Maestra del telar egipcio

Por: Alejandra Zúñiga, periodista de suregion en pitalito

Cuando llegué al sitio turístico para hablar con Adriana y mirar lo que hacía, al primero que me encontré de camino fue al vigilante del lugar, le dije que iba en busca de pulseras de telar egipcio, y me envió muy recomendada para donde estaba ella, tejiendo, “la muchacha bajita, de cabello largo que siempre trae una sonrisa contagiosa y muchas ganas de trabajar se hace al lado de las estatuas debajo de un árbol, vaya sin miedo”.

En efecto, ahí estaba con ropas largas y una pava para cubrirse del sol, con su telar amarrado a la cintura y el otro extremo a un árbol, me miró a lo lejos y me dijo ¡bienvenida al sitio turístico la Pelota! siga y le enseño mi arte y si se anima me compra algo.

Estuve mirándola trabajar alrededor de una hora, siempre estuvo con una sonrisa y un positivismo contagioso, cada vez que recordaba cómo había aprendido a tejer le brillaban los ojos y daba las gracias. Era impresionante ver cómo movía sus manos entre los hilos y las tarjetas, eran demasiados, alrededor de 150 más o menos y la agilidad que tenía era extraordinaria, sabía exactamente, dónde tenía que meter otro hilo o girar diferente. Simplemente es un arte que no cualquiera puede hacer.

Adriana Díaz es una artesana de 33 años de edad, desde que se acuerda, le han gustado las manualidades y hoy por hoy, es la maestra del telar egipcio. Es un arte manual que se hace con hilos de algodón y unas tarjetas, lo aprendió gracias a su bisabuela y abuela.

“Puedo utilizar los colores que yo quiera, los de mi gusto y los que le dan significado a lo que hago, es así cómo puedo transmitirles cosas a las personas que después las van a usar” señaló.

                            Por: Alejandra Zúñiga

Adriana sostuvo que aprender a tejer fue difícil, porque necesitaba mucha concentración para no enredarse y darle las vueltas exactas a las tarjetas, y así conseguir la misma figura. Esto fue solo un par de días, ahora, es como si lo hubiera hecho toda la vida, el arte la liberó y le ayudó a pensar en cosas positivas, a inspirarse y diseñar.

En el 2015 Adriana decidió ser independiente y utilizar las herramientas que Patricia le había enseñado, por eso, empezó a tejer en su casa, y su mercancía decidió venderla en la Pelota, uno de los sitios de mayor vocación turística en Sana Agustín. Va todas las mañanas y teje de lunes a viernes, cuando es temporada de turismo de lunes a domingo. Tiene muchos accesorios para la venta, pulseras, tobilleras, gargantillas, cinturones y entre otros.

“Todas las mañanas salgo de mi casa con dos bolsos, en uno llevo la mercancía y los hilos para trabajar, en el otro llevo mi almuerzo, cuando llego a mi lugar de trabajo que queda a 30 minutos a pie de mi casa me siento en el pasto, debajo de la sombra de un árbol, me amarro los hilos a la cintura y el otro extremo al telar o a una rama del árbol y ahí trabajo”.

Arte familiar

Adriana tiene una hermosa familia que está conformada por su hijo de 14 años y su esposo. Su hijo cursa el 8 grado de secundaria y su marido trabaja en el campo. A esta mujer le da tristeza y le parte el alma tener que almorzar lejos de ellos pero sabe que lo hace por el bien de todos. A las cinco de la mañana se levanta, prepara el desayuno a su hijo que entra al colegio una hora después, luego, prepara el almuerzo.

De esta distancia aprendieron a estar más unidos, porque no solo ella sabe tejer, también su hijo y su esposo, cuando su marido no tiene trabajo en el campo le ayuda en el oficio, los dos sienten pasión por lo que hacen.

Foto: Alejandra Zúñiga

“Es difícil describir lo que siento, pero me da alegría que haya aprendido esto, todo gracias a mi mujer, pues así comparto con ella y no estoy expuesto al sol y al agua en el campo; el telar no nos hace millonarios, pero nos da para vivir, para nuestro sustento como familia, para darnos las cosas que necesitamos. Y más que un arte es la felicidad que tejemos con nuestras manos, porque nos enseña nuevas culturas, nuevas formas de ver el mundo y sobre todo de hacer amigos de todas las partes.” Agrega – Su esposo.

Adriana le contó a Suregión que el dinero era lo que menos le importaba, porque ella sabía que no siempre iba a vender en cantidades, pero Dios no la iba a desamparar y le daría lo necesario a ella y su familia. “Para mí es más que ganancia saber tejer, las ventas vienen por añadidura, unos días se vende mucho y en otros es poco. Por eso, es que debemos guardar frutos de la buena cosecha para cuando vengan los días malos” afirmó.

“El telar no es solo lo que yo aprendí, sino lo que le pude enseñar a mi familia, a mi hijo y a mi esposo, es el arte familiar y el legado que un día podremos dejar y por cómo nos reconocerán” agregó.

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