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Flor María de La Torre

En la carrera cuarta con calle segunda en Neiva, justo enseguida de la bomba de gasolina de BIOMAX, numerosas personas se agrupan para degustar uno de los platos típicos de la región: el tamal. Todos los días, a partir de las seis y media de la tarde, los cuatro vendedores que se instalan allí, ubican sillas y mesas que son ocupadas segundos después por taxistas, trabajadores aledaños y personas del común.

Por lo general, el neivano espera los fines de semana para acceder a este producto gastronómico que casi siempre es elaborado los viernes y sábado. Sin embargo, esta zona de comercio informal de la ciudad no discrimina tiempo y es una de las pocas que permanentemente lo ofrece de forma abierta a todo público.

Flor María de la Torre es una de las vendedoras. Una honda vasija envuelta en maletas de plástico azul y negro conserva los 100 tamales que espera vender. Su lugar dista de seis pasos aproximadamente al de los demás compañeros de labores con quienes prefiere no tener relación, pues según ella “son envidiosos y sucios” porque le dejan basura al costado del muro donde se instala. Un hombre que se encuentra allí interfiere en la charla y comenta que “es que son muy envidiosos, hay mucha envidia por todo lado”.

A la edad de siete años aprendió a cocinar tamales; hace quince los vende y cinco que trabaja en ese lugar. “¡A la orden mami!”, le grita a una mujer que transita en una motocicleta.

—¿Dónde trabajaba antes?
—Al frente del Metropolitano; nos cambiaron por la cuestión del espacio público. Luego nos vinimos allá, más “arribita” de la bomba de gasolina y después acá; como este local de atrás está desocupado, entonces no molestamos a nadie—, responde mientras empaca un tamal de dos mil pesos a un cliente.

Flor María Elabora cien tamales de mil, dos mil, y dos mil quinientos que vende entre las seis y media de la tarde hasta la una de la mañana. Cuando finaliza su jornada, toma un taxi que la lleva hasta su residencia en una invasión del barrio Limonar y emprende un descanso que la llevará nuevamente a la rutina del siguiente día, cuando se levante a las ocho.

—¿De dónde es usted, doña Flor María?
—Yo nací acá, pero me crié en el Tolima.
—De ahí viene entonces su inclinación por el plato típico…
—Ah, sí, claro. La diferencia entre el uno y el otro es que al del Tolima se le echa más masa, al de acá no; el de allá se sirve con pan, acá lo servimos con arepa—concluye la mujer.

Las ventajas de ser competente

Contrario a Flor María, Don Carlos y su mujer preparan 250 tamales que terminan de vender a las once de la noche. La clientela de este pareja de esposos aflora en comparación con los demás. Don Carlos es un señor de aproximadamente 55 años, con camisa, pantalón de lino y zapatos negros muy lustrados. Recibe el dinero y ayuda a empacar a su pareja que se mantiene sentada en un taburete mientras organiza y saca los tamales de una olla grande.

—Nosotros no tenemos problemas con los demás. Nos parece que la competencia es buena porque nos ayuda a mejorar. Es que cuando uno es bueno en algo tiene que hacer lo que hace, pero bien—, dice Don Carlos.

Un taxista que está sentado consumiendo un tamal, manifiesta que ya ha recorrido la ciudad para probar todos los tamales y que definitivamente los de Don Carlos han sido los mejores.

Hace quince años venden y hace cinco ocupan el lugar. Viven en el barrio Galán al sur de la ciudad y tienen cinco hijos. Igual que Flor María y los demás, estuvieron al frente del Centro Comercial Metropolitano pero la administración municipal de ese entonces los desplazó por el espacio público. “A nosotros nos tienen rodando por todos lados”, comenta. “Y es que mire, a uno que prepara los platos típicos de la región, los dirigentes deberían brindarnos las condiciones para sacar adelante un negocio; pero nada de eso miran, ojalá existieran buenas alternativas”.

 

 “Nos tocó llamar a Uribe para que nos solucionara el problema”

—¿Cuál es el secreto para hacer un buen tamal?
—Es difícil encontrarle el gusto a las personas, a algunos les gustan secos, a otros más sueltos o aguados, yo los hago secos—, responde Luz Marina Quiza.

Además de los cincuenta tamales diarios que elabora, Luz Marina también prepara envueltos que vende a mil pesos. Aprendió este arte culinario a los “cuarenta y pico” de años, según ella. Antes, trabajaba en la galería ubicada en el centro de la ciudad, pero debido a su demolición, tuvo que dedicarse a algo más. Entonces, empezó a vender este plato gastronómico compuesto de arroz, hogo, pollo, marrano, huevo cocido, tocino, longaniza, papa, zanahoria y arvejas. Ella, más que nadie, conoce las luchas de muchos trabajadores informales que han tenido que padecer los mayores problemas, principalmente los de desplazamiento debido al espacio público. Su madre, doña Paulina Quiza, fue la fundadora del grupo de vendedores de tamales. Antes, “nos hacíamos al frente del bingo”, dice, haciendo referencia a su primer sitio de labores.

Después, quince años atrás, la administración del padre Escandón los alojó en la calle séptima con carrera quinta. Siete años duraron allí. Ejercieron el oficio bajo las administraciones municipales de Héctor Javier Osorio y Héctor Aníbal Ramírez, “hasta que llegó Cielo González y nos echó como si fuéramos perros”, manifiesta enfática.

—Fue la única autoridad que nos sacó—, comenta.

Las condiciones de la alcaldesa para ese entonces fueron claras: pagos de arriendo de hasta un millón y millón quinientos mil pesos en locales que no podían sostener. Duraron un tiempo sin trabajar hasta que dos mujeres en cabeza de Luz Marina, decidieron llamar al presidente Uribe.

—¿Cómo lo ubicaron?
—Desde un teléfono fijo lo llamamos para que nos solucionara el problema y casualmente nos contestó. Él se encargó de hablar con el Secretario de Gobierno de ese entonces, un tal doctor Perdomo y le dijo que nos buscara un sitio donde trabajar.

Finalmente, después de una fuerte lucha con la administración municipal, lograron ubicarse en frente de un parqueadero donde actualmente está la bomba BIOMAX. Después de construida la estación de gasolina, se trasladaron al sitio actual donde hace cinco años trabaja en compañía de los demás.

—El dueño de la ferretería nos dejó trabajar. Como es solo en las noches, él lo único que nos pide es que dejemos el lugar limpio y hasta ahora hemos cumplido—, concluye.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este grupo de vendedores ha recorrido las principales calles del centro de Neiva buscando un sitio fijo. Y al parecer, ya lo encontraron. No obstante, hoy siguen engrosando las cifras de informalidad laboral que se emiten desde instituciones como el DANE, la cual ha registrado una notable caída al respecto: de 5.20 millones de personas en el segundo trimestre de 2012 pasó a 5.03 millones en ese mismo período el año anterior, representada en el 49.51%; la cifra más baja que ha reportado esta entidad.

Y a pesar que no saben qué harían en caso de ser desalojados, se sienten satisfechos y tranquilos porque hasta el momento, creen que no molestan a nadie y tienen una fuente de ingresos estable para sobrevivir en un país con reducidas oportunidades de empleo.

 

Fotografías por: Serafin Marquin Gaviria
 

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