Desde entonces su lucha por salir adelante se hizo más difícil y decidió huir de su región debido a los constantes enfrentamientos entre paramilitares y milicianos de las FARC. Ella dice que afortunadamente salió con su familia antes de la masacre cometida por los paramilitares de las AUC ocurrida en este corregimiento en 1999. 

Su llegada a Pitalito fue completamente imprevista y precipitada. Ella dice que solo escuchó un par de referencias positivas acerca de esta localidad, que pintaban un buen panorama para una persona víctima del conflicto armado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una de las razones que la motivaron a trasladarse al sur del Huila, fue la ausencia de familiares cercanos que la pudieran ayudar. Tras su llegada a Pitalito, Maritza relata las dificultades que tuvo que pasar. Inicialmente durmió con sus hijos literalmente en la calle, luego tuvo que pedir dinero en lugares públicos para poder sostenerse, pero poco a poco y con ayuda de algunos ciudadanos logró hacer su casa que inicialmente estaba construida de tejas de zinc, trozos de madera y plástico. El predio donde construyó su primera casa no era de su propiedad, pero gracias a las ayudas de la comunidad se trasladó a otro barrio donde se le permitió ubicarse.

Desde entonces vive en una de las zonas ubicadas en la periferia del municipio  que se ha convertido en asentamiento de desplazados. Su casa, construida en bareque, le brinda cierta protección y al mismo tiempo funciona como una bodega de carbón, ya que una de las labores que desempeña doña Maritza es la venta de este producto empacado en sacos o “tulas”. Ella está incluida en diferentes programas que le otorgan subsidios debido a su condición, dice que aunque no es mucho le basta para sobrevivir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al ingresar a su casa se puede notar que es una persona muy religiosa debido a las múltiples imágenes alusivas a personajes bíblicos y católicos. Ella dice que por la bendición de Dios está viva y que agradece al sacerdote de la iglesia que frecuenta, por la ayuda que le brindó en repetidas ocasiones. Ella espera salir favorecida con el programa de restitución de tierras y retomar su vida en El Tigre, pero cree que esto no será pronto debido a la gran cantidad de trámites que debe realizar para esto. Ve con incertidumbre su futuro porque aunque desea regresar a su tierra, tiene un profundo miedo debido a lo arraigado que está el conflicto en esta zona.

Por ahora, solo quiere que sus hijos sigan estudiando porque reconoce la importancia de la educación y espera que el municipio y la nación le otorguen subsidios a los cuales tiene derecho pero que los  difíciles trámites le impiden adquirir. Pero su drama continua ante la posibilidad de ser  “sacada” de los programas que ayudan a los desplazados debido a que lleva muchos años en estos programas.

El valle de Laboyos

El desplazamiento forzado es una de expresión de la crisis humanitaria que afronta Pitalito desde hace décadas, como consecuencia de los grupos alzados en armas que afectan a los departamentos de Caquetá, Putumayo y Nariño. De acuerdo con las estadísticas oficiales, este municipio del Huila  alberga una población desplazada que supera las 12.000 personas.

Diariamente continúan arribando al valle de Laboyos decenas de ciudadanos procedentes de diferentes lugares de la Región Surcolombiana. Es por ello que hoy se divisan asentamientos de personas que llegaron buscando nuevas oportunidades de vida, esperan  que les ofrezcan condiciones de vida digna para el ser humano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La condición de desplazados de estas personas corresponde a que un día debieron abandonar sus fincas, parcelas y viviendas por el conflicto que se ha venido desarrollando con gran fuerza en los departamentos del sur colombiano auspiciada por grupos como la columna móvil de las Farc, una de las más solidad del país y que opera entre los departamentos de Huila y Caquetá.

El drama del desplazamiento recorre las calles y veredas de Pitalito, debido a que las políticas nacionales, departamentales y locales son deficientes, según lo manifiestan las mismas víctimas, para la atención de la cantidad de desplazados y sus condiciones de vulnerabilidad, es  por ello, que día a día se presentan más casos de delincuencia, especialmente robos pues estas personas no encuentran otra forma de conseguir sus sustento diario y tienen que recurrir a actos delictivos, como consecuencia de no recibir la ayuda necesaria por parte de los gobernantes.

La región surcolombiana ha sido testigo de eventos delictivos que han marcado la historia del país, tales como, el asalto al edificio Miraflores donde secuestraron a quince personas entre ellas a Gloria Polanco, la casa bomba en la ciudad de Neiva, el asesinato de Jaime Lozada, entre otros actos atroces que han marcado las vidas de los habitantes de la región y del país entero.

Los departamentos de Huila y Caquetá han sufrido desde bastante tiempo atrás las consecuencias de la violencia, sin embargo, municipios como Pitalito, hoy  es agente receptor de personas que tuvieron que dejar todo abandonado y salir de sus casas “con solo la ropa que llevaban puesta”.

Somos y seremos víctimas del Conflicto

Fabio Sánchez, una víctima más del desplazamiento forzado, hoy habita el municipio de Pitalito. Considera que cada día es una nueva oportunidad para salir adelante y que así como un día logró sobrevivir al conflicto armado más prolongado de la historia del país, hoy se siente satisfecho de no haberse dado por vencido.

Lleva más de 15 años en su condición, tuvo que salir del municipio de Puerto Asís en el Putumayo, al recibir amenazas por las Farc. “Mi familia y yo, tuvimos que dejarlo todo abandonado” dice. Los combates de la guerrilla obligaron a Fabio a tomar la apresurada decisión de marcharse de sus tierras dejando todas sus pertenencias que con el esfuerzo de su trabajo había logrado conseguir.

Puesto que Pitalito es uno de los mayores receptores de desplazados del Huila, se han instaurado ciertas ayudas para esta población vulnerable, las cuales han sido de gran apoyo. Siendo así beneficiado Fabio como muchos otros desplazados con un programa de vivienda que les permitió tener su casa propia en el Barrio Altos del Magdalena donde se ubican el 53 por ciento de los desplazados en la localidad.

Barrió Altos del Magdalena (Pitalito-Huila)

El encargado de la Unidad de atención al desplazado del municipio de Pitalito, dice que como Fabio Sánchez, existen miles de familias que hoy gracias a los diferentes programas del gobierno, se les ha podido garantizar una vida digna, que incluye  una casa, educación para sus hijos y acceso a los programas de salud.

En la ley de víctimas y restitución de tierras 1448 de junio de 2011, en su artículo 67 hace referencia al momento en que la condición de vulnerabilidad de las personas de desplazamiento cesa, el Gobierno Nacional es quien establece los criterios para ello de acuerdo con los indicadores de goce efectivo de derechos de la atención integral a la víctima. Una vez esto suceda se modificará el Registro Único de Víctimas, para dejar constancia de que terminó.

Cada dos años, Fabio y su familia han tenido que someterse a una evaluación sobre sus condiciones de vulnerabilidad por parte de la Alcaldía municipal de Pitalito-Huila tal como lo describe el artículo 68 de la ley que los cobija.

Esta evaluación se realiza a través de los mecanismos existentes para hacer seguimiento a los hogares, con el objetivo de  declarar culminada la condición de vulnerabilidad y debilidad del ciudadano. Es así como Fabio hoy ya no aparece en el registro, pues el gobierno considera que ya recibió la ayuda suficiente, no obstante, él manifiesta que aunque no quiere sonar mal agradecido, aún siente que necesita que el Estado lo apoye.

Actualmente Fabio se dedica a las labores agrícolas en una finca como mayordomo, logrando conseguir un techo para su familia y acceso a necesidades básicas como salud y educación, gracias a su trabajo.

Ya no está recibiendo ningún tipo de ayuda monetaria por parte del gobierno, según él, más por el tiempo que lleva como desplazado que por sus condiciones óptimas de vida, pues consideran las personas en la misma situación que siempre son y serán víctimas del conflicto, ya que nunca nadie les devolverá su antigua vida, ni borrara de su memoria las huellas de la Guerra.

Para que historias como la de Fabio no se repitan el municipio de Pitalito y la gobernación del Huila junto con el gobierno nacional, han implementado ayudas como los subsidios de familias en acción, el plan de restitución de tierras, contribuciones de artículos de primera necesidad y algunos otros apoyos para satisfacer sus necesidades básicas, tales como implementos para construir su hogar, ciertas campañas para controlar enfermedades que atenten contra la salud pública, subsidios para la educación de sus hijos y otras ayudas que evidencian el interés por parte de los entes gubernamentales. 

Invasores invisibles.

Según la Unidad de atención al desplazado, todos los afectados que han llegado a Pitalito, están recibiendo las debidas ayudas. Después de hacer una visita y mirada panorámica de el barrio Altos del Magdalena, se ve un panorama muy diferente al que está planteado por el organismo. Se encuentran pequeños albergues construidos. Al realizar una serie de entrevistas,  las personas que residen el sector confirmaron que se trataba de una invasión, donde hay familias que llevan más de 10 años habitando predios ajenos y recibiendo ayudas mínimas por parte del gobierno.

Luz Aída Medina madre cabeza de hogar, con tres hijos, quien se desempeña en las tareas domésticas en una casa de familia, encontró como refugio un lote ubicado en el barrio Altos del Magdalena, donde construyó una “vivienda” con tablas y bolsas plásticas. Al llegar al lugar, se siente un fuerte olor a humedad debido al represamiento de agua en el lote aledaño a su hogar, y por las fuertes lluvias. Las condiciones en las que viven son completamente insalubres ya que se encuentran expuestos a contraer enfermedades como el dengue, además de otras, producidas por la imposibilidad de asear la “vivienda” y el asinamiento.

Luz Aída expresó en repetidas ocasiones su inconformismo por estar en ese lugar y una de las frases más llamativas que usó, fue el uso de un proverbio popular muy apropiado para el caso: “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”.

Según Martha Lucia Gómez habitante del municipio de Pitalito, dice que aunque nota la presencia de los desplazados, no está enterada de las acciones que se estén realizando para la ayuda a esta población vulnerable. Expresa que en varias ocasiones ha visto gente en los lugares públicos, pidiendo dinero amparados en la aparente condición de desplazados. “Uno no sabe si son vagos o son de verdad personas necesitadas”.

¿Falsos desplazados?

El Licenciado de ciencias sociales Edwin Chaux, profesor en una institución privada de Pitalito, dio a conocer su inconformidad sobre la dudosa procedencia e intenciones de algunos “desplazados”. Él dice que tiene conocimiento de varios casos de personas inescrupulosas que abusan de la figura de desplazado (no siéndolo), para reclamar los subsidios que le ofrecen a esta población vulnerable. “Esas personas no laboran, ni aportan nada a la comunidad laboyana y por el contrario son delincuentes que van en detrimento del bien público ya que los subsidios los otorga el Estado. Por culpa de estas personas se pone en duda y se complican los trámites para recibir los subsidios propios de su condición (de desplazados)”.

Según directivos de la UAO (Unidad de atención al desplazado) aproximadamente el 40 por ciento de las personas que se inscriben como desplazados engañan a las administraciones, a la acción social y a diferentes entidades gubermanentales, haciéndose pasar por víctimas del conflicto entregando documentación falsa, demostrando que vienen de zonas invadidas por la guerra. 

En Pitalito existen varios casos en que personas que se acreditaron como desplazados y después de un tiempo fueron excluidas porque sus datos resultaron falsos. Aunque aquí se puede evidenciar una negligencia por parte del gobierno, puesto que éste es el encargado de incluir o rechazar a ciertos participantes.

Cristina Murcia es una mujer que fue excluida del programa; ella relató cómo un supuesto funcionario le exigió doscientos cincuenta mil  pesos para asegurarle la paga. Este tipo de casos demuestra que la falta de seriedad de los administrativos, incitan a las personas a hacerse pasar por víctimas puesto que saben que pueden hacerse pasar por falsos desplazados.

Tramites tediosos.

Para recibir este tipo de atención tienen que presentar una declaración a la oficina del ministerio público y allí deben entregar detalles sobre el actor armado que los desplazó. Este documento se envía a la oficina departamental de la red de solidaridad social, luego de comprobar la veracidad de la información 15 días después se muestran los listados de las personas seleccionadas como desplazadas para iniciar recibiendo las ayudas. (Alimentación, artículos de aseo, y un aporte monetario).

Una vez dada ésta información se les asigna un carnet de salud, cómo constancia de su condición de desplazado.

Como se ve, además del drama de ser víctima del conflicto armado, estas personas tienen que soportar la discriminación y el rechazo de una sociedad apática a sus necesidades. 

La psicóloga Silvia Sánchez egresada de la Universidad Surcolombiana comentó que la situación de víctima genera grandes cambios en la personalidad y forma de relacionarse con los otros al cambiar su entorno y costumbres. Se ve fragmentada su identidad en cuanto a la memoria al ser arrebatados de su tierra de origen, llegando a un nuevo espacio sin saber quiénes son y qué nos diferencia de los otros”, dijo.

Los desplazados viven una angustia paralizante en donde no saben qué hacer, porque asumen que todo  lo que hagan puede afectarle de alguna manera, en un estado de cristalización quedándose quietos en el tiempo, lo que les impide articularse en las dinámicas de la ciudad.

“El miedo es el factor constante en las personas que han sido víctimas, cambian los roles de la persona, en la manera como se relacionan con otros en los roles de padres frente a sus hijos, en el rol como parte de la ciudad” comentó Sánchez.

Se ve fragmentada su identidad en cuanto a la memoria al ser arrebatados de su tierra de origen, llegando a un nuevo espacio sin saber quiénes son y qué nos diferencia de los otros”, dijo.

“Es que el miedo es un elemento principal de manipulación, el agente armado genera miedo para poder manipular a estas personas, y cualquier situación lo puede activar y generar la desesperanza aprendida, es decir que la persona aprende a desesperanzarse, a ser fatalista, porque a los actores armados les interesa que tengan esa actitud ante la vida, porque es más fácil de manipular. Hay un elemento emocional, el cual es sentirse menos, de minusvalía y deterioro de la autoestima como tal de la persona. Como ya no tiene la tierra que lo unía, ya no tiene que lo vincule, que lo soporte, se cree menos o nada con relación al resto de personas que están a su alrededor, ubicándolo en una actitud lastimera y victimización sobre sí mismo”, expresó la psicóloga.

Lo que realmente buscan los desplazados cuando llegan a Pitalito no es que los estigmaticen, por el contrario esperan reconstruir su hogar, tener oportunidades de trabajo, los niños sueñan con poder estudiar, trabajar y vivir en una ciudad sin guerra y moderna en donde haya apoyo a los desplazados, calles pavimentadas, servicios públicos de calidad, precios estables para el café, pero sobre todo, con más espacios para ellos, amplias zonas verdes, parques recreacionales, museos, jardín botánico, que les permita volver a tener una vida digna, y en tranquilidad.

 

Texto Elaborado por:

 

Anyi Lizeth Sierra
Adriana Sofia Rivera      
Nathalia Morales   
Julian Andres Pinilla