Es difícil explicar el vacío que deja una explosión, duele el alma cuando el lugar del atentado es parte de tu historia. Esta mañana desperté y vi la noticia de la motobomba en La Plata, Huila. El atentado que sucedió a las 7 de la noche, dejó 25 heridos y dos jóvenes fallecidos del colegio San Sebastián, el mismo en donde yo estudié.
Más allá de las cifras y los titulares, hay detalles que solo quienes nacimos y crecimos ahí, podemos dimensionar. La motobomba explotó frente a la heladería Lovers, un lugar que para muchos solo sea un dato geográfico, pero en mis recuerdos de niña, Lovers era donde iba con mi mamá, la recompensa de cumpleaños, el premio cuando me iba bien, el lugar donde compartía con mis amigos porque ahí también había una piscina, en la que aprendí a nadar.
Ese lugar era sinónimo de alegría, no de miedo.
La Plata Huila, mi pueblo, mi casa, donde crecí creyendo que todo era seguro y que el miedo siempre estaba lejos. Cuando vivía allá era muy activa: me movía sola por el pueblo, asistía a novenas, concursos, actividades de la Policía, era acólita, estaba en teatro, música, ajedrez, en la radio del colegio, montaba bici, patines, jugaba hasta tarde en el barrio, ayudaba a mi mamá en su puesto de comidas rápidas y hasta vendía rosas en la galería cuando era el Día de la Mujer. Mi mamá me dio libertad, pero siempre con cuidado, porque nunca faltan los peligros.
Es triste pensar que esa misma libertad ya no existe para muchas niñas, niños y jóvenes de ese municipio. Hoy, ellos están desapareciendo, los están secuestrando. No se sabe con certeza quiénes están detrás, pero el miedo ya se siente en las calles. Ya no pueden caminar solos, ni hacer lo que yo hacía, sin temor.

El lugar que me vio crecer ya no es ese refugio cálido y tranquilo que recuerdo. Ahora observo cómo se convierte en un escenario de violencia, que la policía, que antes organizaba eventos con globos e inflables, ahora es blanco de atentados. O mejor dicho, objetivo fallido. Porque, irónicamente, ninguna de las víctimas fue policía. Todos eran civiles. Como yo, como mi mamá, como cualquiera que alguna vez pasó por ahí a comer helado o simplemente a vivir.
¿Qué sentido tiene una guerra que hiere a los inocentes, a los que no están armados? No sé si es tristeza, dolor o indignación lo que siento, solo sé que no estaba lista para ver cómo el sitio que amaste se tiñe de oscuridad. Hoy, más que nunca, deseo que La Plata vuelva a ser lo que fue: un lugar donde una niña podía andar en bici sin miedo, comer helado con su mamá y soñar sin que el estruendo de una motobomba la despierte de golpe.