
Por: Rafael Andrés Sánchez Diaz
Debe ser que aún no entendemos (o no queremos entender) que vivimos un momento histórico de negociación en medio del conflicto, un conflicto que ha dejado cientos de miles de muertos y miles de desplazados, debe ser que se nos olvida que dos años de negociaciones dejan el proceso en un avance significativo, o quizá simplemente no queremos salir de ese letargo que nos ha sacado callo y nos ha puesto dura el alma al ver morir a tantos niños y jóvenes en las selvas y montañas, donde de verdad aún se vive esta guerra.
Negociar en medio del conflicto implica que dos partes siguen su lucha armada mientras buscan acuerdos, implica que el cese al fuego no es un hecho y que lo que pase en La Habana no es solo la foto y los mojitos, sino el futuro de cientos de estudiantes, madres, campesinos, que podrán vivir, estudiar y trabajar en un país más tranquilo. El diálogo en medio del conflicto armado implica más retos de lo que muestran los noticieros o los tweets de ex presidentes, es un jugada acertada que nos permite corregir los errores cometidos en procesos de paz anteriores, errores que facilitaron el aumento del musculo militar de las FARC y la dejaron en una zona cómoda de negociación para sus intereses, hoy las FARC no son las de hace 16 años, son un grupo que necesita recuperar su brazo político y la dejación de armas por primera vez se vislumbra posible, eso sí, con la posibilidad de intervención en política.
Es acto egoísta el no ceder un poco por la paz, el creer que nos va a llegar gratis es algo que no puede entrar en la mentalidad de los colombianos, alcanzar el fin del conflicto tomará el tiempo que deba tomar, pero debemos dejar la arrogancia y el rencor que no nos permite torcer el brazo, es mejor tenerlos haciendo política y buscando votos para dar su lucha a nivel legislativo, que dejarlos en el monte aumentando las cifras de muertes y miseria en la población.
El secuestro del general Alzate se convirtió en una oportunidad de oro para todos los enemigos del proceso y lamentablemente muchos han ido cayendo poco a poco en esa trampa, no podemos seguir pensándonos nuestro futuro con el encono o el odio. Un secuestro es un acto vil, lamentable para el proceso y para el país, pero esperemos que de esto salgan replanteamientos positivos que permitan su reanudación y continuidad hasta un feliz término, ojalá no sigamos calificando cada error como un punto final, ese punto final debe escribirse cuando no tengamos niños empuñando fusiles en la selva, cuando nuestros campesinos regresen a sus parcelas y cuando nuestro soldados puedan criar a sus hijos.
Fotografía principal tomada de: internacional.elpais.com