Por: Juan Gonzalo Betancur
En sus Notas de Viaje, de 1881, Miguel Cané narró:
“Ningún vapor del Magdalena navega a carbón; los bosques inmensos de sus orillas dan abundante combustible desde hace treinta años y la mina está lejos de agotarse. La leña se coloca en las orillas desiertas, el buque se acerca, amarra a la costa y toma el número de burros que necesita”.
“El burro es la unidad de medida y consiste en una columna de astillas, a la altura de un hombre, que contiene poco más o menos setenta trozos de madera de 0.75 centímetros de largo”.
Esta cita está en el libro “Río Magdalena, navegando por una nación”, un bello texto realizado por el Museo Nacional de Colombia con motivo de la exposición que en 2010, en la celebración del Bicentenario de la Independencia, montó sobre esta arteria fluvial.
El nombre se debe a que la madera era transportada en esos animales y se depositaba en puntos llamados “leñateros”.
Los barcos comían mucha madera: “Un viaje de ida y regreso entre Honda y Barranquilla podía consumir en promedio 300 burros de subida y 100 de bajada”. Por ese motivo había unos 40 puntos de aprovisionamiento a lo largo del río.
Alterón o canto le dicen a los bancos de arena que se forman en el río Magdalena y que frenan las embarcaciones.
Esos barcos se ven muy románticos e idílicos, pero la cosa no resultó tan bonita. Una de las consecuencias nefastas fue que se deforestaron inmensas zonas ribereñas, asunto del que por décadas nadie tomó conciencia.
La foto que acompaña este texto me la facilitaron en Casa Vieja, un bonito restaurante de Aguachica donde está la historia del pueblo en imágenes.
Vía: bajandoelmagdalena.com