El camino era largo. Las palmas hace 10 años solo eran pequeños cogollos, recordó Ulpiano Calderón Gómez, a quien los ‘paras’ le torturaron y desmembraron su hijo Álvaro Calderón Pajoy. En el bus, Pedro Pablo Lombana le intrigaba saber lo que iría a encontrar en aquel tenebroso lugar. Y es que era la primera vez en 12 años que estas cinco familias regresaban a la inspección de Puerto Torres, zona rural de Belén de los Andaquíes, sur de Caquetá. ¿Porque tenebroso?

 

La vida renacerá en Puerto Torres, Caquetá

Por aquellos cuatro años, (entre 2000 y 2003) Puerto Torres se convirtió en la sucursal del infierno. Fue el lugar donde el Frente Sur Andaquí de los paramilitares tuvo su “centro de acopio”, llamarían ellos. Fue a donde estas 36 vidas (33 hombres y tres mujeres) padecieron las peores torturas y asesinatos de las formas, equiparable solo a las realizada por los nazis en sus campos de concentración. Pero hoy las familias de cinco de las nueve víctimas ya identificadas le dieron a ese lugar otro significado. Un acto simbólico, en el que 36 velas y cánticos de esperanza al son de guitarra, reavivó la luz que por más de una década estuvo ausente en el patio de aquella vieja escuela.

 

Campo de exterminio

En 2002, Ana Eliza Ruiz y Emérita Mosquera llegaron a este lejano paraje, a preguntar por Maricela Muñoz Ruiz y Jesús Antonio Pipicano Mosquera, sus hijos respectivamente. Luego de 14 años de desaparecidos, les fueron entregados sus huesos por parte de la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía. Puerto Torres, entre 2000 y 2003, fue el lugar donde se enseñoreó la muerte, e hizo de la iglesia, sus pocas calles, sus esquinas y sobre todo el patio de la Escuela Gerardo Valencia Cano, escenarios donde se escapaba la vida.

 

La vida renacerá en Puerto Torres, Caquetá

En la inspección, el sufrimiento y la tortura fueron las lecciones que se evaluaban, en donde la muerte llegó y pareció no quererse ir. Hoy este olvidado pueblo, en el que solo habitan unas 25 personas, se quedó estancado en aquel sangriento pasado. Solo cambia que la sangre, que una vez permeó el piso de esta aula de clase o la raíz de aquel viejo árbol del patio escolar ya se secó. Ese día, al volver al lugar donde padecieron y murieron sus seres queridos a manos de los paramilitares, las lágrimas no se hicieron esperar.

 

“La vi extendida en una percha”

La vida renacerá en Puerto Torres, Caquetá

Era la ropa de su hija, Maricela Muñoz Ruiz, la que vio colgar de un viejo alambrado de púa, cerca a la escuela, y que reconoció inmediatamente aquel día que fue por primera y única vez a Puerto Torres. Con sus tres nietos fue hasta allá. Según su relato, el 4 de noviembre de 2001, fue día en el que los ‘paras’ la retuvieron para torturarla y desmembrarla. Para ese año, Maricela tenía 27 años de edad. “Ella se fue pa’ Curillo a buscar trabajo, pero la bajaron del carro en Albania. Ella andaba con dos mujeres mas, y fueron las que me llamaron, porque a ellas las soltaron y a mi hija no. Que habían dicho que a esa guerrillera la echaban para Puerto Torres. Por eso yo la vine a buscar acá”, recordó.

 

“Lo confundieron con otro ‘Mocho»

La vida renacerá en Puerto Torres, Caquetá

Eso le dijo “un negro grande”, refiriéndose Emérita Mosquera Olaya a uno de los paramilitares rasos, conocido como ‘Serpiente’, cuando ella le preguntó por Jesús Antonio, su hijo. Había desaparecido el 25 de noviembre de 2001 y lo habían llevado a Puerto Torres. Él para esos días de su desaparición tenía 27 años de edad. Había prestado servicio militar, pero en un combate había quedado afectado de un oído, por lo que estuvo tres meses en el Hospital Militar de Bogotá. “Cuando le salió la libreta militar, se fue en el carro, el bus 1340 de propiedad de mi otro hijo mayor, Enrique Mosquera, pero en San José lo bajaron los paramilitares, confundiéndolo con el hijo de un tal ‘Mocho’, un supuesto guerrillero de Putumayo. Luego lo trajeron a este lugar [Puerto Torres] y le quitaron la vida”, dijo Emérita.

 

Los restos y sus nombres

Hasta ahora, de los 36 restos encontrados por la Fiscalía General de la Nación, el Centro de Memoria Histórica ha logrado “recobrarle su vida y su historia” a nueve de ellos. Hablamos de Jesús Antonio Pipicano Mosquera, Obdulio Bolaños Caicedo, José Ismael Cabrera Bocanegra, Álvaro Calderón Pajoy, Maricela Muñoz Ruiz, Enrique Navarro Daza, Rodrigo Sabogal Cárdenas, Wilman Misael Gutiérrez Montoya y Ramiro Sotelo. Aún faltan otros 27 restos por identificar, los cuales están a la espera de ser sacados del anonimato del cementerio de Belén y entregados a sus familiares.

 

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