Inicié el recorrido en la tarde del viernes 29 de agosto. Lo primero fue preguntar cómo llegar al Asentamiento Brisas del Venado, mi idea era obtener la visión de los actores centrales del conflicto, por lo general invisibilizados. “Ven el bolso, creen que lleva plata y la pueden joder”, me dijo un transeúnte mientras me disponía a ingresar al sector, ubicado al oriente de la ciudad de Neiva, sentí temor, aun así continúe a mi encuentro con doña Carolina Villareal una víctima de desplazamiento a raíz del conflicto. Ella me devolvió la tranquilidad.

Fotografía tomada en el Asentamiento Brisas del Venado
En su hogar era notorio el contradictorio ambiente de humildad e incertidumbre. Sentí el recelo que suele tener las personas ante la presencia de una grabadora periodística y cámara fotográfica. Explicarles mis intenciones con el periodismo fue el paso a seguir, de esa forma accedieron a que estuviera en su espacio para conversar sobre sus circunstancias.
Carolina Villareal, es una de las miles de afectadas por el conflicto de más de 50 años, ella al igual que muchas se las ingenia, por el bienestar de sus hijos, para sobrevivir en un lugar de la ciudad cargado de estigma y carencia de lo básico, desde que la insurgencia amenazó con asesinar a todos los miembros de su familia sino se marchaban. Era el año 2007.
Al dejar el municipio de Vegalarga (Huila) empezaría su agonía. “Nos amenazaron porque el ejército se concentró en el patio de la finca que cuidábamos”. Como resultado el propietario de la finca fue asesinado y a su esposo lo señalaron, junto a su familia, de ser auxiliares del ejército. “Les compran el mercado, les presta la cocina, les regala agua y gallinas”, comentaban los guerrilleros. No le quedó otra opción que huir a media noche con sus niños. “Nos vinimos con una mano adelante y la otra atrás”, lo importante era preservar la vida.
Un transportador sería la persona que al escuchar sus peticiones los traería hasta la capital del Huila. Ya en Neiva la primera opción fue refugiarse debajo de un puente. Las malas condiciones en que vivían en el Barrio 20 de Julio fueron evidentes para los demás pobladores, que inmediatamente les convencieron acudir a las autoridades municipales en busca de ayudas. Un miembro de la comunidad les dio posada durante un mes.
Posteriormente, por cosas del destino encontraron a un familiar que les ha significado un gran apoyo económico hasta el presente. “Es terrible empezar de nuevo” dice Villareal, aun así, como fiel devota, se siente agradecida con Dios y la población que se preocupó por el bienestar de su núcleo familiar.
Son nuevos tiempos
No había pasado mucho de aquel suceso que les cambiaría la vida y las amenazas del grupo guerrillero no cesaban hacía esta familia. Continuaron las continuas persecuciones y los llamados que dejaban en el ambiente familiar la idea de que “nos querían matar. El conflicto nos persigue, es difícil encontrar la paz”, según agrega la señora Carolina.
Como víctimas del desplazamiento les ha cambiado la vida; sus hábitos culturales en el nuevo espacio no los hace sentir seguros. “Aquí no es como uno vivía por allá, vivía uno mejor, por acá no me siento segura”, comenta La señora Villareal. Al preguntarle ¿Por qué? Responde con angustia: “primero porque llegan rumores de que en esta invasión conviven milicianos de Vegalarga y a nosotros nos da miedo porque supuestamente dicen que donde sea que vayamos nos encontrarán”.
Actualmente su esposo trabaja en una empresa de vías en Medellín y hace lo posible para que cada mes no le falte la cuota alimentaria. Sin embargo Carolina acude a sus vecinos y amigos.
(Escuchar audio)
Como víctima del conflicto armado en Colombia no tiene muchas esperanzas de que el proceso de paz entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia sea integral y efectivo. No se siente representada. No cree que la entrega de armas por parte de las Farc establezca la paz en Colombia y el bienestar para la población colombiana.