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El sol de las tres de la tarde quema sin piedad en la vereda Holanda, del Corregimiento Bruselas, ubicada en Pitalito-Huila. Pero eso a nadie le importa. La cancha es de tierra, con parches en pasto seco y está mal trazada, tiene líneas dibujadas a mano con cal viva y piedras que marcan las esquinas. Un arco tiene red, el otro no, solo los tubos oxidados que tiemblan cada vez que alguien le pega con fuerza. No hay graderías, ni vestuarios y mucho menos un techo para protegerse del sol o la lluvia. Pero hay algo que no falta: la pasión.


La vereda Holanda, está rodeada de cultivos de café que cercan el campo de fútbol, los domingos huele a empanada, sudor y chorizo al carbón. El fútbol no es un espectáculo: es una forma de vida.
Desde temprano, los jugadores llegan en motos, a pie o en bicicleta. Algunos cargan guayos viejos, otros apenas usan tenis gastados. Uno que otro juega descalzo, porque así siente más el balón. Lo importante no es cómo llegan, sino que llegan. Porque para ellos el partido no es negociable, “es sagrado”.

Y entre todos, siempre está Juan Diego. Un joven de 29 años que vive a unos 5 min de la cancha. Él no estudió porque no le llamaba la atención. Desde muy niño le gustó el trabajo porque le genraba dinero. Vive con su madre y dos hermanas. Es quien sustenta el hogar, porque su padre murió cuando tenía 17 años.

Juan trabaja toda la semana en una finca cafetera, cargando bultos y cogiendo café bajo el sol. Sus manos muestran cicatrices de semanas duras por el trabajo. Se agacha para amarrarse los guayos, y una sonrisa traviesa ilumina su rostro curtido por el sol. Es delgado, moreno, con el cabello siempre despeinado y las medias rotas por el talón. Pero en la cancha, Juan se transforma. No se cansa. Corre bañado en sudor mientras el polvo cubre sus piernas. Pero él no para. Nunca.

Tiene un pique corto explosivo, un regate torpe pero efectivo, y una zurda que, aunque no siempre precisa, es pura intención. Cuando anota un gol, levanta el puño al cielo. No por celebrar, sino para desahogar la semana. «Él es de los que corre por todo», dice Don Manuel, el árbitro. Un jubilado que pita gratis con su silbato gastado. “A veces pienso que si lo pusieran en la Selección, no ganábamos nada… pero seguro luchábamos todo” murmuró.


Las personas se reúnen junto al campo. Algunos se sientan en piedras o en sillas plásticas que traen desde sus casas. Hay niños vendiendo agua en bolsita, señoras que ofrecen empanadas de arroz y hombres que gritan desde la línea, como si el mundo dependiera de cada pase. El árbitro pita. Comienza el ritual.

En el campo, no hay clases sociales. El hijo del tendero le da un pase al joven que trabaja en el café. El mecánico le tira una barredora al estudiante. Todos hablan el mismo idioma: el del fútbol. Y es que allí no hay contratos ni premios. Juegan por una caja de cerveza, por la gloria del barrio, por el orgullo de una vereda. Pero, sobre todo, juegan por algo que no se compra, la pasión.


A un lado de la cancha, se acomoda un abuelo, Don Efrén, mira con ojos brillantes. Se rasca la cabeza y recuerda con nostalgia: “Ese gol contra el otro pueblo… aún lo siento en la piel. Como si fuera ayer.” Se toca la rodilla que ya no responde igual, pero sonríe. “Eso no se olvida”, dice. “Cuando uno ama esto, lo lleva adentro hasta el último suspiro” concluye.


El partido termina. Polvo en el aire, abrazos, gritos, carcajadas. Juan, empapado en sudor, se sienta en la sombra de un árbol y se quita los guayos. Los pies le arden, pero no se queja. Mira el campo con orgullo. No hubo cámaras ni entrevistas, pero hubo historia. Aquí no importa el marcador, ni el tamaño del estadio. Lo que importa es que, cada domingo, en esa cancha de tierra y café, la pasión se renueva. Y mientras haya un balón rodando, esta historia seguirá viva.