Por: Katherine Rojas
"Después de una jornada ardua en la que el estrés se manifiesta con frecuencia en la vida de cualquier universitario que se encuentra finalizando semestre, sólo quiero sentarme, respirar profundo y descansar”
Camino hacía al baño como de costumbre, luego de casi cinco horas seguidas sentada de cara a la pantalla, en donde mis ojos ya casi cerrados se sienten agotados y con poca visión.
Observo en el espejo empañado mi cara, -¡estoy horrible!- exclamo con gran desolación, colocando mis manos sobre el rostro pálido que cubro luego con un toque de polvos. –¡Tengo sueño, hambre estoy agotada. Dios ya es tarde, el bus!- Suspiro hondo, luego de mirar mi reloj.
Las nueve en punto, es tan solo expandir un poco más mis ojos y mover mis pies tan rápido para llegar a la salida de la Universidad. La noche esta nublada y mantien la alta temperatura que por días se convierte en su mejor compañía, de inmediato vuelve a mi ese zombie de quien hace tan solo un rato me había liberado.-¡Solo pienso en recostarme en la silla y quedarme dormida!- comento con un fuerte bostezo a mi compañera Jessica.
Entre maquillaje, hojas y lapiceros, de mi bolsa logro sacar de una en una las monedas necesarias para completar los 1500 reglamentarios, es todo lo que me ha quedado de la semana. –¡A mí me da mucha pena pagar solo 1000 pesos, sé que es tontería pero no sé! –comento entre mal humorada y sonriente a Jessica.
Allá no muy lejos se acerca la ruta, -¡Ese bus me sirve! Exclamó directamente sobre el rostro de mi compañera. Una rápida despedida y me dispongo a abordar el bus, esperando tomar un breve descanso antes de llegar a casa.
Entonces me doy cuenta que no sirven de nada pagar los $1500, ya que mí tan anhelada siesta de unos minutos acabó inmediatamente al subir al bus. Pasar entre Gente por aquí y allá, y no encontrar ningún puesto vacío, hace aumentar mi descontento. Empujón, ¡Disculpe, disculpe!-, caracterizan la travesía de sudor y olor en un bus saturado de personas luego de una pesada jornada.
[Imagen interactiva, pase el cursor por encima para explorar contenido]
Arrancó lo que se veía venir, un duelo y una lucha con la varilla de sostenimiento para no incomodar o en el mayor de los casos dejarme caer sobre los demás. Un fuerte apretujón indica que el freno ha sido utilizado, una señora de no más de 55 años sube, -¿cómo cupo con tanta gente y en donde se sentará?- me pregunto, y no creo ser la única en pensarlo, hay quienes expresan sus pensamiento con un mayor tono de voz: “Señor por favor no sea hambriento, aquí no cabe más gente”, grita no muy lejos de mi oído un señor de tez morena, estatura alta y contextura robusta, con un tono fuerte.
Avanzamos lentamente por la ciudad, y por fin capto ese sonido que tanto anhelaba: “señor me hace el favor y me timbra”, suena el timbre y se anuncia la salida de una joven delgada, la cual debe enfrentar toda una odisea para lograr salir del bus; con su partida queda al descubierto un asiento libre que todos desean ocupar, incluyéndome, pero la cortesía ante todo, por eso es concedida a aquella señora callada de no más de 55 años.

Fotografía tomada de: Tusemanario.com
Luego de treinta minutos, logro ganarle la silla a la chica morena y delgada que se encuentra a mi lado, -¡Por fin!- suspiro con la sensación de poder descansar por unos cuantos minutos.
Vivir a gran distancia de la Universidad hace largo y molesto el viaje; largo no precisamente por lo lejano, sino por el tiempo de espera, incomodidades y sueño. No ha pasado mucho tiempo, y antes de que me durmiera, visibilizo la esquina donde venden hamburguesas y chorizos, que está a escasos metros de mi casa. Toco el timbre y solo queda dar Gracias, esperar el descanso en casa.
Fotografía principal: Diario del Huila.