Con motivo de los homenajes que se le están haciendo a Estanislao Zuleta en ocasión de los 25 años de su muerte y los 80 de su nacimiento, recuerdo un paseo que hicimos él y yo a Bolombolo («país exótico de onomatepéyico nombre cacofónico», según León de Greiff) en compañia de Gonzalo Arango, Mario Arrubla y Virgilio Vargas Pino, en la Semana Santa de 1951. Yo no sabía -y no sé- nadar y caminando por las orillas del Cauca, de pronto me hundí sin saber cómo al perder el piso. Dos veces logré salir a flote, la segunda apenas la cabeza, para dar un grito de auxilio. Solo estaba conmigo Zuleta, pues los otros tres se habían retirado un poco pescando. Cuando ya no pude flotar más y empecé a escuchar cierta música, recordé que había leído en la revista Selecciones que lo último que sentían los ahogados era una música, producto de la presión del agua sobre sus oídos, y me abandoné a lo inevitable, lamentando solo que, como era viernes santo, el cura de mi pueblo iría a decir que mi muerte era resultado de mi irreligiosidad. Un momento después sentí que me agarraban del pelo y colaboré con mi salvador no cogiéndolo,. ¡Era Zuleta que había visto y oído mis pedidos de auxilio y como gran nadador acudió a mi rescate!. «Hijueputa, que te ahogás», me gritó al sacarme del río, que ya me había arrastrado como dos cuadras. Gracias, compañero, alcancé apenas a balbucear admirado de la belleza del paisaje que volvía a ver por la destreza de nadador de Estanislao. Me salvó de las aguas del caudaloso río Cauca. No lo olvidaré nunca.

 

Fotografía: Otraparte.org