Dan Harry Sánchez Cobo, director de la Unidad para las Víctimas en el Cauca (Unidad para las Víctimas, 2019).