Por: Mauricio Cuartas Villegas, docente de Literatura, egresado de la Universidad Surcolombiana.
«La muerte no es verdad cuando se ha hecho bien la obra de la vida»
José Martí
Trasciende al mundo de la energía dejando su cuerpo de materia aquí en la tierra Gustavo Briñez Villa, una persona que en su vida se dedicó a formar y transformar generaciones de jóvenes desde los espacios de la palabra: las aulas, los pasillos, los cafés, las esquinas, las reuniones sociales y políticas; las reuniones en la mitica esquina de la abuela al calor de la cerveza y el tabaco, los libros, la escritura, las agoras, las calles, las plazas fueron algunos de los sitios donde compartió la sagrada palabra movilizadora de la consciencia y el espíritu en libertad.
Hombre contemporáneo de un país sumido en la más cruda violencia, que sobrevivió a ella y pudo morir de forma natural que es en sí un gran logro en un país acostumbrado a utilizar la violencia con fines políticos.
Dejó el legado de construir la paz a través de conquistar una sociedad más justa y digna para todos, para ello nos adentró en la reflexión profunda que ha movido a la civilización occidental y en especial a los pueblos latinoamericanos en los últimos cinco siglos, la idea de civilización y barbarie.
Nos enseñó a quitarle la máscara a los «civilizados» y mirar plenamente sus marcas de bárbaros en las cicatrices de nuestros pueblos, nos enseñó los caminos para adentrarnos en la lectura de Retamar y José Enrique Rodo, de Rómulo Gallegos y José Eustasio Rivera, de Ángel Rama y Faustino Domingo Sarmiento. Nos paseó por Gramci y su análisis de la cultura hegemónica y popular.
Nos adentró por el mundo de la pintura española con Goya y Velázquez para enseñarnos la técnica de la escritura ensayística y allí descubrimos que el sueño de la razón produce monstruos, monstruos como los fascistas, como Franco y Uribe, Hitler y Musoline, Pinochet y Fujimori.
Pero sobre todo, nos inculcó la lucha social como única forma de enfrentar la barbarie y encontrar, como propone Fernando Retamar, un perfil definitivo del hombre, donde la idea de la supremacía de razas se extinga de una vez sobre la tierra y con ella la barbaridad de la civilización occidental y su supremacía de la razón y la raza pura.
Hace quinientos años nos vendieron la idea de civilizarnos. Hoy nos venden la idea de instaurar la democracia y la «libertad» como en Cuba y Venezuela, de salvarnos del terrorismo y las armas nucleares como en medio oriente. Pero, gracias a los palabreros como Gustavo Briñez Villa hoy los pueblos y las culturas populares se movilizan de múltiples formas en contra de la cultura hegemónica y sus paladines.
Por eso, uno de los más grandes homenajes que podamos brindar a su energía y espíritu que hoy se esparce por el cosmos, es volver a leer a Retamar para seguir buscando los caminos de una cultura popular que encuentre por fin «El Perfil Definitivo del Hombre», como propuso Retamar y que Briñez siempre inculcó.
Un perfil de todos los colores y los pensares y SENTIRES, en los que los hijos de Dios no son los israelíes ni los gringos si no todos los pueblos de la tierra, de todas las razas y colores, sin supremacías de la razón. Más bien, con una supremacía de los SENTIRES, en los que podamos sentir como propia cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier punto de la tierra, en la que la cultura popular por fin viva en paz y disfrute del amor a todos y al todo como verdadero sentido de la existencia.
Quedarse en el recuerdo y el corazón de los otros es tal vez la prueba de la afirmación de Martí al decir que la muerte no es verdad cuando se hace bien la obra de la vida. Realizar bien la obra de la vida es entregar la fuerza de la materia y la energía a estudiar, enseñar y realizar la transformación social del sentido de la existencia humana, cosa que Gustavo Briñez Villa logró a plenitud, por eso se queda entre nosotros.
