La plaza de mercado ubicada en pleno corazón de la ciudad a pocas cuadras del parque principal y de la catedral, como era característico de las ciudades coloniales, fue construida en 1941. Dos incendios en 1961 y 1987 habían marcado su edificación, considerada por muchos profesionales de la arquitectura como una reliquia cultural.
Fotografía tomada de: http://www.huilaturistica.com.co
En la década de los 90’, Neiva no escapa a las vertientes neoliberales y las tendencias de modernización que se habían acentuadado en la década de los 80’ llevaron a la administración de entonces a la construcción de una central de mercado mayorista (conocida hoy como Surabastos) y una minorista (Mercaneiva) copia de la central de abastos de Cúcuta.
Una decisión, que muchos consideran se tomó a espaldas del pueblo, obligando tanto a expendedores como a compradores a trasladarse a unas instalaciones inconclusas que no ofrecía las condiciones adecuadas para el alojamiento, y vías de acceso que se encontraban recién iniciadas con miles de problemas para su terminación. La situación cambio significativamente, pero la dinámica nunca volvió a ser la misma.

La socióloga Ofelia Ramírez Losada en su investigación denominada “Una forma para entender la ciudad”, plantea que el hecho de trasladar la plaza de mercado del pleno centro a una zona periférica originó un fuerte impacto en la mentalidad del pueblo neivano, acostumbrado a un estilo de vida tradicional, donde el comercio y las instancias del gobierno se ubicaban en un mismo espacio. El factor cercanía era de gran importancia y aún lo sigue siendo. (Escuchar audio).
El palacio de la comida
Llegar al mayor centro de acopio del sur del país, configurado desde hace trece años bajo la modalidad de propiedad horizontal de carácter privado, despierta los sentidos ágilmente. Un carnaval de olores y sensaciones que al cerrar los parpados se percibe como una avalancha de emociones y estímulos que revoletean en el lugar como niños inquietos. El aroma de las cebollas junto a la mora y las hortalizas que expenden el olor a tierra fría en un ambiente donde el oído media un eco de sonoridades de la música ranchera y vallenata, conversaciones entre comerciantes, “el regateo”, las ofertas y expresiones como “venga mono que me va llevar hoy”.

En la plaza de mercado se dan cita todas las clases sociales, la dama de alta alcurnia, el tendero, el moto taxista, los coteros, el comerciante, la familia que busca los precios más económicos, quienes se rebuscan lo del diario y aquellos que no teniendo recursos económicos no les queda de otra que pedir.
Martha Castro trabaja allí hace dieciséis años, su local está ubicado en el bloque D-Bodega 121, allí se puede encontrar de todo un poco: verduras, frutas y hortalizas. Esta mujer llega a la una y media de la mañana a comprar los productos que descargan las tractomulas para acomodar y surtir su negocio, las ventas inician alrededor de las 3:00 de la mañana, “es todo un agite”, según comenta la mujer de risa jocosa.
Nada se pierde lo que queda se vende o regala

Doña Elisa Medina tiene 81 años, a las diez de la mañana sale de su casa, ubicada en el barrio Arismendi al sur de la ciudad, rumbo a Surabastos. El sábado es día de mercado y es cuando, según ella, mejores productos le regala doña Martha. “Es una abuelita que vive sola, me da mucho pesar, ella viene con su morralito observa, rebusca, separa lo mejorcito da las gracias y se va”, manifiesta doña Martha que dice conocerla desde hace dos años.
A las doce o una de la tarde culminan las jornadas de venta, el tiempo se convierte en un llamado para aquellas personas, que como doña Elisa, van a comprar y recoger los productos perecederos que quedan y se van dañando o magullando. Según la señora de la Bodega 121, los tenderos y dueños de restaurantes son quienes más los compran, “organizan los cuartos de arroba para hacerlo más económico la gente ve listo el atado lo agarran, pagan y se van”, manifiesta.
El caldito para pasar el guayabo
Surabastos es un deleite para el paladar de las personas que llegan al amanecer en busca de alimento para pasar el guayabo. La señora Sandra que trabaja hace tres meses en uno de los restaurantes comenta que “si de hambre se trata aquí su gusto será satisfecho” y no es para menos pues los platos coquetean a los comensales adornados por las aromáticas carnes, el caldo de pescado, mondongo, pajarilla, caldo de costilla, de pollo, una changuita, o si se le antoja un caldo de raíz levanta muertos, una verdadera bomba de tiempo para el desgano.
Aquí, se encuentra de todo y para todos. Un lugar lleno de vida y movimiento. Pasa el cotero con el bulto al hombro, las canastas rebosantes de frutas y tomates, caminan las personas de un lado para otro; rememorando historias de ciudad, se eliminan las distancias entre clases, un mercado hecho de pueblo en donde el menudeo es la esencia del emplazamiento, 16.000 metros cuadrados donde se puede ir a mercar a pasar un rato ameno, fuente de vida cargada de alimentos y saberes.